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lunes, 12 de febrero de 2007

Jiddu Krishnamurti y las Curaciones.

 Año 1973/4.

Yo sabía que Krishnaji tenía un inusitado poder de curación cuando quería usarlo, aunque le desagradaba hablar de eso, y cuando volvimos a casa le pedí si podía ayudarme con mis ojos que estaban terriblemente irritados debido principalmente, pienso yo, por el pesado smog que a menudo cubre a los Ángeles. Inmediatamente accedió a mi petición y me pidió me sentara en una silla dura y él se paró detrás de mí, sus manos colocadas sobre mis ojos por un minuto o así, después las dirigió hacia mi frente y mi cabeza, repitiendo este procedimiento por diez o quince minutos. Después de eso mis ojos se sintieron maravillosamente frescos y claros y yo con una deliciosa sensación de bienestar y paz interior. Krishnaji fue de lo más generoso con este tratamiento de curación por magnetismo cuando estuve en Malibú y me imaginé que mis ojos nunca me volverían a molestar, pero durante su larga estancia fuera del país, el smog, la tensión y presión de la vida de la ciudad, más largas horas escribiendo por la noche, los afectarían de nuevo hasta su regreso.

Hacia el final de 1973 murió mi hermana Flora. Krishnaji la conoció muy bien. Ella era su gran admiradora. Le escribí acerca de ello y rápidamente me contestó y me preguntó sobre mis ojos.

Rishi Valley, 2 de enero de 1974

Señor Sidney Field
1533 North Orange Grove Ave.
HOLLYWOOD CA. 90046
USA

Mí querido Sidney:

Muchas gracias por tu carta de noviembre 6.

Estoy muy triste por tu hermana y debes de haber tenido un tiempo difícil, espero que estés bien y no demasiado agobiado por todas las muertes recientes.

Yo he estado en diferentes partes de la India, Delhi en el norte, Madrás en el Sur, Bangalore también al Sur y después Bombay y desde allí saldré al final del mes para estar unos pocos días en Roma, un par de días más en Brockwood Park, y espero estar en California para el 5 de febrero.

Espero que allí tendremos una oportunidad de vernos.

He estado pensando cómo estarán tus ojos, espero que estés bien y que te cuides.

Con mucho afecto.

J.K.



K R I S H N A M U R T I
El Cantor y la Canción
(Memorias de una amistad)
Sidney Field Povedano
EDITORIAL ORIÓN
MÉXICO
1988

Jiddu Krishnamurti y las Curaciones.

Después del Campamento de Ojai, en mayo de 1932, K hizo una gira por América. No hubo Campamento en Ommen ese año porque su intención era ir a Australia, hasta que descubrió que Jadu, en su ausencia, lo había comprometido a una gira por América. Mientras viajaba entre Búfalo y Cleveland, escribió desde el avión a Lady Emily el 21 de septiembre:

Estoy lleno de algo tremendo. No puedo expresarle en palabras lo que eso es, un gozo desbordante, un vívido silencio, un intenso y lúcido percibir, como una llama viviente. Estas son palabras en un avión pero más allá de las palabras hay algo muy real y profundo... He estado probando curar con mis manos, dos o tres casos, y les he pedido que no dijeran nada acerca de eso que ha resultado bastante bien. Una señora que estaba por volverse ciega quedará, así lo creo, perfectamente.

K siempre ha sido muy reticente con respecto a su poder de curar y nunca lo ha considerado más que como algo secundario con relación a su trabajo principal. No quiere que se le conozca como un sanador, o que la gente se acerque a él sólo para su curación física. En algunos casos ni siquiera conoce los nombres de las personas que declaran haber sido curadas por él. Es diferente con respecto a los poderes de clarividencia que en un tiempo poseyó. Estaba tan disgustado con las revelaciones psíquicas que Arundale y Wedgwood hicieron en 1925, que lejos de usar esos poderes o desarrollarlos determinó de ahí en adelante, relegarlos al trasfondo, si es que era imposible suprimirlos por completo. Su antipatía por la clarividencia es ahora aún más positiva; la considera como una intromisión en lo privado. Cuando las personas vienen a él pidiéndole ayuda, él no quiere saber de ellas más de lo que ellas mismas desean revelarle. Como él dice, mucha gente llega a él usando una máscara; espera que sean ellos quienes se quiten la máscara, pero si no es así, él no intenta mirar tras ella más de lo que intentaría leer sus cartas privadas.


KRISHNAMURTI
Los Años del Despertar
MARY LUTYENS
EDITORIAL ORIÓN
M É X I C 0
1 9 7 9

  

sábado, 27 de enero de 2007

Jiddu Krishnamurti y las Curaciones.

