viernes, 9 de febrero de 2007

Jiddu Krishnamurti y el Buda.

En enero de 1.980, Krishnaji sostuvo una discusión en Vasanta Vihar con amigos que habían estado estrechamente vinculados con él por varios años, Hablamos de la Escuela del Valle de Rishi y de sus estudiantes, y de lo que allí tenía que hacerse. Súbitamente, la cualidad de la discusión se transformó con la urgencia y la pasión que emanaban de sus preguntas. Dichas con la pureza del fuego, las palabras de Krishnaji quemaban las acumulaciones que nublaban la mente. Habló de una negación completa de todo aquello que el hombre había pensado, dicho o hecho.

Comenzó con una pregunta sencilla: “¿Cómo hará Narayan para ayudar realmente a los estudiantes no sólo hablándoles, sino despertando su inteligencia, comunicándoles aquello que ha de penetrar a gran profundidad­?”

Narayan replicó: “Voy a reunirme con ellos todos los días en grupos más pequeños, tanto de maestros como de estudiantes”. El sabía que esto no podía satisfacer a Krishnaji, pero no había nada más que pudiera decir.

“¿Cómo lo hará usted? El mero hablarles o sostener discusiones, no va a producir esto. ¿Cómo hará para que sean sensibles, alertas?”

“Tiene que haber una sensibilidad y un orden básicos”. Narayan continuaba dando rodeos.

Krishnaji prosiguió indagando: “En todo eso tiene que existir un elemento diferente. Tiene que haber un cerebro extraordinariamente bueno. Pero eso no es suficiente. Lo que se necesita es producir un genio. La exigencia es que haya un buen cerebro, capaz de argumentar sostenidamente; un ser humano dotado de gran afecto, de amor. Aparte de todo esto, tiene que haber en él algo totalmente no terrenal. ¿Cómo lo logrará K? ¿Comprende mi pregunta?”

Intervine yo: “Usted ha formulado esta pregunta en distintas oportunidades. Pero yo nunca he comprendido bien su aplicabilidad. No se sabe cómo dio Krishnamurti con ello, ¿pero cómo puede sucedernos a algunos de nosotros?

“¿Es K un fenómeno biológico?” Krishnaji proseguía investigando.

“No puedo contestar a eso”, dije. “Puede que lo sea. Yo encuentro que usted indaga y penetra a mayor profundidad que antes. ¿Es que ha alcanzado un nuevo hito en sus enseñanzas? Usted acostumbraba decir. ‘Si uno viaja al sur, ¿puede cambiar su dirección y viajar al norte?’ Ahora pregunta: ‘¿Puede la mente de Narayan, la mente de Sunanda, encontrarse básicamente en el mismo estado que la mente de K?’”.

Krishnaji continuó con su sondeo: “¿Podemos comunicarle a un muchacho o a una niña un sentido de libertad, el sentimiento de que se hallan ‘protegidos’? ¿De que tienen un papel especial en la vida, de que son seres humanos especiales? Estoy tratando de descubrir, Pupul, cuál es el catalizador, qué cosa es la que cambia toda la mente, la totalidad del cerebro.

“Pregunto: ¿Puede haber una cualidad de lo otro? ¿Puede existir la otra dimensión, de modo que la mente y el cerebro sean rápidos y los sentidos estén alertas? ¿De modo que no haya jamás un punto en que el cerebro se detenga, sino que esté moviéndose y moviéndose y moviéndose? Me gustaría que el estudiante tuviera un movimiento así. Discutiría esto con él. Pasearía con él, me sentaría silenciosamente con él. Haría físicamente cualquier cosa que fuera necesaria para encender esta llama en él. ¿Pero se movería él? ¿O lo material, el propio cerebro material, es tan lento que no puede seguir esto rápidamente, funcionar con rapidez? ¿Es posible para Narayan, que es un estudiante en el Valle de Rishi, convertirse en un ser humano extraordinario, sensible y alerta a los árboles, al sentimiento de la tierra, y también poseer un cerebro extraordinariamente rápido? ¿Puede él prestar atención a algo que es verdadero? ¿Puede haber una ruptura total de modo que exista un sentido de vitalidad, de impulso, de energía? Me gustaría que él tuviera esto, y me pregunto a mí mismo qué debo hacer y si es que puedo hacer algo para que él lo tenga”.

