viernes, 15 de diciembre de 2006

Jiddu Krishnamurti y su plática en la Sociedad Teosófica. Año 1933.


Adyar, India, 1933

PRIMERA PLÁTICA EN ADYAR
Mr. Warrington, el presidente en ejercicio de la Sociedad Teosófica, tuvo la bondad de invitarme a venir a Adyar para ofrecer aquí algunas pláticas. He aceptado con mucho gusto su invitación y aprecio su amistad, la cual espero que continúe, aun cuando podamos diferir completamente en nuestras ideas y opiniones.

Confío en que todos ustedes escucharán sin prejuicios mis pláticas y que no pensarán que trato de atacar a su sociedad. Es completamente otra cosa lo que quiero hacer: quiero despertar el deseo por la verdadera investigación, y pienso que esto es todo cuanto un maestro puede hacer. Es todo cuanto quiero hacer. Si puedo despertar ese deseo en ustedes, he completado mi tarea, porque gracias a ese deseo adviene la inteligencia, esa inteligencia que está libre de todo sistema y de toda creencia organizada. Esta inteligencia está más allá de todo concepto de compromiso y falso amoldamiento. Así que, durante estas pláticas, aquéllos de ustedes que pertenecen a diversas sociedades o a grupos, tendrán la bondad de recordar que estoy muy agradecido a la Sociedad Teosófica y a su presidente en ejercicio por haberme invitado a venir aquí para hablar, y que no ataco a la Sociedad Teosófica. No estoy interesado en atacar. Pero sostengo que, mientras las organizaciones para el bienestar social del hombre son necesarias, las sociedades basadas en esperanzas y creencias religiosas, son nocivas. Por lo tanto, aunque pueda parecer que hablo con dureza, por favor, tengan presente que no ataco a ninguna sociedad en particular, sino que estoy contra todas estas falsas organizaciones que, aun cuando manifiesten ayudar al hombre, son en realidad un gran obstáculo y constituyen medios de constante explotación.

Cuando la mente está llena de creencias, ideas y conclusiones definidas a las cuales llama conocimientos y que se convierten en algo sagrado, entonces cesa el movimiento infinito del pensar. Es lo que ocurre con la mayoría de las mentes. Lo que llamamos conocimiento es meramente acumulación, impide el movimiento libre del pensar; no obstante, rendimos culto al así llamado conocimiento y nos aferramos a él. De esta manera, la mente queda enmarañada y enredada en el conocimiento. Sólo cuando la mente se libera de toda esta acumulación, cuando se libera de creencias, ideales, principios, recuerdos, existe un pensar creativo. Uno no puede desechar ciegamente la acumulación; sólo puede liberarse de ella cuando la comprende. Entonces hay pensamiento creativo, entonces hay un movimiento eterno. La mente ya no está separada de la acción.

Ahora bien, las creencias, los ideales, las virtudes y las ideas santificadas que ustedes persiguen y a las que llaman conocimiento, impiden el pensar creativo y, de tal modo, ponen fin a la continua maduración del pensamiento. Porque el pensamiento no implica seguir un surco particular de ideas establecidas, hábitos y tradiciones. El pensamiento es crítico, es una cosa aparte del conocimiento heredado o adquirido. Cuando uno acepta meramente ciertas ideas y tradiciones, no está pensando, hay un lento estancamiento. Ustedes me dicen: “Tenemos creencias, tenemos tradiciones, tenemos principios; ¿acaso no son correctos? ¿Debemos desembarazarnos de ellos?” No voy a decirles que deben desembarazarse o que no deben hacerlo. En realidad, la prontitud misma con que están dispuestos a aceptar la idea de que deben o no deben desembarazarse de estas creencias y tradiciones, les impide pensar; se encuentran ya en un estado de aceptación; por lo tanto, carecen de capacidad crítica.

Yo hablo a individuos, no a organizaciones o grupos de individuos. Hablo a cada uno de ustedes como individuo, no a un conjunto de personas que sostienen ciertas creencias. Si mi plática ha de tener algún valor para ustedes, traten de pensar por sí mismos, no con la conciencia grupal. No piensen en los términos con los cuales ya se han comprometido, porque son meramente formas sutiles de consuelo. Dicen: “Yo pertenezco a tal sociedad, a tal grupo. He hecho ciertas promesas a ese grupo y he aceptado de él ciertos beneficios. ¿Cómo puedo pensar aparte de estas condiciones y promesas? ¿Qué debo hacer?” Yo digo: No piensen en términos de compromisos, porque éstos les impiden pensar creativamente. Donde hay mera aceptación no puede haber un pensar libre, fluido y creativo; sólo este pensar es inteligencia suprema, felicidad. El así llamado conocimiento al que rendimos culto, por el cual, a fin de obtenerlo, nos esforzamos leyendo libros, impide el pensamiento creativo.

Pero porque yo diga que tal conocimiento y tal lectura impiden el pensar creativo, no se vuelvan inmediatamente a lo opuesto. No pregunten: “¿No debo leer en absoluto?” Hablo de estas cosas porque quiero mostrarles su significado intrínseco; no quiero instarles a que hagan lo opuesto.