A K le han preguntado frecuentemente acerca de las curas físicas. Es indudable que él posee el poder de curar, pero siempre le ha restado importancia. Respondiendo a una pregunta que le formularan en esta misma reunión ­«¿Cuál es su actitud hacia la cura espiritual?»­ contestó:

Una vez yo tenía un amigo a quien curé. Unos meses después fue a la cárcel por un crimen. ¿Qué preferirían ustedes: un Instructor que pueda mostrarles el modo de mantenerse permanentemente íntegros, o uno que pueda curarles momentáneamente sus heridas?.. Los milagros son un fascinante juego de niños. Los milagros ocurren todos los días. Los médicos están realizando milagros. Muchos amigos míos son curadores espirituales. Pero aunque ello puedan curar el cuerpo, a menos que también puedan integrar la mente y el corazón, la enfermedad volverá. Me interesa curar la mente y el corazón, no el cuerpo. Sostengo que ningún gran Instructor realizaría un milagro, porque ello significaría una traición a la Verdad3.

3 Star Bulletin, junio 1931.


KRISHNAMURTI
Los años de plenitud
MARY LUTYENS
Impreso por Romanyà/Valls
Verdaguer, l. Capellades (Barcelona)



 

viernes, 19 de enero de 2007

Jiddu Krishnamurti y las Curaciones.

Entre 1948 y principios de los años 60, Krishnaji era fácilmente accesible y mucha gente venía a verle. Las relaciones florecían en los paseos, en las entrevistas personales, a través de cartas. Las cartas que siguen(1) las escribió a una joven amiga que llegó a él herida en cuerpo y mente. Escritas entre junio de 1948 y marzo de 1960, revelan una rara compasión y claridad; se despliegan en ella la enseñanza y el poder curativo; desaparecen la separación y la distancia; las palabras fluyen; ni una sola palabra es superflua; la curación y la enseñanza son simultáneas:

Enfréntese a las cosas con facilidad, pero internamente hágalo en un estado de plenitud y alerta. No deje que se escape un instante sin haber estado totalmente atenta a lo que ocurre dentro y alrededor de usted. Esto es lo que implica ser sensible, no a una cosa o dos, sino ser sensible a todo. Ser sensible a la belleza y resistir la fealdad, es engendrar conflicto. ¿Sabe? cuando uno observa percibe que la mente está siempre juzgando esto es bueno y aquello es malo, esto es blanco y eso es negro­ juzgando a la gente, comparando sopesando, calculando. La mente está perpetuamente inquieta. ¿Puede la mente vigilar, observar sin juzgar, sin calcular? Percibir las cosas sin nombrarlas; sólo vea si la mente puede hacerlo.

Juegue con esto. No lo fuerce, deje que la mente se observe a sí misma. Casi todos los que intentan ser sencillos empiezan con lo externo, descartando, renunciando, etcétera; pero en lo interno siguen siendo complejos. Con la sencillez interna, lo exterior se corresponde con lo interno. Ser sencillo internamente es estar libre del apremio por el ‘más’, es no pensar en términos de tiempo, de progreso, de éxito. Ser sencilla implica para la mente librarse de todos los resultados, vaciarse de todo conflicto. Esta es la verdadera sencillez.

¿Puede la mente dejar de batallar entre lo bello y lo feo, dejar de aferrarse a lo uno y desechar lo otro? Este conflicto la vuelve insensible y exclusiva. Cualquier intento por parte de la mente para encontrar una línea indefinida entre lo bello y lo feo, sigue siendo parte de lo uno o de lo otro. El pensamiento no puede, haga lo que haga, librarse de los opuestos; es el pensamiento mismo el que ha creado lo bello y lo feo, lo bueno y lo malo. No puede, por tanto, librarse de sus propias actividades. Todo cuanto puede hacer es quedarse quieto, no optar. La opción es conflicto y la mente se halla de vuelta metida en sus propios enredos. Cuando la mente está quieta, se ha liberado de la dualidad.

Uno se agita, está ansioso, y a veces asustado. Estas cosas ocurren. Son los accidentes de la vida. La vida es hoy un día nublado. El otro día fue claro y soleado, pero ahora llueve, está nublado y hace frío; este cambio es el inevitable proceso del vivir. La ansiedad, el miedo, de pronto se nos vienen encima; hay causas para ello, ocultas o muy evidentes, y con un poco de percepción uno puede encontrar esas causas. Pero lo importante es darse cuenta de estos sucesos o accidentes y no dejarles que echen raíces, permanentes o temporarias. Uno da raíces a estas reacciones cuando la mente compara, justifica, condena o acepta. Usted sabe, uno tiene que estar internamente despierto todo el tiempo, sin ninguna tensión. La tensión surge cuando deseamos un resultado, y lo que surge vuelve a crear una tensión que también debe eliminarse. Permítale a la vida que fluya.

