sábado, 10 de febrero de 2007

Jiddu Krishnamurti y el Buda.

En abril de 1.984 me encontraba en Arya Vihara, Ojai. El libro de memorias estaba a punto de completarse, ¿pero cómo sería el final? El río estaba en plena creciente. ¿Era posible destilar la esencia de la enseñanza? A veces parecía tan lúcida, clara, sencilla, y después tan distante, inmensa, universal, que desafiaba una percepción unificada de la misma. Me encontré con Krishnaji en la Cabaña de los Pinos el 28 de abril. Su cabello estaba blanco, el tiempo había dejado su huella en el rostro, pero sus ojos que reflejaban los míos eran los del muchacho Krishnamurti en la fotografía tomada después de su primera iniciación ojos límpidos, incontaminados, ojos que nunca habían mirado hacia atrás en el tiempo.

Le pregunté cuál era la suma de su enseñanza. Para mí era inmensa. Integraba e incluía las enseñanzas de Buda y del Vedanta. Él podía negar el super-Atman, el Brahman, pero en la negación misma emanaba de él la energía que esas palabras comunicaban. Eso me condujo a la tan frecuentemente formulada pregunta: “¿Quién es Krishnamurti? ¿Cuál es su linaje?” ¿Era un punto de ruptura en la evolución? Tomaría siglos abarcar totalmente el reto que Krishnamurti le había planteado al cerebro humano -a la raíz de la mente humana.

De pronto Krishnaji tomó mi mano: “Quédese con eso quédese con el reto- trabaje con eso olvídese de la persona”. Su contacto estaba cargado con la fuerza de la naturaleza tal como se la encuentra en las tempestades de los océanos. “Mire lo que han hecho las religiones: se han concentrado en el instructor y han olvidado la enseñanza. ¿Por qué damos tanta importancia a la persona del instructor? El instructor puede ser necesario para manifestar la enseñanza, pero más allá de eso, ¿qué? El vaso contiene agua; uno tiene que beber el agua, no adorar el vaso. La humanidad adora el vaso, olvida el agua”. Mi cuerpo y mi mente respondieron: “Aun el hecho de comenzar una real investigación en la enseñanza, implica una ruptura en la conciencia”.

“Sí, así es”, dijo K. “La tendencia humana es concentrarlo todo en la persona del instructor no en la esencia de lo que dice, sino en la persona. Esa es la gran corrupción. Mire a los grandes instructores del mundo Mahoma, Cristo y también el Buda. ¡Vea lo que los seguidores han hecho de eso! Los monjes budistas son violentos, matan. Todo lo contrario de lo que el Buda ha dicho.

“La manifestación tiene que ocurrir a través de un cuerpo humano, naturalmente la manifestación no es la enseñanza. Tenemos que ser extraordinariamente impersonales en esto. Ver de no proyectar al instructor a causa de nuestro amor y afecto por la persona, olvidando así la enseñanza. Ver la verdad en la enseñanza, ver su profundidad, penetrar en ella, vivir con ella eso es lo importante. ¿Qué valor tiene si el mundo dice que K es una persona maravillosa? ¿A quién le importa? Pero si K es un punto de ruptura, la palabra no es su medida, La palabra no es importante. Si estuviéramos viviendo en los tiempos de Buda, yo podría sentirme atraído hacia él como ser humano, podría sentir un gran afecto por él, pero estaría más interesado en lo que él dice. Mire, Pupulji, nuestros cerebros se han empequeñecido tanto por las palabras que hemos utilizado. Cuando uno habla a un grupo de científicos, a especialistas en diversas disciplinas, ve que sus vidas se han vuelto muy triviales. Lo miden todo en términos de palabras, de experiencias. Las palabras son limitadas, todas las experiencias son limitadas. Cubren un área muy pequeña”.

Titubeó un poco. “Empecemos de nuevo. Él yo es un manojo de recuerdos. Él yo es la esencia del conocimiento. El conocimiento está siempre en el campo del tiempo. K está diciendo que el yo es memoria heredada y acumulada. Cuando el yo está ausente, no existe el tiempo. La energía no tiene pasado. Pero el hombre ha puesto énfasis en el pasado. Cuando existe esa energía no limitada por el yo, la energía no contiene tiempo. Es energía”.

“Pero en toda manifestación, ¿no nace un tiempo, limitado a esa manifestación?”, pregunté.

“Sí. La manifestación necesita del tiempo. Por lo tanto, habiéndose manifestado como una flor o un árbol, o como un ser humano, esa energía es limitada. Cuando el yo está ausente, existe un estado por completo libre del tiempo. Lo que me pregunto es si la evolución del cerebro ha de continuar como hasta ahora, modificándose, creciendo, acumulando más y más conocimientos. Veo algo muy interesante. La meditación tal como la conocemos, es práctica, disciplina, recitación de mantras. Se basa en el conocimiento. Por eso es un asunto muy insignificante. ¿Existe una meditación que no se base en el conocimiento, que no sea deliberada? En tanto exista la conciencia, la conciencia tiene que implicar manifestación. Tiene que haber tiempo. Por lo tanto, esta meditación sólo puede existir cuando la conciencia, tal como la conocemos, llega a su fin.