Ahora bien, si la actitud de ustedes es de aceptación, viven con el temor al juicio crítico, y cuando surge la duda, como debe surgir, la destruyen esmerada y diligentemente. Sin embargo, es sólo mediante la duda, mediante el juicio crítico, que pueden llegar a la plena realización; y el propósito de la vida, como lo explicaré enseguida, es esa realización plena, no el acumular, el lograr cosas. La vida es un proceso de búsqueda, búsqueda no de un objetivo particular, sino de liberar la energía creativa, la inteligencia creativa en el hombre; es un proceso de movimiento eterno, no limitado por creencias, por conjuntos de ideas, por dogmas o por el así llamado conocimiento.

Por lo tanto, cuando hablo de juicio crítico, tengan la bondad de no ser prosélitos. Yo no pertenezco a sus sociedades, no sostengo opiniones e ideales. Estamos aquí para examinar, no para tomar partido. Por consiguiente, tengan la bondad de seguir imparcialmente lo que diga, y tomen partido -si es que deben hacerlo- después de que hayan concluido estas pláticas. El hecho de pertenecer a un grupo determinado les da un sentimiento de bienestar, de seguridad. Piensan que porque muchos de ustedes sostienen ciertas ideas o principios, por eso crecerán internamente. Pero por ahora traten de no tomar partido. Traten de no estar influidos por el grupo al que hoy pertenecen y traten también de no tomar partido por mí. Todo lo que tienen que hacer durante estas pláticas es examinar, ser críticos, dudar, descubrir, investigar, profundizar en los problemas que tienen ante sí.

Ustedes están acostumbrados a la oposición, no al juicio crítico. Cuando digo “ustedes”, no piensen, por favor, que hablo con una actitud de superioridad. Digo que no están acostumbrados al juicio crítico y esperan desarrollarse espiritualmente gracias a esta falta de espíritu crítico. Piensan que, mediante esta destrucción de la duda librándose de la duda, progresarán, porque eso es lo que les han presentado como una de las cualidades indispensables para el progreso espiritual; así es como son explotados. Pero en su esmerada destrucción de la duda, en su rechazo del espíritu crítico, han desarrollado meramente la oposición. Dicen: “Las Escrituras son mi autoridad en esto”, o “los Maestros han dicho tal cosa”, o “esto lo he leído”. En otras palabras, sostienen ciertas creencias, ciertos dogmas, ciertos principios con los cuales se oponen a cualquier situación nueva y conflictiva e imaginan que piensan, que son críticos, creativos. La posición de ustedes es como la de un partido político, que sólo actúa a base de oposición. Si son verdaderamente críticos, creativos, jamás ejercitarán la mera oposición; entonces se interesarán en realidades. Pero si su actitud es meramente la de oponerse, entonces la mente de ustedes no se encontrará con la mía; en consecuencia, no comprenderán lo que estoy tratando de comunicar.

Así, cuando la mente está habituada a la oposición, cuando ha sido cuidadosamente adiestrada -mediante la así llamada educación, mediante la tradición y la creencia, mediante los sistemas religiosos y filosóficos- a adquirir esta actitud de oposición, es natural que no tenga la capacidad de ejercer la crítica y de dudar verdaderamente. Pero si es que van ustedes a comprenderme, esto es lo primero que deben tener. Por favor no cierren sus mentes contra lo que estoy diciendo. El verdadero espíritu crítico es el deseo de descubrir. La facultad crítica existe solamente cuando desean descubrir el valor intrínseco de una cosa. Pero no están habituados a eso. Sus mentes han sido hábilmente adiestradas para atribuir valores a todo, pero mediante ese proceso jamás comprenderán el significado inherente de una cosa, de una experiencia o de una idea.

Así que, para mí, el verdadero espíritu crítico consiste en tratar de descubrir el valor intrínseco de la cosa misma y no en atribuir una cualidad a esa cosa. Ustedes atribuyen una cualidad al medio que los rodea, a una experiencia, sólo cuando desean obtener algo de ello, cuando desean ganar algo o tener poder o felicidad. Esto destruye el verdadero espíritu crítico. La atribución de valores pervierte el deseo y, por lo tanto, no pueden ver claramente. En vez de tratar de ver la flor en su original y total belleza, la miran a través de vidrios de colores; en consecuencia, jamás pueden verla tal como es.

Si quieren vivir, disfrutar, apreciar la inmensidad de la vida, si realmente quieren comprenderla, no sólo repetir como loros lo que les han enseñado, lo que inculcaron dentro de ustedes, entonces su primera tarea es eliminar las corrupciones en que se encuentran enredados. Les aseguro que ésta es una de las tareas más difíciles, porque estas corrupciones forman parte del adiestramiento, de la educación que les impartieron, y es muy difícil desprenderse de eso.

La actitud crítica requiere que estemos libres de la idea de oposición. Por ejemplo, ustedes me dicen: “Nosotros creemos en los Maestros; usted no. ¿Qué tiene que decir a esto?” Y bien, ésa no es una actitud crítica, es una actitud infantil por favor, no piensen que hablo con dureza-. Estamos discutiendo si ciertas ideas son fundamental e intrínsecamente genuinas, no si ustedes han ganado algo gracias a estas ideas; porque lo que han ganado pueden ser meramente corrupciones, prejuicios.