Es fatalmente fácil acostumbrarse a cualquier cosa, a cualquier incomodidad, a cualquier frustración, a cualquier satisfacción continua. Uno puede adaptarse a todas las circunstancias, a la demencia o al ascetismo. A la mente le gusta funcionar en surcos, en hábitos, y a esta actividad la llamamos el vivir. Cuando uno ve todo esto rompe con ello y trata de llevar una vida sin amarras, sin intereses personales. Estos intereses, si uno no está muy alerta, nos introducen de vuelta en un patrón de vida. En todo esto verá usted que la voluntad egocéntrica, la directiva, está funcionando la voluntad de ser, de lograr, de devenir, etcétera­. Esa voluntad es el centro personal de la opción, y en tanto exista esa voluntad, la mente sólo puede funcionar dentro de hábitos, ya sea creados por ella misma o impuestos sobre ella. El verdadero problema es estar libres del ejercicio de la voluntad. Uno puede jugar distintos trucos consigo mismo que está libre de la voluntad, del centro del yo, del escogedor­ pero ello proseguirá bajo un nombre diferente, bajo un pretexto diferente. Cuando uno comprende el verdadero significado del hábito, del acostumbrarse a las cosas, del escoger, del nombrar, del perseguir un interés, etcétera, cuando hay una percepción inteligente de todo esto, entonces ocurre el verdadero milagro, la cesación de la voluntad egocéntrica. Experimente con esto, dése cuenta de esto de instante en instante, sin deseo alguno de llegar a ninguna parte.

El cielo del sur y el cielo del norte son extraordinariamente distintos. Aquí en Londres, para variar, no hay una sola nube en el suave cielo azul, y los altísimos árboles apenas si empiezan a mostrar su verde. La primavera está por comenzar. Aquí es todo sombrío, no se nota alegría en la gente, como ocurre en el sur.

Una mente quieta pero muy alerta, vigilante, es una bendición; es como la tierra, rica y con posibilidades inmensas. Sólo cuando hay una mente así, que no compara, que no condena, sólo entonces es posible que exista esa riqueza que es inmensurable.

No permita que la asfixie el humo de la trivialidad, ni deje que el fuego se apague. Manténgase en movimiento, arrancando, destruyendo, sin echar raíces jamás. No permita que arraigue ningún problema, termine con ellos inmediatamente y despierte cada mañana fresca, joven e inocente...


(1) Nandini Mehta, Bombay. 

Biografía de J. Krishnamurti.
Pupul Jayakar. Editorial Kier.

miércoles, 17 de enero de 2007

Jiddu Krishnamurti y las Curaciones.

Krishnaji, acompañado por Madhavachari, llegó a Delhi a principios de 1958. Habían pasado varios años desde que yo conociera a Krishnamurti el sanador. Le hablé de mi pena, de mi dolor. Su compasión me envolvió enteramente. Hizo que me enfrentara al hecho de que no había existido relación alguna entre mí y el hombre con quien me había casado. Yo no estaba preparada para ver esto. El dolor llegaba en oleadas, me arrastraba, y hacía imposible una visión clara de los hechos. Él colocó las palmas de sus manos rodeando mi rostro como las alas de una golondrina. Hizo que mirara dentro de sus ojos y vi mi dolor reflejarse en ellos. Era el padre, la madre, el amigo y el maestro que proporcionaba a mi espíritu angustiado fortaleza y ternura; pero no permitió que siguiera mirando. Como una columna de fuego, su mirar aniquilaba los recuerdos, la soledad y la falta de atención, que eran las raíces de la pena. Fui puesta frente a frente con la vacuidad del dolor. Se generó una percepción que quemaba las cicatrices de lo que había sido. Él entregaba en abundancia su amor, y éste fluía a través de mí aquietando el corazón. Si a mí me curó internamente, también a mi esposo le entregó su caudal. Físicamente, curando el corazón lesionado; y sanando su mente y su espíritu al hablarle con igual afecto. 

Biografía de J. Krishnamurti.
Pupul Jayakar. Editorial Kier.

Jiddu Krishnamurti y las Curaciones.

En el invierno de 1956, Vimala Thakkar, una joven mujer devota de Vinoba Bhave, acompañó a Shankar Rao y Dada Dharmadhikari para ver a Krishnaji en Varanasi. Nacida en Maharashtra, le apasionaba hablar en público, y era una erudita en sánscrito y en los antiguos textos de la India. Desde su niñez estuvo apegada a una vida religiosa, y tuvo visiones de Krishna y otras experiencias místicas. En busca de un gurú, por algunos años había sido discípula de Tukroji Maharaj, un santo aceptado en Maharashtra, y más tarde lo había abandonado para unirse a Vinoba Bhave, con quien estuvo recorriendo las aldeas de la India. El predicar se volvió natural para ella. Se veía a sí misma como una mujer predestinada; esto le daba enorme energía, elocuencia y un gran empuje.

