viernes, 19 de enero de 2007

Jiddu Krishnamurti y La Sociedad Teosófica.

Año 1969.

Krishnaji fue a Bombay en camino a Madrás. Mientras estuvo en Bombay se alojó en Himmat Nivas. Una noche, durante la cena, estando presentes Nandini, Asit Chandmal y yo, Krishnaji comenzó a hablar de la Sociedad Teosófica y de Annie Besant. Esta era la primera vez en veintiún años que él nos hablaba detalladamente de la Sociedad Teosófica.

Krishnaji exploró el misterio que rodeaba el descubrimiento del muchacho Krishnamurti. Sondeó delicadamente, afinando el oído para las sugerencias y descubrimientos que pudieran surgir en la discusión. Sus afirmaciones acerca de la Sociedad Teosófica eran claras y precisas. No hizo comentarios en cuanto a la verdad o ilusión de los hechos descritos. Percibiendo ‘lo otro’ en Krishnaji, nosotros escuchábamos, formulando pocas preguntas y dejándole hablar.

Krishnaji contó que los Maestros le habían dicho a C.W. Leadbeater que encontrara a un muchacho que fuera brahmín, que proviniera de una buena familia y “tuviera un rostro como el descrito”. Era deber de la Sociedad Teosófica proteger el cuerpo del muchacho y proveerle de una atmósfera de completa seguridad durante dos años. Si el cuerpo estaba preparado y listo, el Señor Maitreya le daría al muchacho la mente. Cuando Leadbeater vio a Krishnamurti en la playa de Adyar, percibió que en el aura de éste no había vestigio alguno de egoísmo.

Krishnaji se preguntaba cómo fue que el muchacho permaneció incontaminado a pesar de que se le dio todo cuanto deseaba desde jugo de naranja a un Rolls Royce­ y a pesar de haber sido tratado de un modo especial por la gente que le rodeaba. A nadie le estaba permitido sentarse en su silla o tocar su raqueta de tenis, se tomó un cuidado tremendo a fin de que el cuerpo permaneciera sensible. No se le permitía tomar alcohol ni comer carne ni tratar a personas vulgares o poco refinadas. Krishnaji adelantó después algunas teorías para explicar cómo el muchacho se conservó incontaminado. ¿Era que, a través de nacimientos y reencarnaciones, había evolucionado hacia la perfección? ¿O el Señor Maitreya había protegido el cuerpo hasta que estuviera maduro? ¿Había el niño nacido sin un carácter o una personalidad formal, lo cual le permitió permanecer en un estado de vaguedad, sin contaminarse por su infancia junto al padre, por la escuela, por las doctrinas de la Sociedad Teosófica, por el lujo con que vivió en Inglaterra?

Después nos habló de las jerarquías en la Sociedad Teosófica la más alta era el ‘Señor del Mundo’, luego venía el Mahachohan, después el Buda­. El Bodhisattva Maitreya se consideraba igual al Buda. Debajo de ellos estaban los Maestros, cada uno con un nombre diferente uno un lama tibetano, otro un aristócrata hindú, otro un conde polaco­.

El muchacho, que era por completo inocente y puro, aún tenía que ser protegido a fin de que el mal no pudiera tocarlo, no pudiera penetrar en él.

Súbitamente, en medio de la conversación, Krishnaji dejó de hablar. Dijo: “Estamos hablando de cosas peligrosas. Esto puede hacer que entren en la casa”. Su voz era extraña, su cuerpo cobró fuerza. “¿Pueden sentirlo en la habitación?” La habitación estaba latiendo. Krishnaji se quedó en silencio por un largo rato. Cuando comenzó a hablar nuevamente, la atmósfera dentro de la habitación se había transformado; había silencio, una cualidad activa de bondad.

Krishnaji continuó. Mrs. Besant había insistido en que dos iniciados acompañaran todo el tiempo a Krishnamurti. Ella decía: “Puesto que internamente estás siempre solo, jamás debes estar solo físicamente. “Existía en el muchacho un depósito de bondad que no debía contaminarse. Nos dijo que necesitaba protección aun en 1.969, pues su carácter todavía no se había formado por completo. “La otra noche, mientras meditaba, pude ver que el muchacho seguía existiendo tal como era antes, nada le había sucedido en la vida. El muchacho sigue siendo tal como era. El cuerpo todavía necesita ser protegido del mal”. Hizo una nueva pausa, y agrego. “Sigo sintiendo que me protegen”.

Habló después de los primeros años, cuando el cuerpo del niño Krishnamurti tenía que ser protegido completamente y se le debía dar seguridad por dos años; pero la mente no debía tocarse, porque “el Señor le daría lo demás”. Había largos silencios entre sus frases. Dijo que el cuerpo tuvo que pasar por muchísimos sufrimientos (como en Ojai y Ootacamund) porque aún había imperfecciones en el cerebro.

Después lo interrogamos acerca de las muchas personas indeseables que a través de los años le habían rodeado. Asit Chandmal preguntó: “¿Cómo permite el bien que el mal se acerque en la forma de un ser humano?”

“Yo no puedo apartar a nadie ni a cosa alguna”, dijo K. “No puedo decir ‘váyanse’; ello tiene que alejarse de mí. ¿No es extraño que lo haga?” Después preguntó: “¿Qué fuerza es la que protege algo de modo que permanezca inocente y puro? Uno debe ser muy cuidadoso si abre la puerta; pueden entrar el mal o el bien. El mal encuentra fácil entrar, el bien mucho más difícil. El mal no es el opuesto del bien”, repitió. “No existe relación alguna entre ambos”.

Krishnaji prosiguió luego hablando de las iniciaciones por las que había pasado en la Sociedad Teosófica. Conforme a las doctrinas secretas de la Sociedad, había tres iniciaciones. Después de dos, las cosas todavía podían ir mal. Pero, después de la tercera, el ser ya no podía ser afectado por la ira, por el sexo, por el dinero. Todo eso era demasiado trivial. Era casi la medianoche cuando Krishnaji se retiró para acostarse.


Biografía de J. Krishnamurti.
Pupul Jayakar. Editorial Kier.

 

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