Mi propósito durante esta serie de pláticas es despertar en ustedes su propia capacidad crítica, de modo que los maestros lleguen a serles innecesarios, que no sientan la necesidad de asistir a conferencias, a sermones, que comprendan por sí mismos lo que es verdadero y vivan de una manera completa. El mundo será un lugar más feliz cuando ya no haya más maestros espirituales, cuando el hombre ya no sienta que debe predicarle a su prójimo. Pero ese estado puede acaecer sólo cuando ustedes, como individuos, estén de verdad despiertos, cuando duden muchísimo, cuando realmente hayan comenzado a cuestionar en medio del dolor. Ahora han dejado de sufrir. Han sofocado sus mentes con explicaciones, con conocimientos, han endurecido sus corazones. No se interesan en los sentimientos, sino en las creencias, en las ideas, en la santidad del así llamado conocimiento; por lo tanto, son estériles, han dejado de ser seres humanos, son máquinas.

Veo que sacuden la cabeza. Si no están de acuerdo conmigo, mañana formúlenme preguntas. Escriban sus preguntas y entréguenmelas; yo las contestaré. Pero esta mañana voy a hablar y espero que sigan lo que tengo que decir.

En la vida no hay sitio para el descanso. El pensamiento no tiene lugar de reposo. Pero ustedes buscan un lugar así. En sus múltiples creencias, religiones, han buscado un lugar de reposo semejante, y en esta búsqueda han dejado de ser críticos, de fluir con la vida, de disfrutar, de vivir exquisita y ricamente.

Como he dicho, la verdadera búsqueda que es diferente de buscar con un objetivo o de buscar ayuda o de perseguir una ganancia se deriva en la comprensión del, valor intrínseco de la experiencia. La verdadera búsqueda es como el movimiento rápido del río, y en este movimiento hay comprensión, un devenir eterno. Pero la búsqueda de una guía da meramente como resultado un alivio momentáneo, el cual implica la multiplicación de los problemas y un incremento en las soluciones de los mismos. ¿Qué es, entonces, lo que están buscando? ¿Cuál de estas cosas desean? ¿Desean investigar, descubrir, o desean encontrar ayuda, una guía? Casi todos desean ayuda, un alivio momentáneo del sufrimiento; quieren curar los síntomas antes que encontrar la causa del sufrimiento. “Estoy sufriendo”, dicen, “déme un método que me libre de sufrir”. O dicen: “El mundo está en una condición caótica. Dénos un sistema que resuelva los problemas del mundo, que genere orden”.

Así, la mayoría de ustedes está buscando un alivio transitorio, un refugio transitorio; no obstante, llaman a eso la búsqueda de la verdad. Cuando hablan de servicio, de comprensión, de sabiduría, están pensando meramente en términos de bienestar. En tanto sólo deseen aliviar el conflicto, la lucha, la disensión, el caos, el sufrimiento, son como un médico que trata sólo con los síntomas de una enfermedad. En tanto se interesen meramente en encontrar consuelo, no existe una verdadera búsqueda.

Ahora seamos completamente francos. Si somos de verdad francos, podemos llegar lejos. Admitamos que todo cuanto estamos buscando es seguridad, alivio; ustedes buscan estar seguros ante el cambio constante, buscan un alivio al dolor. A causa de que se sienten insuficientes, dicen: “Por favor, déme suficiencia”. Así, lo que llaman búsqueda de la verdad, es un intento de hallar alivio al dolor, lo cual nada tiene que ver con la realidad. En esas cosas somos como niños. En momentos de peligro corremos hacia nuestra madre, siendo esa madre la creencia, el gurú, la religión, la tradición, el hábito. Aquí encontramos refugio y, por esto, nuestras vidas son vidas de constante imitación, sin que jamás haya un momento de comprensión plena.

Ahora bien, quizás estén de acuerdo con mis palabras y digan: “Usted tiene mucha razón: no estamos buscando la verdad, sino alivio, y ese alivio resulta momentáneamente satisfactorio”. Si están satisfechos con esto, no hay nada más que decir. Si sostienen esa actitud puedo, con igual razón, no decir una sola cosa más. Pero, ¡gracias a Dios!, no todos los seres humanos sostienen esa actitud. No todos han alcanzado el estado de sentirse satisfechos con sus propias pequeñas experiencias que llaman conocimientos y en las cuales se estancan.

Cuando ustedes dicen: “Estoy buscando”, implican que están buscando lo desconocido. Desean lo desconocido, y ése es el objeto de su búsqueda. A causa de que lo conocido es para ustedes terrible, insatisfactorio, vano y conduce al dolor, anhelan descubrir lo desconocido y, de aquí, las preguntas: “¿Qué es la verdad? ¿Qué es Dios?” De esto surge la pregunta: “¿Quién me ayudará a lograr la verdad?” En ese intento mismo de hallar la verdad, de encontrar a Dios, ustedes crean a los gurús, a los maestros, quienes se convierten en sus explotadores.