Krishnaji, percibiendo durante las discusiones la imagen que ella tenía de sí misma, le dijo: “No trate de experimentar la verdad a través de Shankara, Krishna, Gandhi o Krishnamurti”. Ella le hizo preguntas, pero encontró que parecía no haber relación alguna entre los preguntas que le formulaba a Krishnaji y las respuestas de éste. Porque esas respuestas eran un reto para la mente de ella y para sus presunciones.

Vimala Thakkar había estado practicando intensas sadhanas yogas, y sufría de agudos dolores en el oído. El problema auditivo persistía, y sus amigos le habían dicho que eso se debía al despertar del kundalini. Una mañana, cuando ella, Shankar Rao y Dada Darmadhikari estaban discutiendo con Krishnaji cierto aspecto de la enseñanza, Dada mencionó el problema auditivo de Vimala. Le dijo a Krishnaji que eso se relacionaba con las prácticas yogas de ella, pero Krishnaji no estuvo de acuerdo. Le sugirió a Vimala que acudiera a un médico, porque él sentía que no se trataba de una experiencia mística sino de una enfermedad física. Ella quedó angustiada ante estas palabras de Krishnaji, pero más adelante visitó a un cirujano del oído y en 1960 la operaron en Bombay. El dolor desapareció, pero quedó totalmente sorda de un oído.

En diciembre de 1960, volvió a ver a Krishnaji en Varanasi, junto con Shankar Rao y Dada. Durante la conversación se mencionó la sordera, y de pronto Krishnaji exclamó: “Cuando yo era muy joven, mi madre solía decirme que en estas manos tenía el poder de sanar”. Lo dijo tímidamente, como siempre que hablaba de sí mismo.

“¿Quisiera usted que yo viera si puedo ayudarla con su oído?” Vimala fue tomada por sorpresa. Educada en una tradición que le hacía reaccionar fuertemente contra los hacedores de milagros, dijo que no creía en estas cosas, y así pasó el momento. Más tarde Dada la reprendió diciéndole que no debía haber rehusado; Krishnaji no era como el sadhu común que vivía de milagros. Después de mucho discutir, ella volvió a Krishnaji y buscó su ayuda.

Krishnaji tenía cierto sistema para ejecutar un acto de curación. La persona se sentaba en una silla, Krishnaji se paraba detrás y posaba sus manos sobre la cabeza del paciente. Después, con un gesto parecía arrojar fuera lo que había penetrado en sus manos. Solía repetir esto varias veces. Luego colocaba nuevamente las manos por algunos instantes sobre la cabeza del paciente, después de lo cual le pedía a éste que permaneciera quieto por un rato. Más tarde, Krishnaji se lavaba invariablemente las manos. De esta manera y durante unos cuantos días, Krishnaji posó sus manos sobre el oído de Vimala y éste recuperó ligeramente la audición.

Vimala siguió a Krishnaji a Bombay, donde él estaba ofreciendo pláticas. Krishnaji le preguntó acerca del oído. Ella dijo que escuchaba permanentemente el sonido de una flauta en el oído sordo. Él le dijo que ella traducía el sonido según su propia imaginación; le pidió que dejara de hacerlo y que se aplicara compresas de hielo en el oído para curar los ruidos. Más tarde ella siguió a Krishnaji a Londres ­y después a Saanen en Suiza, donde él continuó con su terapia­. Desde Saanen, Vimala escribió jubilosamente a Dada: “Estoy curada y puedo oír claramente”.

En una entrevista en Wimbledon, Vimala interrogó a Krishnaji acerca de sus poderes curativos. Él le dijo. “Me temo que usted no ha comprendido”.

Ella lo siguió a Gstaad, en Suiza. Krishnaji no tenía buen aspecto, parecía estar bajo tensión. Vimala volvió a interrogarlo sobre el poder de curar, ya que sentía que la curación había influido en su mente tanto como en su cuerpo. La sordera se había curado, y la mente también había sido liberada de su cautiverio. Ella sentía que “algo se había desencadenado internamente y no podía detenerse en los límites”. Krishnaji le respondió muy seriamente: “¿Quién le dijo a usted que ambas cosas están relacionadas?” Vimala volvió a hacerle preguntas acerca de la “explosión” que había ocurrido dentro de ella. Pero él no la alentó en su creencia, y se negó a aceptar que el contacto de sus manos hubiera producido profundos cambios psíquicos liberándola de su cautiverio. Ella decidió no asistir nunca más a las pláticas de Krishnaji, pero empezó a hablar de la realidad por su propia cuenta3.