Nuevamente permaneció en silencio, y después preguntó: “¿Está eso de algún modo en mis manos? ¿O hay una puerta que tiene que ser abierta por ambos? Una puerta que no es la puerta de él ni la mía, pero hay una puerta que tiene que abrirse. Tengo la sensación de que algo aguarda para entrar, un Espíritu Santo está aguardando; la cosa espera que uno abra la puerta, y entonces entrará. No sé si estoy comunicando algo.

“Así que le digo a Narayan que haga estas cosas. Que permanezca quieto, que vea cómo se comporta, cómo mira un árbol, a una mujer... que pase por todo eso. Pero eso no es suficiente. Hay un sentido de bendición que aguarda, y nosotros no nos movemos hacia ello. Nos agitamos alrededor, nos reunimos alrededor. Lo que usted hace es necesario, pero no es suficiente”.

Rajesh interrumpió: “¿Cuál es el estado de la mente que se da cuenta que no es suficiente lo que hace?”

“Es obvio, señor. Millones han meditado. Los monjes católicos, los sannyasis han meditado, pero no han traído esta bendición.

“Ahora bien, ¿qué puedo hacer en mi relación con Narayan? Él es mi estudiante. Está dispuesto a hacer todas las cosas de que hablo observar, permanecer en silencio, hablar, leer, estar alerta, percibir la belleza de la tierra­. Pero existe otra cualidad que está exigiendo algo, y eso no puede hallarse en su hablar, en su discutir, en el ver. Y la bendición no entra”.

Se había ahondado la intensidad en cada uno de nosotros. Narayan preguntó: “Usted dice que la puerta tiene que abrirse; ¿puede explicar qué significa eso?”

“Me interesa profundamente que esto le ocurra a Narayan”, dijo K, “y pregunto qué puedo hacer para precipitar esta cosa”.

“Quizás haya algo de nuestra parte que nos está bloqueando. En usted hay una cualidad ilimitada, inexpresable, y yo siento que nosotros no extendemos nuestras manos hacia ello”, dijo Achyut.

“Ustedes sí extienden las manos, pero eso no ocurre. Puede que estemos condenados y que aquello sea para muy, muy pocos. Con el Buda, después de cincuenta años sólo hubo dos: Sariputta y Mogallanna. Puede que ése sea el destino del hombre”, reflexionó K.

“¿Es necesaria alguna cualidad de renunciación?”, preguntó Achyut.

“No creo que eso tenga nada que ver con la renunciación. El ser humano ha pasado hambre; ha permanecido solo en las montañas; lo ha hecho todo para tener aquello; pero al parecer no ocurre de ese modo. Digo, pues, que tal vez deba pasar rápidamente por este vigilar, este observar silencio, etc., y terminar con ello. Y pregunto: ¿Qué es lo más importante? ¿Es la energía? El misionero tiene una energía inmensa cuando va por ahí predicando, y no obstante, esa cosa no está ahí”. Krishnaji se interrogaba profundamente a sí mismo.

“¿Es mi pasión la que puede transformar a Narayan? Si Narayan permaneciera conmigo, si participara en todas las discusiones, indagando, planteándose retos internos todo el tiempo, ¿haría algo eso? ¿Comprenden?” Permaneció nuevamente en silencio. Luego, desde una vasta profundidad, dijo: “¿O tiene que haber una negación de todo el papel del sannyasi, el monje que guarda silencio durante toda su vida, que permanece solo consigo mismo... ha de ser desechado todo eso­? ¿Pueden ustedes negar todo eso?

“Por siglos el hombre ha luchado y, no obstante, lo otro no se ha producido. ¿Y puede Narayan decir: ‘Veo todo eso y no lo tocaré, se ha terminado’?” De pronto hubo una aceleración inmensa. “Yo soy el santo; yo soy el monje; soy el hombre que dice, ‘ayunaré, me torturaré físicamente, negaré todo lo que sea sexo’; soy ese hombre. Y digo que he terminado con todo eso, pero soy todo eso porque mi mente es la mente humana que ha experimentado con todo eso y, no obstante, no ha dado con esta bendición. Por lo tanto, ya no tocaré nada de eso. Se terminó.