Por favor, no se ofendan por mis palabras, no prejuzguen contra lo que estoy diciendo y no piensen que me dejo llevar por mi pasatiempo favorito. Sólo les muestro la causa de que sean explotados; esa causa es su búsqueda de una meta, de un objetivo. Cuando comprendan la falsedad de la causa, esa comprensión los liberará. No les pido que sigan mis enseñanzas, porque si lo que desean es comprender la verdad, no pueden seguir a nadie; si desean comprender la verdad, tienen que permanecer completamente solos.

¿Cuál es una de las cosas más importantes en las que se interesan al buscar lo desconocido? “Dígame qué hay del otro lado”, piden, “dígame qué le ocurre a una persona después de la muerte”. A la respuesta a tales preguntas, la llaman conocimiento. Así, cuando indagan en lo desconocido, encuentran a una persona que les ofrece una explicación satisfactoria de ello, y entonces se amparan en esa persona o en la idea que tal persona les da. Por consiguiente, esa persona o esa idea se convierte en el explotador de ustedes, y ustedes mismos son los responsables de esa explotación, no el hombre o la idea que los explota. De tal indagación en lo desconocido nace la idea de un gurú que habrá de conducirnos hacia la verdad. De una indagación así surge la confusión respecto a lo que es la verdad, porque, en nuestra búsqueda de lo desconocido, cada maestro, cada guía, nos ofrece una explicación de lo que es la verdad, y esa explicación depende, obviamente, de sus propios prejuicios, de sus propias ideas; pero por intermedio de esa enseñanza esperan ustedes aprender qué es la verdad. La búsqueda de lo desconocido es, entonces, meramente un escape. Cuando conozcan la verdadera causa, cuando comprendan lo conocido, entonces no indagarán en lo desconocido.

La persecución de la multiplicidad y diversidad de ideas acerca de la verdad, no reditúa comprensión. Ustedes se dicen: “Voy a escuchar a este maestro, luego escucharé a algún otro y después a otro más, y así aprenderé de cada uno de ellos los diversos aspectos de la verdad”. Pero mediante este proceso jamás comprenderán. Todo cuanto hacen es escapar; tratan de encontrar lo que les ofrece la mayor satisfacción, y a aquél que les brinda la más grande de ellas, lo estiman como su gurú, el ideal, la meta. De este modo, ha cesado la búsqueda de la verdad.

Ahora bien, no piensen que el hecho de mostrarles la futilidad de esta búsqueda, es mero ingenio de mi parte; les explico la causa de la explotación que en todo el mundo tiene lugar en nombre de la religión, en nombre del gobierno, en nombre de la verdad.

Lo desconocido no les concierne. Cuídense del hombre que describe para ustedes lo desconocido, la verdad o a Dios. Tal descripción de lo desconocido les ofrece un escape; además, la verdad desafía toda descripción. En ese escape no hay comprensión, no hay plenitud de realización. Sólo hay rutina y deterioro. La verdad no puede ser explicada ni descrita. Es. Yo digo que existe una belleza que no puede ser expresada en palabras; si lo fuera, se destruiría, dejaría de ser la verdad. Pero uno no puede conocer esta belleza, esta verdad, preguntando acerca de ella; sólo puede conocerla cuando ha comprendido lo conocido, cuando ha captado la plena significación de lo que tiene por delante.

Así que estamos buscando constantemente escapar, y a estos intentos de escape los dignificamos con diversos nombres espirituales, con palabras altisonantes; estos escapes nos satisfacen momentáneamente, o sea, hasta que sopla la siguiente tormenta de sufrimiento y se lleva nuestro refugio.

Entonces, descartemos esto desconocido e interesémonos en lo conocido. Desechen por el momento sus creencias, su esclavitud a las tradiciones, su dependencia respecto de su Bhagavad Gita, de sus Escrituras, de sus Maestros. Yo no ataco sus creencias favoritas, sus sociedades favoritas; les estoy explicando que, si quieren comprender la verdad de lo que digo, tienen que tratar de escuchar sin prejuicios.

Por medio de nuestros diversos sistemas de educación, que pueden ser la enseñanza universitaria o el seguimiento de un gurú o la dependencia respecto del pasado en la forma de una tradición o un hábito, sistemas que crean insuficiencia en el presente, por medio de estos sistemas de educación hemos sido alentados a obtener y adorar el éxito. Todo nuestro sistema de pensamiento, así como toda nuestra estructura social, se basan en la idea de la ganancia. Acudimos al pasado porque no podemos comprender el presente. Para comprender el presente, que es la experiencia, la mente debe descargarse de las tradiciones y los hábitos del pasado. En tanto nos abrume el peso del pasado, no podemos captar plenamente el perfume de una experiencia. Por consiguiente, en tanto haya búsqueda de ganancia, tiene que haber insuficiencia. No es mera suposición hipotética de mi parte afirmar que todo nuestro sistema de pensamiento se basa en la ganancia; es un hecho. Y la idea central de toda nuestra estructura social es la ganancia, el logro, el éxito.