3Lo concerniente a Vimala Thakkar y Krishnaji, me fue relatado por Dada Dharmadhikari, uno de los lideres del movimiento Sarva Seva Sangh, murió en 1986. Vimala Thakkar dejó a Vinobaji y comenzó a disertar acerca de su propia búsqueda y liberación. Cuando está en la India, vive en Mount Abu y Dalhousie. Escribió un libro sobre su encuentro con Krishnaji, bajo el titulo Sobre un Viaje Eterno.

Biografía de J. Krishnamurti.
Pupul Jayakar. Editorial Kier.


 

jueves, 11 de enero de 2007

Jiddu Krishnamurti y la Curaciones.

LA CURACIÓN DE LOS ENFERMOS

K mostraba una cierta reticencia a hablar de su pretendida capacidad para curar las enfermedades físicas. Sin embargo, en ciertas ocasiones mencionó a varias personas que en un momento u otro habían sido curadas por él. Trataba siempre de no decir que había «curado» a alguien, sino que había «ayudado» a alguien.

Son bien conocidos los detalles de cómo K curó a Vimala Thakar de una infección de oído porque aparecen descritos en el libro que esta mujer escribió con el título On an eternal Voyage (1966). Después de la publicación de esta obra, muchos enfermos fueron a ver a K para suplicarle que los ayudara. Quienes más buscaban su ayuda eran las personas que padecían enfermedades crónicas. Los muy enfermos y los moribundos se acercaban a él para que los escuchara y les mostrara su compasión. Es fácil que sintamos pena por las personas enfermas que no ven la hora de encontrar soluciones definitivas para sus problemas físicos, sobre todo en situaciones en las que los tratamientos corrientes no han dado resultados satisfactorios. K parecía incómodo de que tantos pacientes acudieran a él en busca de ayuda para recuperar la salud. Siempre amable, les decía con toda franqueza: «Yo no soy médico. Vayan ustedes a consultar a un experto en medicina». De más está decir que muchos pacientes se sentían decepcionados. En una ocasión, cuando K se negó a tratar a una señora francesa, ella citó rápidamente el caso de Vimala Thakar diciendo que Vimala había recibido un trato preferencial por el mero hecho de ser de origen indio. Acto seguido, regañó a K y lo acusó de «practicar la discriminación racial» por ser él mismo de origen indio. Sorprendido y a la vez divertido por la cólera de aquella mujer, K exclamó: «¡Santo Dios!» No es cierto que K tuviera tendencias racistas. Amaba a todos los seres humanos por igual, hombres, mujeres y niños de todos los países. La clase social, la raza o el color de una persona nunca influyeron en su punto de vista. Debería mencionar también que varias personas de origen europeo fueron curadas por él. Más adelante ofreceré algunos ejemplos. Hubo ocasiones en las que K deseó fervientemente curar a personas que sufrían, pero cuando lo intentó, sus esfuerzos fueron vanos o bien tuvieron un éxito parcial. El motivo de que no lograra curar en el cien por cien de los casos resulta difícil de entender. Otro punto que escapa a la comprensión es por qué a veces rechazaba las peticiones de ayuda de personas que sufrían mucho. ¿Lo hacía por crueldad? No era propio de él mostrarse indiferente al sufrimiento ajeno. Quizás fuera porque opinaba que no había que cortar ciertas enfermedades porque tenían un efecto benéfico que purificaba y regeneraba el organismo entero.

Siempre me llamó la atención el hecho de que K, cuya vida estuvo plagada de dolencias menores y enfermedades graves como el cáncer, no pudiera curarse a sí mismo. ¿Acaso carecía de la capacidad de curar sus propios desórdenes físicos? ¿O sería tal vez que a pesar de estar dotado del poder de curarse no deseaba utilizarlo? Por más especulaciones que se hagan al respecto, difícilmente llegaremos a aclarar este punto.

«Cúrate a ti mismo» es una doctrina compatible con las enseñanzas de K, pero sólo en lo que se refiere a los aspectos psicológicos. Sin embargo, en los casos de enfermedades no psicológicas que producen malestar físico, sería una locura no buscar ayuda médica, sobre todo si existe el modo de encontrar una cura permanente.

«¡Yo no lo hice! ¡No hice nada!», exclamaba K cuando le comentaban que había curado a alguna persona de una grave enfermedad. Es evidente que no quería que se le reconociera mérito alguno por la repentina mejoría del enfermo en cuestión. Mientras que en anteriores ocasiones admitió haber contribuido al proceso de curación, en aquel caso negó haber tenido nada que ver.