“En el último año, hay un estado que no es mensurable en palabras, que no se encuentra en el campo del conocimiento’ es inmenso, totalmente intemporal. Está ahí cuando cierro los ojos para hacer mis ejercicios, cuando doy un paseo. Soy escéptico, lo observo para ver si es una realidad o una fantasía”.

Krishnaji se había alejado liberándose de la discusión; un nuevo estado era evidente.

“Eso debe alterar totalmente la naturaleza del cerebro”, comenté.

“Probablemente lo hace”.

“¿Puede afectar el cerebro de la humanidad?”

“Sí, sí”. La voz de Krishnaji fluía, profunda y compasiva. Entonces, súbitamente me preguntó. “Pupulji, usted ha leído los textos antiguos, ha discutido con pandits; ¿con qué hace contacto?”

Dejé que la pregunta flotara; luego, vacilando, hablé: “Vea, Krishnaji, he leído los textos antiguos, pero introduzco en los textos el escuchar que ha surgido de escucharle a usted. De ese modo escucho los textos y, a causa de que existe ese estado, puedo entrar en contacto con algo, aproximarme a ello”.

“Por qué”. Habló K no era una pregunta, sino un modo de incorporarme al viaje.

“Porque el contacto con ‘aquello’ no reside en las palabras. Usted habla y la mente, debido a que está quieta, se siente próxima a ‘aquello’. Entonces, cuando leo los textos antiguos y la mente está quieta, o cuando me siento a solas en el jardín y escucho el canto de los pájaros, o el viento entre las hojas, puedo percibir cierta proximidad a ‘aquello’”.

“La persona de K, ¿se vuelve importante?”

“No. La energía que emana es, ciertamente, importante. Usted nos introduce dentro de ella en el momento que la mente está quieta. Comienzo a ver algo: la energía en esta mente, tal como es, no puede alcanzar ‘aquello’. Puede llegar hasta cierto punto y no más allá. También comprendo esto: al yo hay que dejarle el menor espacio posible”.

“Sí”. Krishnaji rió. “Dejarle representar su papel lo menos que se pueda”.

“Veo que ha quedado muy poco del Krishnamurti personal”.

“Sí”.

“Uno puede sentirlo en el instante que toca las puertas de acceso a su mente; la base de esa mente está saturada con ‘aquello’”.

“Sí”.

“En el último año usted ha tratado no, ‘tratado’ no es la palabra correcta- de traer a la gente más y más cerca de ‘aquello’”. Hice una pausa. “Pero entonces aparece el bloqueo de la evolución, que es el karma”.

“Como siembras, cosecharás”, Krishnaji volvió a reír.

“El karma, la esencia de: ‘lo que fuiste, eso eres y eso serás’. También veo que uno debe dejar correr el pensamiento, que sea muy fluido, no permitirle que cristalice. Y uno ha de desarraigar el pensamiento, desenterrarlo”.

“Desarraigarlo, eso es correcto”.

“De modo que se pose con levedad en la mente”.

Espere un momento”. K interrumpió mi flujo. “¿Cómo comunicaría usted lo que está diciendo, a cincuenta personas, o a cinco mil?”

“La clave para la comunicación es la observación. No se necesita nada más”.

“¿Cómo responde usted, quién es el observador?”

“La única respuesta es observar. Estar abierto, descubrir, ¡Qué extraordinario es este viaje de descubrimiento, las percepciones en lo infinito!”

Cuando dejé la habitación, la pregunta volvió a surgir en mi mente. ¿Quién es Krishnamurti? ¿Cuál es su gotra, su linaje? De la pregunta emergió la respuesta: Toda la humanidad. Porque en todos los seres humanos está la capacidad de abrirse paso a través del cautiverio; de pertenecer al linaje de la compasión impersonal.

Más adelante le pregunté cuál era la naturaleza de la palabra samadhi. Dijo: “El cerebro permanece en silencio durante el día; se dice una palabra, y el cerebro ve instantáneamente todo su contenido. El cerebro no acumula. Lo que surge es pleno. Dentro del cerebro no hay movimiento de tiempo, pero hay un movimiento infinito, el ritmo propio del cerebro. Hay un sentido de protección, de protección eterna, intemporal”.

El 11 de mayo de 1.985, Krishnamurti cumplió noventa años. Ese día yo estaba con él en Arya Vihara, Ojai, y por la mañana golpeé a la puerta de su habitación que tenía vista al pimentero, donde sesenta y tres años antes él había experimentado sus misteriosas transformaciones. A mi llamada Krishnaji abrió la puerta. Me incliné para tocar sus pies; pero él se echó a reír, y en lugar de eso me abrazó. Nada especial sucedió ese día. Krishnamurti tenía noventa años y transcurrió un día más.


Biografía de J. Krishnamurti.
Pupul Jayakar.
Editorial Kier.

 

1 comentario:

Addax dijo...

¡Me re gustó este texto también! Graciela por publicarlo :P

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