Pero por el hecho de que yo haya dicho que la persecución de esta idea de ganancia no se deriva en un vivir completo, no vayan ahora a pensar en términos de lo opuesto. No digan: “¿No debemos buscar? ¿No debemos ganar? ¿No debemos triunfar?” Esto muestra un pensar muy limitado. Lo que quiero que hagan es cuestionar la idea misma de ganancia. Como he dicho, toda la estructura social, económica y la así llamada estructura espiritual de nuestro mundo se basan en esta idea central de la ganancia: obtener ganancia de la experiencia, del vivir, de los maestros. Y, a causa de esta idea de la ganancia, cultivamos gradualmente en nosotros la idea del temor, porque en nuestra búsqueda de ganancia siempre tenemos miedo a la pérdida. Así, teniendo este miedo a la pérdida, este miedo de perder una oportunidad, crean ustedes al explotador, ya sea el hombre que los guía moralmente, espiritualmente, o una idea a la cual se aferran. Tienen miedo y desean valor; por lo tanto, el valor se convierte en el explotador de ustedes. Una idea se convierte en el explotador.

El intento de lograr, de ganar, es para ustedes meramente una huida, un escapar de la inseguridad. Cuando hablan de ganar, están pensando en la seguridad; y después de establecer la idea de seguridad, quieren encontrar un método de obtener y conservar esa seguridad. ¿No es así? Si consideran la vida que llevan, si la examinan críticamente, encontrarán que se basa en el temor. Están siempre atentos a la ganancia; y, después de averiguar cuáles son sus seguridades, después de establecerlas como sus ideales, recurren a alguien que les ofrece un método, un plan por el cual lograr y defender sus ideales. Por lo tanto, dicen: “A fin de lograr esa seguridad, debo comportarme de cierta manera, debo perseguir la virtud, debo servir y obedecer, debo seguir a los gurús, a los maestros y los sistemas; debo estudiar y practicar a fin de obtener lo que deseo”. En otras palabras, dado que el deseo de ustedes es de seguridad, encuentran explotadores que les ayudarán a obtener lo que desean. De este modo ustedes, como individuos, establecen religiones para que les sirvan como patrones de una conducta convencional; causa del miedo a la pérdida, del miedo a verse privados de algo que desean, aceptan esas guías y esos ideales que las religiones ofrecen.

Ahora bien, habiendo establecido sus ideales religiosos, que son en realidad sus seguridades, deben tener formas particulares de conducta, prácticas, ceremoniales y creencias, a fin de alcanzar esos ideales. Al tratar de llevarlas a la práctica, surge la división en el pensamiento religioso, la cual se deriva en cismas, sectas, credos. Usted tiene sus creencias y el otro tiene las suyas; usted se aferra a su forma particular de religión y el otro a la suya; usted es cristiano, otro es mahometano, otro es hindú. Así es como tienen ustedes estas discusiones y discriminaciones religiosas, pero, no obstante, hablan de amor fraternal, de tolerancia, de unidad no dicen que tiene que haber uniformidad de pensamientos e ideas-. La tolerancia de la que hablan es tan sólo una hábil invención de la mente; esta tolerancia indica nada más que el deseo de aferrarse a sus propias idiosincrasias, a sus propias ideas limitadas y a sus prejuicios, permitiendo que el otro persiga los suyos. En esta tolerancia no hay diversidad inteligente, sino sólo una especie de superior indiferencia. Esta tolerancia contiene en sí una absoluta falsedad. Ustedes dicen: “Continúe a su propio modo y yo continuaré al mío; pero seamos tolerantes, fraternales”. Cuando hay verdadera fraternidad, amistad, cuando hay amor en nuestro corazón, no hablamos de tolerancia. Sólo cuando nos sentimos superiores en nuestra certidumbre, en nuestra posición, en nuestro conocimiento, sólo entonces hablamos de tolerancia. Somos tolerantes sólo cuando hay discriminación. Cuando cese la discriminación, no hablarán de tolerancia. Entonces no hablarán de hermandad porque serán hermanos en el corazón.

Así ustedes, como individuos, establecen diversas religiones que actúan como su seguridad. Ningún maestro ha establecido estas religiones organizadas y explotadoras. Son ustedes los que, a causa de su inseguridad, de su confusión, de su falta de comprensión, han creado las religiones como guías. Entonces, después de haber establecido las religiones, buscan y escogen a sus gurús e instructores, escogen a los Maestros para que los ayuden.

No piensen que estoy tratando de atacar su creencia favorita; simplemente establezco hechos, no para que los acepten, sino para que los examinen, para que los sometan a un juicio crítico y los verifiquen.

Usted tiene su Maestro y otro tiene su guía particular; usted tiene su salvador y otro tiene el suyo. A causa de una división así del pensamiento y la creencia, crecen la contradicción y el conflicto de méritos entre diversos sistemas. Estas disputas ponen al hombre contra el hombre; pero puesto que hemos intelectualizado la vida, ya no pelearnos abiertamente, tratamos de ser tolerantes.