En los últimos años de su vida, K sostuvo que él sólo era un instrumento de curación. Tanto su espíritu como su corazón eran tan puros que un poder indescriptible, «la otredad», lo utilizaba para realizar curas milagrosas. Era como si la madre naturaleza canalizara sus cualidades regeneradoras y curativas a través de K, que era uno de sus hijos perfectos. Podría compararse el papel de K en el proceso de curación con el de la máquina de escribir utilizada por una mecanógrafa. La mecanógrafa es incapaz de escribir nada por sí sola. En otras palabras, la máquina de escribir no es más que un mero instrumento o medio en manos de la mecanógrafa.

Las personas receptivas y sensibles a este poder, unos pocos afortunados, lograron echar mano de esta energía oculta que fluía a través de K. Algunas veces, quienes se encontraban físicamente cerca de él se beneficiaban de esa energía misteriosa que se manifestaba en K. Analicemos ahora un buen ejemplo de este tipo de curación. En 1980, un caballero tamil de Jaffna fue a ver a K a Ackland House en Colombo. Se presentó presa de un estado de ansiedad tal que le temblaban los labios. Iba acompañado de su hijo epiléptico de cuatro años. El pequeño padecía también de un defecto que le impedía articular clara¬mente las palabras y tenía un aspecto enfermizo. El hombre me pidió que le concertara una entrevista con K porque quería que su hijo se curara pronto. Actué en su mediación y averigüé si era posible concederle la entrevista. Me dijeron que K no concedía más entrevistas privadas porque estaba muy cansado. Cuando el padre del niño recibió este mensaje, insistió en que no le negasen la oportunidad de ver a K. Con los ojos llenos de lágrimas suplicó: «Déjenos ver a Krishnaji aunque no sea más que cinco minutos». Le denegaron la entrevista por segunda vez. Intenté consolarlo y le sugerí que llevara a su hijo a las conferencias de K. «Vaya usted temprano a la sala y siéntese lo más cerca posible del podio desde el que hablará K». Aceptó la sugerencia. El hombre y su hijo asistieron a todas las charlas y se sentaban en el suelo, justo delante de K. Finalizado el ciclo de conferencias, el hombre volvió a presentarse en Ackland House con una cesta de los mejores mangos de Jaffna. Era un regalo para K. El hombre estaba muy alegre y tranquilo. Me contó que su hijo, que había asistido a las charlas de K pero que no pudo entenderlas porque no sabía inglés, ya no padecía de epilepsia. En cuanto al defecto que le impedía hablar, también había desaparecido.

Desde tiempo inmemorial se cree que la eficacia de la curación depende del toque mágico de las manos del sanador. En el ejemplo que acabamos de referir, K no tocó ni acarició al enfermo. Es más, ni siquiera sabía que estaba participando en una curación. Es preciso reiterar que las pruebas de los actos de curación de K sugieren que la fuente u origen último de sus poderes no estaban en él. K no era más que el medio por el cual una fuerza extraordinaria se transmitía a otros para beneficiarlos. Probablemente escapaba al control consciente de K, en el sentido de que no podía utilizarla a su antojo.

K le restaba importancia a estas curaciones. En una reunión, refirió una experiencia que había tenido de joven. Iba dando un paseo por una ciudad medieval holandesa cuando un leproso, que lo había estado esperando en una estrecha calle, avanzó hacia él y lo tocó. Como resultado del contacto físico, el leproso se curó. Días después, esa persona hizo algo malo (K no especificó qué) por lo que acabó en la cárcel. K nos preguntó entonces: «¿Ayudé de verdad a ese hombre? Cualquiera puede curar el cuerpo, pero sólo uno mismo es capaz de curar el espíritu. El estado del espíritu afecta la salud del cuerpo. Por eso es mucho más importante aclarar los desórdenes interiores y poner en orden el espíritu». K esperaba que cuantos sentían un verdadero interés por sus enseñanzas tuvieran un buen comportamiento. ¿Acaso si aquel hombre se hubiera tomado la molestia de liberar su espíritu de rasgos antisociales no se habría comportado correctamente?