“¿Entienden? ¿Pueden ustedes hacer esto? ¿Comprende lo que estoy diciendo, Rajesh?”

“Sólo estoy escuchando”.

“Eso no es suficiente. Yo no tengo que quedarme callado por el resto de mi vida. Los monjes trapenses lo han hecho, ¿pero por qué debo hacerlo yo? Veo a los santos, a las personas que se matan de hambre, que se torturan, que estudian grandes libros, que meditan; veo que soy todo eso. Debido a que ellos lo han hecho, mi cerebro forma parte de esa acción. Por lo tanto, ya lo he hecho, no tengo que pasar por todo eso”. El discernimiento despierto investigaba.

“¿Es posible negar eso con la misma urgencia que el hombre que estudia, que toma votos? ¿Es con el mismo sentido de urgencia que usted ve esto y lo niega? Pero después de negarlo, ¿la urgencia permanece?”


“Puede ser, señor, que cuando negamos, también estamos negando la urgencia. ¿Qué es lo que queda al final de la negación?”, pregunté.

“Entiendo lo que quiere decir, Mire, yo veo todo el hombre lo ha visto todo y lo ha hecho todo desde el principio de los tiempos­. Lo ha hecho todo por alcanzar esta bendición, lo innominable. Veo eso frente a mí, pero no puedo aproximarme a ello. No puedo hacer nada al respecto”. Krishnaji era inconmovible.

“Usted ha hablado también durante todos estos años del ‘conocimiento propio’, del florecimiento de ‘lo que es’. Nos ha dicho: observen, examinen, investiguen. Ahora parece usted llegar a un punto en que niega todo eso”.

Con intensa pasión y un sentido de urgencia, Krishnaji dijo: “Lo he negado. Veo que todo eso no lleva a ninguna parte. ¿Comprende lo que he hecho? He negado todo cuanto el hombre ha hecho con el fin de alcanzar aquello. ¿Entiende lo que estoy diciendo? Y me digo a mí mismo: ¿Puede Narayan hacer esto? Él es mi estudiante en el Valle de Rishi, y yo me pregunto: ¿Puede él hacerlo?

“¿No indica esa negación una madurez, una tremenda madurez? ¿No es verdadera madurez decir que todas las cosas que el hombre ha hecho no han originado esa bendición, y que por lo tanto uno no va a pasar por todo eso?

“¿Es eso lo que hemos perdido? ¿El sentido de la gran madurez que implica no pasar por todo eso?

“Veo a los gurús con la gran inmadurez que los acompaña. Y veo que no debo seguirlos. Pero al ver eso, ¿me detengo y comienzo a descender cuesta abajo? ¿Me vuelvo indolente y perezoso?

“El hombre que dice, ‘he intentado todo eso y lo he negado’, se está moviendo. Si no nos movemos o nos movemos en un círculo estrecho y perdemos el tiempo comparando lo que dice K con lo que dice Buda, al final de ello, ¿qué nos queda?

“Tenemos que negar el conocimiento, negarlo todo”.

“¿Puedo enseñarle a Narayan, mi estudiante en el Valle de Rishi, este acto de negación total?”


“¿Quiere decir que he de negarlo a usted? Vea lo que está diciendo”. No pude evitar interrumpirle.

“Si, usted tiene que negarme”, fue la respuesta de K. “Lo que yo digo es que uno no puede negar la verdad, pero tiene que negar todo lo demás. Yo niego todo lo que el hombre ha buscado para lograr aquello. Niego al santo que se ha torturado a sí mismo, a los monjes trapenses que han guardado un silencio absoluto, ellos lo han hecho todo en el ejercicio de aquello, y yo niego lo que ellos han hecho. ¿Puede usted negar de ese modo? ¿Es la falta de una negación total la razón de que la puerta no se abra?”