Por favor, reflexionen sobre lo que estoy diciendo. No acepten ni rechacen meramente mis palabras. Para examinar imparcialmente, críticamente, deben poner de lado sus prejuicios e idiosincrasias y abordar abiertamente toda la cuestión.

En todo el mundo, las religiones han separado a los hombres. Individualmente, cada cual busca su propia pequeña seguridad y se interesa en su propio progreso; individualmente, cada cual busca crecer, expandirse, triunfar, lograr, y así acepta a cualquier maestro que le ofrezca ayudarlo en su progreso y crecimiento. Y, como resultado de esta actitud de aceptación, han cesado el espíritu crítico y la verdadera investigación. Se ha instalado el estancamiento. Aunque se muevan a lo largo de un surco estrecho de pensamiento y de vida, ya no hay un verdadero pensar ni un vivir pleno, sino sólo una reacción defensiva. Mientras la religión mantenga separados a los hombres, no puede haber hermandad, no más de lo que puede haberla en tanto haya nacionalidades, las cuales siempre tienen que causar, por fuerza, conflicto entre los hombres.

La religión con sus creencias, disciplinas, atractivos, sus esperanzas y castigos, los fuerza a una conducta virtuosa, los fuerza a ser fraternales, a amar. Y, puesto que se los obliga a ello, o bien obedecen a la autoridad externa que lo establece, o lo cual viene a ser la misma cosa- comienzan a desarrollar su propia autoridad interna como reacción contra la externa, y después la siguen. Donde hay una creencia, donde existe el seguimiento de un ideal, no puede haber un vivir completo. La creencia indica la incapacidad de comprender el presente.

Ahora no acudan a lo opuesto diciendo: “¿No debemos tener creencias? ¿No debemos tener ideales en absoluto?” Yo simplemente les estoy mostrando la causa y naturaleza de la creencia. Debido a que no pueden comprender el veloz movimiento de la vida, a que no pueden captar la significación de su rápido fluir, piensan que la creencia es necesaria. En su dependencia de la tradición, de los ideales, de las creencias, de los Maestros, no viven en el presente, el cual es lo eterno.

Puede que muchos de ustedes piensen que lo que digo es negativo. No lo es, porque cuando uno ve realmente lo falso, comprende lo verdadero. Todo cuanto estoy tratando de hacer es mostrarles lo falso para que puedan descubrir lo verdadero. Esto no es negación. Por el contrario, este despertar de la inteligencia creativa es la única ayuda positiva que puedo darles. Pero ustedes no consideran positivo eso; probablemente me llamarían positivo sólo si les diera una disciplina, un curso de acción, un nuevo sistema de pensamiento. Pero hoy no podemos avanzar más lejos en esta cuestión. Si mañana o los días subsiguientes van a querer formular preguntas acerca de esto, trataré de contestarlas.

Los individuos han creado la sociedad agrupándose entre ellos con fines de ganancia, pero esto no produce verdadera unidad. Esta sociedad se convierte en su prisión, en su molde; no obstante, cada individuo quiere libertad para crecer, para triunfar. Así, cada uno se convierte en explotador de la sociedad y la sociedad, a su vez, lo explota. La sociedad se convierte en el ápice de su deseo, y el gobierno en el instrumento para llevar a cabo ese deseo al conferir honores a aquéllos que tienen el mayor poder de poseer, de ganar. La misma actitud estúpida existe en la religión; la autoridad religiosa considera al hombre que se ha ajustado enteramente a su dogma y a sus creencias, una persona verdaderamente espiritual. Confiero honores al hombre que posee virtud. Así, en nuestro deseo de poseer y otra vez no hablo en términos de opuestos, antes bien, estoy examinando la cosa misma que da origen al deseo de posesión-, en nuestra búsqueda de posesión, creamos una sociedad de la cual nos volvemos, inconscientemente, esclavos. Nos convertimos en piezas de esa maquinaria social, aceptando todos sus valores, sus tradiciones, esperanzas, anhelos y sus ideas establecidas, porque hemos creado la sociedad y ésta nos ayuda a obtener lo que deseamos. Por lo tanto, el orden establecido, ya sea del gobierno o de la religión, pone fin a la investigación, a la búsqueda, a la duda. En consecuencia, cuanto más nos unimos en nuestras múltiples posesiones, más tendemos a volvernos nacionalistas.

Después de todo, ¿qué es una nación? Es un grupo de individuos que viven juntos con propósitos de conveniencia económica y defensa propia, y que explotan a unidades similares. No soy un economista, pero esto es un hecho obvio. De este espíritu adquisitivo emana la idea de “mi familia”, “mi casa”, “mi país”. En tanto exista esta condición posesiva, no puede haber hermandad o verdadero internacionalismo. Las fronteras de ustedes, sus costumbres, sus barreras arancelarias, sus tradiciones, sus creencias, sus religiones están separando al hombre del hombre. Esta mentalidad de ganancia, este espíritu separativo, este deseo de estar a salvo, de tener seguridad, ¿qué es lo que han creado? Han creado las nacionalidades. Y donde hay nacionalismo tiene que haber guerra. Es función de las naciones prepararse para la guerra; de lo contrario, no pueden ser verdaderas naciones.