K dio sus conferencias durante veinticinco años en el pintoresco pueblo alpino de Saanen, en Suiza. Allí me encontraba siempre con un caballero europeo bien trajeado, que destacaba entre el público porque llevaba un sombrero de fieltro. Tenía por costumbre sentarse solo en las últimas filas. Casi nunca hablaba con el resto de las personas que asistían a estas conferencias. Confesaba que «no estaba particularmente interesado en escucharlas». Le pregunté entonces lo obvio: «¿Por qué viene entonces?» Me alegra de haber tomado nota de su respuesta:

«Vengo a Saanen para expresar mi gratitud a Krishnamurti por salvarme la vida. Me gusta verlo. Ver a este hombre de aspecto tan digno es como tomar un tónico. En primer lugar, vengo porque hace cuarenta y cinco años tuve tuberculosis. Tenía un pulmón tan dañado que los médicos querían quitármelo. Una tarde fui a ver a Krishnamurti sin pedir cita previa. Quería pedirle consejo sobre si debía operarme o no. Se disponía a salir y me dijo: »Discúlpeme, pero he tenido un día muy ocupado y estoy demasiado cansado para atenderlo. Me voy a dar un paseo. Si lo desea, puede acompañarme». Y fui con él. Anduvimos juntos mucho rato por los campos y él apenas me habló. Cuando nos detuvimos en un lugar despejado, Krishnamurti me dijo: »En cuanto lo vi me di cuenta de su enfermedad. Mi hermano tuvo el mismo problema». Me pidió que no tuviera miedo. Entonces me pasó los dedos por la columna vertebral. Me frotó la espina dorsal con las manos. Sentí una especie de calor que me subió a la cabeza. Era como si me estuviera quemando. Noté una cierta pesadez y estuve a punto de perder el conocimiento. Me sujetó con firmeza y me ayudó a volver a su casa. Semanas más tarde me sentía más fuerte y mi salud había mejorado definitivamente. Me hicieron unos análisis y los médicos dictaminaron que mis pulmones ya no estaban enfermos. No hizo falta operarme».

Conozco personalmente a un escritor que iba a las conferencias de K en Bombay y Madrás. Es alto, delgado y fuerte. Nunca padeció de enfermedades graves. De repente, comenzó a perder peso y a sentirse muy cansado. Fue un gran golpe para él cuando varios médicos le dijeron que le quedaba poco tiempo de vida por un tumor canceroso que le había salido en la boca. Se resignó a la inevitabilidad de su próxima muerte. Hizo testamento a favor de sus hijos. Su siguiente paso importante fue ir a ver a K por última vez. En el curso de su conversación, K le pidió que abriera bien la boca porque quería comprobar por sí mismo si lo que los médicos decían era cierto. Según este caballero, K le miró la boca como lo hacen los dentistas. Le tocó suavemente la garganta y le dijo: «No se preocupe. Se pondrá bien». Una semana más tarde, los médicos se sorprendieron al comprobar que el cáncer había desaparecido por completo. Hace siete años de su curación y me alegra mencionar que hasta ahora el cáncer no ha vuelto a reproducírsele en ninguna parte del cuerpo.

A últimas horas de la tarde, cuando los pájaros se recogen en sus nidos para pasar la noche, a K le encantaba recorrer la playa que rodea la finca de la Sociedad Teosófica de Adyar, en Madrás. Acompañado por el presidente de la sociedad, Radha Burnier y otros amigos, K disfrutaba cruzando el puente que hay sobre el lodoso río Adyar hasta un lugar cercano a la orilla, donde hay un puñado de chozas en las que viven los pescadores y sus familias. Algunas veces, los niños pobres y harapientos de los barrios bajos seguían a K o lo rodeaban llenos de curiosidad. Él no los evitaba como suelen hacer algunos ricos esnobs. En cierta ocasión vi a K dándoles unas cariñosas palmaditas en la cabeza. Era una delicia ver a K andar a paso vivo y balancear los largos brazos en la brisa fresca. De vez en cuando se detenía y miraba alegremente el mar picado y el horizonte lejano. A menudo, los viandantes interrumpían su paseo para hablarle o saludarlo. Tanto los indios como las demás personas venidas de sitios lejanos para escuchar sus conferencias se reunían en esa zona al ponerse el sol. K era el blanco de todas las miradas.

Una tarde agradable, una amiga india y yo estábamos cómodamente sentados en un médano de arena. De más está decir que esperábamos a que K llegase a la playa. Todos consideraban sagrado aquel lugar, porque había sido allí donde el obispo Leadbeater había visto a K de niño y observado que su aura estaba libre de egoísmo. Mi amiga, que está muy interesada en las enseñanzas de K, me comentaba sus problemas personales. Es una persona rica que goza de buena salud a excepción de sus frecuentes migrañas. Cuando le daban los dolores de cabeza se sentía muy mal, tenía náuseas y vómitos. Gastó una fortuna para tratar de curarse. A lo largo de los años probó infinidad de tratamientos pero sus esfuerzos por encontrar una solución fueron vanos. Practicaba los ejercicios de yoga para mejorar la respiración que yo le había enseñado, pero no mejoraba.

Mientras conversábamos, a lo lejos vimos la delgada silueta de K. Caminaba rápidamente en nuestra dirección. Presa de una extraña emoción, mi amiga exclamó: «¡Quiero besarle las manos! ¿Puedo?»