“En mi juventud, cuando usted rompió con todos los métodos y sistemas y dijo que la verdad no tiene senderos, me sentí realmente confundido. Ahora estoy llegando a lo mismo, porque siento que no hay sendero alguno que pueda conducir a lo que usted dice”, se lamentó Achyut

“Comenzamos preguntándonos si los maestros del Valle de Rishi podrían comunicarse con los estudiantes y ayudarles a despertar. Narayan dijo que discutiría con ellos en grupos pequeños. Si fuera necesario, se sentaría con ellos en silencio, observando los pájaros, siendo sensible. Pero yo veo que eso no trae consigo aquel perfume. Veo lo que los monjes y otros seres humanos han hecho para lograr esta inteligencia extraordinaria, sin conseguirlo. Entonces, ¿por qué tenemos que pasar por todo eso? Así que niego todas las cosas que el hombre ha tratado de hacer para lograr aquello. De modo que mi mente, mi cerebro está libre para experimentar”. Krishnaji estaba abriendo las ventanas de su mente. “Pienso que ésa es la pista. Esas personas han experimentado por años en los bosques, pero no han dado con aquello, ¿Por qué tengo que pasar yo por todo eso?”

“Lo que usted dice es que la mente tiene que hallarse en un estado exento de dirección alguna hacia la cual volverse, un estado sin ninguna de las investigaciones que el pensamiento ha estado persiguiendo”, dije.

“En ese estado, vea lo que el cerebro es. Ya no se encuentra más en un estado de experimentación o investigación”. El hablaba, pero no había movimiento alguno fuera de la profundidad y pasión de sus percepciones. “Hay quienes han investigado y han fracasado todos ellos. Hay otros que lo han intentado mediante la bebida, el sexo, las drogas... Veo eso. ¿Por qué tengo que pasar por todo ello? Por lo tanto, veo y niego. No es una negación ciega. La negación tiene tras de sí una razón, una lógica tremenda. Y así mi mente, el cerebro, es totalmente maduro. ¿Entienden lo que digo? ¿Se encuentran ustedes en ese estado? Por favor, contéstenme. Este es un reto. Tienen que responder. ¿Todavía están experimentando?” Hizo una pausa.

“En esta negación incluyo a los teósofos con sus jerarquías, con sus Maestros. He terminado con todo eso.

“¿No es, acaso, necesaria esta negación total para ayudar al muchacho, al estudiante, a fin de que vea y salte fuera de ello? Entonces el cerebro es totalmente estable, puesto que no está mirando en ninguna dirección. Ha dado la espalda completamente a todas las direcciones. ¿Que dice usted, Narayan? Usted es mi estudiante en el Valle de Rishi”.


“Comienzo a notar la falta de fuerza en el cuerpo y en la mente”, contestó Narayan.

Krishnaji dijo: “Tengo ochenta y cinco años, y le digo que tiene que negar. Por siglos el hombre ha dicho que debe controlar su cuerpo, conseguir que éste no interfiera. ¿Puede usted negar todo eso? Si no puede negar así, yo le pregunto. ¿Por qué no puede hacerlo?”

“¿Vuelve usted al conocimiento, a la discusión, etc.?”
Narayan, incapaz de enfrentarse a la negación absoluta, eludía la pregunta. Krishnaji dijo. “Esa es una trivialidad. Mi interés está en ver que el estudiante no pase por toda esta lucha. Que la mente sea madura, que esté viva. ¿Puedo hacer esto con diez muchachos o chicas? Si es así, entonces estoy dando origen a un grupo de jóvenes por completo diferentes”.

“¿Cómo se enfrenta uno a todos los problemas de la adolescencia?” Otra vez Narayan trataba de alejarse.

Krishnaji dijo: “Un muchacho que ha estado con nosotros desde los cinco años, cambia súbitamente cuando llega a los trece más o menos. Yo quiero impedir eso. Voy a descubrir qué ocurre. Quiero impedir que se vuelva tosco, vulgar.

“Ningún educador ha hecho esto”, fue el comentario de Narayan.

Krishnaji respondió: “Voy a negar a todos los educadores. Quiero descubrir de qué se trata. ¿Es la pubertad, el sexo? ¿Es un sentido de hombría el que vuelve vulgar al muchacho? Uno puede ver la transformación en ese período de su vida. Quiero evitar eso. Pienso que es posible evitarlo. Para ello uno puede advertir que en lo físico, el niño madura muy, muy lentamente”.