Eso es lo que está sucediendo en todo el mundo, y nos encontramos al borde de otra guerra. Todos los periódicos defienden el nacionalismo y el espíritu de separación. ¿Qué se dice en casi todos los países, en América, en Inglaterra, en Alemania, en Italia? Dicen: “Primero nosotros y nuestra seguridad individual, después consideremos al mundo”. Parece que no nos damos cuenta de que estamos todos en el mismo bote. Los pueblos ya no pueden estar separados como lo estuvieron siglos atrás. No debemos pensar en términos de separación, pero insistimos en pensar desde el punto de vista nacionalista o de conciencia de clase porque seguimos aferrándonos a nuestras posesiones, a nuestras creencias. El nacionalismo es una enfermedad, no puede producir unidad en el mundo ni unidad en el hombre. No podemos lograr la salud por medio de la enfermedad; primero debemos librarnos de la enfermedad. La educación, la sociedad, la religión contribuyen a mantener separadas a las naciones, porque cada una busca crecer individualmente, busca ganar, explotar.

Ahora bien, a causa de este deseo de crecer, de ganar, de explotar, damos origen a innumerables creencias creencias que conciernen a la vida después de la muerte, a la reencarnación, a la inmortalidad y encontramos personas dispuestas a explotarnos, gracias a nuestras creencias. Por favor, entiendan que al decir esto no me estoy refiriendo a ningún líder o maestro en particular; no estoy atacando a ninguno de sus líderes. Atacar a cualquiera es pura pérdida de tiempo. No me interesa atacar a ningún líder, tengo algo más importante que hacer en la vida. Quiero actuar como un espejo para que puedan ver claramente las corrupciones y engaños que existen en la sociedad, en la religión.

Toda nuestra estructura social e intelectual se basa en la idea de la ganancia, del logro; y cuando la mente y el corazón están atrapados en la idea de la ganancia, no puede haber un verdadero vivir, la vida no puede fluir libremente. ¿No es así? Si constantemente se ocupan del futuro, de un logro, de una ganancia, de una esperanza, ¿cómo pueden ustedes vivir por completo en el presente? ¿De qué modo pueden actuar inteligentemente como seres humanos? ¿Cómo pueden pensar y sentir en la plenitud del presente, cuando tienen siempre los ojos puestos en el distante futuro? Nuestra religión, nuestra educación, nos convierten en seres sumamente insignificantes y, siendo conscientes de esa completa insignificancia, anhelamos ganar, triunfar. De este modo, seguimos constantemente a maestros, gurús, sistemas.

Si realmente comprenden esto, actuarán; no sólo lo discutirán intelectualmente. En su persecución de la ganancia, ustedes pierden de vista el presente. Depositan su seguridad en el pasado y, de ese modo, no comprenden plenamente la experiencia inmediata. Esa experiencia deja una cicatriz, un recuerdo que resulta del carácter incompleto de tal experiencia, y de esa creciente insuficiencia se desarrolla la conciencia del “yo”, el ego. Las divisiones que ustedes hacen del ego no son sino el refinamiento superficial del egocentrismo en su búsqueda de ganancia. Intrínsecamente, en ese carácter incompleto de la experiencia, en ese recuerdo, tiene sus raíces el ego. Por mucho que pueda crecer, expandirse, siempre retendrá el centro de la conciencia personal. Así, cuando ustedes buscan la ganancia, el éxito, cada experiencia incremento la conciencia egocéntrico. Pero discutiremos esto en otra oportunidad. En esta plática quiero presentar lo más que pueda mi pensamiento, así, en las pláticas siguientes tendrá tiempo de responder a las preguntas que deseen formular.

Cuando la mente está atrapada en el pasado o en el futuro, no puede comprender el significado de la experiencia presente. Esto es obvio. Cuando uno se ocupa de la ganancia, no puede comprender el presente. Y dado que ustedes no comprenden el presente, que es la experiencia, ésta deja su cicatriz, su insuficiencia en la mente. Uno no queda libre de esa experiencia. Esta falta de libertad, de plenitud, crea la memoria, y el aumento de esa memoria no es sino la conciencia egocéntrico, el ego. Así, cuando decimos: “Recurramos a la experiencia para que nos dé libertad”, lo que en realidad hacemos es aumentar, intensificar, expandir esa conciencia egocéntrico, ese ego, porque tenemos la vista puesta en la ganancia, en la acumulación, como medios para lograr la felicidad, para realizar la verdad.

Después de haber establecido en nuestra mente la conciencia del “yo”, la mente alimenta esa conciencia, y de ahí surge la cuestión de si viviremos o no después de la muerte, si podemos abrigar esperanzas en la reencarnación. Ustedes quieren saber categóricamente si la reencarnación es un hecho. En otras palabras, utilizan la idea de la reencarnación como un medio de postergación, y en eso encuentran consuelo. Dicen: “Mediante el progreso ganaré comprensión; lo que no he comprendido hoy lo comprenderé mañana. Por lo tanto, asegúreme que la reencarnación es verdadera”.