Le contesté: «Eres libre de hacer lo que te plazca».

Echó a correr hacia K y lo aferró de las manos. Luego se las besó. El contacto duró apenas unos segundos.

Después del incidente no volvió a padecer de migrañas.

Una de las principales atracciones de Colombo es el paseo marítimo llamado Galle Face Green, donde a K le gustaba andar tranquilamente por las tardes. En otras épocas había sido un hipódromo y allí se habían realizado reuniones políticas y desfiles militares. Hoy en día lo utilizan las personas que desean relajarse y disfrutar de la fresca brisa del mar. K y yo caminábamos por el paseo una tarde de noviembre de 1980. En la hora que pasamos juntos ocurrieron varios hechos notables.

K saludó el mar borrascoso con una respetuosa inclinación de cabeza. Después hizo cuatro reverencias en dirección al norte, al sur, al este y al oeste. Era como si realizara una ceremonia mística. Imagino que era su manera de maravillarse ante la infinita vastedad del espacio y la belleza de la naturaleza. El cielo multicolor es absolutamente magnífico poco después de la puesta de sol.

En el sendero por el que caminábamos K encontró una piedra bastante grande. Sin duda, habría hecho tropezar y caer a más de un desprevenido. K trató de levantarla pero pesaba demasiado. La apartó con el pie y despejó el sendero. Desconocemos muchas de estas acciones de K destinadas al prójimo porque él rara vez nos las contaba. Dos jóvenes reconocieron a K. Lo saludaron y le dijeron: «Señor, usted no nos conoce. Pero nosotros sabemos mucho sobre usted». K se encogió de hombros y se alejó de ellos. Caí en la cuenta de que una de las desventajas de ser famoso es que la sociedad rara vez respeta el derecho a la intimidad de las personas célebres.

K caminaba a paso vivo y al mismo tiempo miraba el cielo y admiraba el color y la forma de una nube oscura bordeada de tonos plateados cuando una pareja de mediana edad levantó los brazos y lo detuvo. Nos encontramos ante una dama cingalesa alta y fornida, que vestía un sari blanco. La acompañaba su marido, un hombre con gafas. Saludó a K y se disculpó: «Le pido perdón por molestarlo. ¿Me puede hacer un favor?»

K hizo un gesto con la mano para indicarle su renuencia y le dijo: «Estoy dando un paseo».

La mujer intentó convencer a K para que interrumpiera su paseo diciéndole: «Seré breve. Hágame el favor de tocarme esta oreja una sola vez. Es que soy sorda de nacimiento. ¿Puede curarme?»

K se negó a tocarla limitándose a contestar: «Lo siento».

La mujer se echó a llorar. Decepcionado y un poco molesto, su marido criticó a K con tono severo: «Nos han dicho que ha curado a otra gente. ¿Por qué no quiere curar a mi esposa? ¿O es que sólo cura a sus favoritos?»

K adujo que esa tarde no quería que lo molestasen. Me pregunté qué habría querido decir exactamente. Quizás intentaba darnos a entender que, por algún motivo desconocido, esa tarde no deseaba encontrarse con nadie. Sin embargo, si lo que se desea es la paz de la soledad, entonces uno no debe esperar encontrarla en un lugar público al que acuden infinidad de personas.

K quería marcharse pero se lo impedían porque la mujer lo sujetaba firmemente por el brazo y le suplicaba que la ayudase.

K le dijo: «No, lo siento, señora».

Algunas veces resulta difícil comprender por qué K actuaba como lo hacía. Aunque era la personificación del amor, con frecuencia, quienes no lo conocían se formaban la opinión de que era una persona poco compasiva, de carácter brusco.

Como me daba pena la desdicha de aquella mujer, le comenté a K lo que a mi parecer era lo mejor en aquellas circunstancias.

Le dije: «Señor, sólo le pide que le toque la oreja de la que está sorda. Si no lo hace usted, no dejarán que se marche».

K susurró: «Está bien».

K le tocó rápidamente la oreja de la que estaba sorda. Acto seguido, con sus largos dedos ahusados le hizo un masaje con movimientos circulares. Después, volvió a tocarle la oreja enferma. La mujer gorda sonrió satisfecha. Le dio las gracias y le soltó el brazo. K pudo marcharse.

Después de uno de los discursos públicos de K en Colombo, me encontré con esta pareja en la parada de un autobús. Ella me dijo: «Ya no estoy tan sorda como antes. Oigo un poquito. Por favor, dígale a Krishnaji que le estoy muy agradecida».


Susanaga Weeraperuma
KRISHNAMURTI TAL COMO LE CONOCÍ
Traducción de Celia Filipetto
Verdaguer, 1 08786 Capellades (Barcelona)

 

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