“¿Eso qué significa?”, preguntó Rajesh”.

¿No sabe usted lo que significa? ¿Por qué un niño o una niña, hasta cierta edad irradian una sensación luminosa, y después se vuelven tan burdos? ¿Se debe a algo del organismo físico que se relaciona con la procreación? ¿Es eso lo que origina al cambio? Si es así, ¿puede eso ocurrir más tarde en la vida? Narayan, yo lamento estar intimidándolo, pero ¿puede usted negar todo lo que conoce?”

“Yo seguiría estudiando”.

“Estudie”, dijo Krishnaji. “Pero usted sabe que, al cabo de cuarenta años, está donde está, ¿no es así? Estudie, practique abstinencia, celibato, tome votos; haga todo eso, pero no lo llevará a ninguna parte. ¿Por qué tengo que pasar por todo ello? Formo parte del ser humano que ya ha hecho todo eso”.

Achyut comentó: “Yo siento, señor, que todas estas cosas tienen efectos limitados. No me conducirán a aquello. Hago prácticas, etcétera, pero no me conducen a aquello”. Hizo una pausa y continuó: “Uno cuida su cuerpo, lo vigila. Hay equilibrio. Todo eso tiene su lugar. Hay una gran diligencia”.

Achyut intentaba disipar la energía acumulada. Pero Krishnaji era inconmovible. “Esa diligencia no llega a través de ninguna de estas cosas. Mi cerebro es el cerebro de la humanidad. Estoy absolutamente seguro de eso. Por lo tanto, siendo el cerebro de la humanidad, mi cerebro ha hecho todo esto. No tengo que experimentarlo. ¿Sabe usted lo que eso significa?”

Los Vedas hablan del gran maestro que lleva a su discípulo dentro de sí, como un embrión. Por tres noches lo conserva en la oscuridad de su interior, mientras los dioses se reúnen para presenciar el nacimiento. En cierto sentido, Krishnaji estaba haciendo eso con nosotros, atrayendo estrechamente hacia sí a las personas sentadas a su alrededor, posibilitando que las mentes de ellas tocaran de manera directa su mente, poniendo así fin a toda división. Krishnaji dijo: “Pienso que estamos abriendo ligeramente la puerta. ¿Ven ustedes lo que estamos haciendo? Nos movemos. Este capítulo no ha sido estudiado hasta ahora. K no ha pasado por todas estas disciplinas. ¿Por qué debería hacerlo?”

“¿Dónde obtiene usted sus percepciones?”, preguntó Narayan.

“No haciendo nada de esto”.

“¿No haciéndolo las obtendré yo?”, volvió a preguntar Narayan.

La voz de Krishnaji llegó desde una inmensa profundidad de eones. “No. El cerebro mismo dice que es muy viejo, que no continuará más con el conocimiento. ¿No ve usted lo que ha ocurrido con este cerebro? Es inconmovible como una roca. Es firme, estable, lo cual no quiere decir que sea estático. No se duerme. ¿Percibe usted lo que le sucede a un cerebro que dice: ‘Soy la humanidad, y lo que la humanidad ha hecho, lo he hecho’? Y veo que eso no produce la bendición y, por lo tanto, todo lo hecho no tiene sentido”. Hubo una larga pausa. Luego dijo: ¿Hay una pista en todo esto? Vea lo que le ha ocurrido al cerebro. Se ha movido fuera de su círculo. Hágalo ahora. Muévase fuera del círculo que el hombre ha tejido alrededor de sí mismo.

“Ahora bien, ¿puede transmitir esto al estudiante? ¿Puede usted crear algo, una escuela que nunca haya existido antes?”


Pocos días después, Krishnaji me llevó a su habitación y me dijo: “Estaba deseando decirle algo. En el Valle de Rishi ocurrió una cosa extraña. Una noche desperté sintiendo que todo el universo convergía dentro de mí. Un penetrar de todas las cosas, y el viajar más y más profundo en una profundidad sin final”. Mientras hablaba, su rostro, inmensamente serio, irradiaba luz.


Biografía de J. Krishnamurti.
Pupul Jayakar.
Editorial Kier.

 

1 comentario:

Addax dijo...

Impresionante esta entrada. ¡Un saludo!

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