De ese modo, nos aferramos a esta idea del progreso, a esta idea de ganar más y más hasta llegar a la perfección. Eso es lo que ustedes llaman progreso, adquirir más y más, acumular más y más. Pero para mí, la perfección es realización plena y total, no esta acumulación progresiva. Ustedes usan la palabra progreso para indicar acumulación, ganancia, logro; es la idea fundamental que tienen del progreso. Pero la perfección no se encuentra por medio del progreso; es plenitud de realización. La perfección no se realiza mediante la multiplicación de experiencias, sino que es la realización plena en la experiencia, en la acción misma. El progreso aparte de esta plenitud de realización conduce a la completa superficialidad.

Un sistema así de escape es el que prevalece hoy en el mundo. La teoría de la reencarnación que ustedes sustentan, torna al hombre cada vez más superficial; basándose en ella dice: “Dado que no puedo realizarme hoy, lo haré en el futuro”. Si no pueden realizarse en esta vida, encuentran consuelo en la idea de que siempre hay una próxima vida. De esto surge la indagación en el más allá, y la idea de que el hombre que ha adquirido el súmmum del conocimiento el cual no es sabiduría alcanzará la perfección. Pero la sabiduría no es el resultado de la acumulación, la sabiduría no es posesión; la sabiduría es espontánea, inmediata.

En tanto la mente está escapando de la vacuidad por medio de la ganancia, esa vacuidad aumenta, y ustedes no tienen un solo día, ni un instante en el que puedan decir: “He vivido”. Sus acciones son siempre incompletas en su realización y, por esto, buscan continuar. ¿Qué es lo que ha sucedido a causa de este deseo? Nos hemos vuelto más y más vacuos, más y más superficiales, irreflexivos, carentes de espíritu crítico. Aceptamos al hombre que nos ofrece consuelo, seguridad, y cada uno de nosotros, como individuo, ha hecho de ese hombre su explotador. Nos hemos convertido en sus esclavos, esclavos de su sistema, de sus ideales. En esta actitud de aceptar no hay realización plena, sino postergación. En consecuencia, necesitan la idea de la propia continuidad, la creencia en la reencarnación, y de ello surge la idea de progreso, de acumulación. En nada de lo que hacen hay armonía, significación, porque están pensando constantemente desde el punto de vista de la ganancia. Consideran la perfección como un objetivo, no como la realización misma.

Como he dicho, la perfección radica en la comprensión, en comprender por completo el significado de una experiencia; y esa comprensión es realización plena, la cual es inmortalidad. Por lo tanto, tiene que haber conciencia plena de nuestra acción en el presente. El incremento de la conciencia egocéntrico se origina en la superficialidad de la acción y en la incesante explotación, que empieza con las familias, los maridos, las esposas, los hijos, y se extiende a la sociedad, a los ideales, a la religión, porque todo eso se basa en esta idea de la ganancia. Lo que en realidad persiguen es su propia codicia, aunque puedan ser inconscientes de ello y de la explotación. Quiero dejar en claro que sus religiones, sus creencias, sus tradiciones, su autodisciplina se basan en esta idea de la ganancia. No son sino incitaciones, alicientes para una conducta virtuosa, y de ellas emanan el explotador y el explotado. Si están persiguiendo su codicia, persíganla conscientemente, no hipócritamente. No digan que buscan la verdad, porque la verdad no llega de este modo.

Entonces, esta idea de crecer más y más es, para mí, falsa, porque lo que crece no es eterno. ¿Alguna vez se ha demostrado que cuanto más tienen más comprenden? En teoría podría ser así, pero en la realidad no lo es. Un hombre aumenta sus propiedades y se encierra en ellas; otro aumenta sus conocimientos y éstos lo atan. ¿Cuál es la diferencia? Este proceso de crecimiento acumulativo es superficial, falso desde el comienzo mismo, porque aquello que es capaz de crecer no es eterno. Es una ilusión, una falsedad que no contiene en sí nada que sea verdadero. Pero si persiguen esta idea del crecimiento acumulativo, persíganla con la totalidad de la mente y del corazón. Entonces descubrirán cuán superficial, vana y artificial es esa idea. Y cuando perciban que es falsa, entonces conocerán la verdad. Nada necesita sustituir lo falso. Entonces ustedes ya no buscan la verdad en sustitución de lo falso; porque en la percepción directa lo falso ya no existe. Y en esa comprensión está lo eterno. Entonces hay felicidad, inteligencia creativa. Entonces vivirán naturalmente, completamente, como la flor; y en eso hay inmortalidad.
29 de diciembre de 1933.

Pláticas en Adyar, Madrás, India
Primera plática, 29 de diciembre de 1933
Segunda plática, 30 de diciembre de 1933
Tercera plática, 31 de diciembre de 1933
Cuarta plática, 1º de enero de 1934
Quinta plática, 2 de enero de 1934
Sexta plática, 3 de enero de 1934

J. KRISHNAMURTI
OBRAS COMPLETAS AÑOS 1933-1967
Tomo I (1933-1934)
EL ARTE DE ESCUCHAR
EDITORIAL KIER S.A.
Traducido del inglés por
Armando Clavier






 

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