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lunes, 12 de febrero de 2007

Jiddu Krishnamurti y su muerte.

LA MUERTE DE KRISHNAMURTI

La salud de K se fue deteriorando visiblemente en los últimos diez años de su vida. Su constitución delicada fue debilitándose cada vez más y las arrugas y canas plateadas aumentaban su aspecto venerable. Daba la impresión de que su estatura disminuía. Perdía peso y con frecuencia parecía piel y huesos. Algunas veces K parecía un yogui devanado que hubiera pasado mucho tiempo sometido a austeridades en las orillas del Ganges. Sus largas manos delgadas se agitaban con frecuencia en rápidos movimientos y las bolsas debajo de los ojos indicaban su cansancio. Después de hablar en público o de dar largos paseos se sentía fatigado. Cada vez necesitaba descansar más. Cuando le preguntaba por su salud, K me contestaba: «Supongo que estoy bien». ¿Pero de veras se encontraba bien?

Era evidente que K ya no soportaba el esfuerzo que suponían sus horarios apretados. Poco después de que cumpliera los ochenta años, escribí a uno de sus médicos y a varios miembros de la Fundación Krishnamurti. Les pedí que tomaran ciertas medidas. ¿No sería más conveniente para la salud de K que lo convencieran de que debía permanecer en un solo lugar, con preferencia en su casa de Ojai, en lugar de someterlo a los largos vuelos intercontinentales para dar sus conferencias? ¿No se podían distribuir en todo el mundo los vídeos de sus discursos de Ojai?

Los destinatarios de mis cartas hicieron caso omiso a mis sugerencias. Tuvieron la desfachatez de decirme que me metiera en mis asuntos. También me hicieron notar que K decidía por sí mismo. Me negué a creer lo que me decían porque K se dejaba influir por los puntos de vista de los miembros de la Fundación en lo relativo a sus programas futuros.

En 1980 K y yo hablamos de su salud. Le comenté que ciertos que cuidaban mucho de sus cuerpos lograban llegar a los ciento veinte años. Le regalé un libro científico sobre la longevidad. K me dijo confiado: «Este cuerpo mío tal vez aguante otros doce años». ¿Entonces por qué exhaló su último suspiro en 1986 en lugar de 1992? Ojalá conociera los verdaderos motivos que precipitaron el desenlace. Probablemente K habría vivido más si hubiese descansado como era debido porque incluso en los últimos años de su vida seguía trabajando mucho.

Durante mi escancia en Bombay en enero de 1986, me enteré de que K se moría de cáncer. Según las noticias provenientes de los Estados Unidos, sus días estaban contados. Saberlo me causó enorme pesar. En realidad, no era una sorpresa; un año y medio antes de su muerte había tenido la premonición de que su vida tocaría pronto a su fin. Además, el señor S. Dikshit, que es un buen estudiante de astrología, había predicho que era improbable que K pasara del mes de febrero de 1986. ¡Qué acercada resultaría su predicción! El señor Dikshit, que había hecho la carea astral de K hacía muchos años, me aconsejó que aceptara con filosofía la inevitabilidad de la muerte. Nada es permanente y hasta el sol se apagará algún día. Por suerte, en mi trabajo de Australia me habían dado un permiso de seis meses con lo que pude asistir a las últimas conferencias de K.

Sheila Ganatra, una amiga de años, quiso regalarme un billete de ida y vuelta a los Estados Unidos. Insistió en que permaneciera al lado de K en la fase terminal de su enfermedad. Aunque su idea me atraía, tuve que rechazar su generosa oferta. Mi intuición me decía que en esas circunstancias K preferiría estar solo. No me equivoqué; varias personas que estaban en Arya Vihar, en Ojai, me informaron que K no dejaba de pedir que ciertos visitantes se marcharan. Al parecer, deseaba que no lo molestaran en su lecho de muerte.

El 31 de enero de 1986, hablé en el Forum de Oradores de Bombay. El tema de mi charla fue «Las enseñanzas de J. Krishnamurti para la explosión y transformación de la humanidad». He aquí unos extractos de ese discurso:

«La tristeza nos embarga en estos instantes en que nuestros pensamientos se centran en la terrible enfermedad de Krishnaji. Krishnaji ha llevado una vida sana y pura. ¿Por qué entonces ha enfermado de cáncer? No es la primera vez en la historia que un santo sufre dolor físico y muere. No olvidemos que otros dos sabios modernos, Sri Ramakrishna Paramahamsa y Rumana Maharshi, también fueron víctimas del cáncer. ¿Por qué la naturaleza es tan injusta que algunos de sus hijos más grandes y nobles tienen que partir de este modo? Es importante que nos formulemos estas preguntas aunque tal vez nunca logremos encontrar la respuesta correcta. Quizás existan ciertos misterios incomprensibles que siempre permanecerán fuera del alcance de nuestro espíritu finito.

»Según una escuela de pensamiento Sri Ramakrishna Paramahamsa y Sri Rumana Maharshi murieron de cáncer porque absorbieron el karma de algunos de sus discípulos. Esta teoría se basa en dos presupuestos cuestionables: primero, que el karma se transfiere de una persona a otra; segundo, que es posible alcanzar la liberación de forma indirecta. En otras palabras, que el hombre se puede salvar a través del sacrificio personal de un salvador. Estas teorías, incluida la creencia cristiana de que Jesús redimió al mundo a través de su crucifixión no son más que ilusiones.

»A Krishnamurti se lo suele describir como un sabio indio. Pues bien, es indio en el sentido de que nació en la India. Hay ciertos aspectos de la cultura india que él ama y admira, en especial, la música clásica y el arte, así como la extraordinaria belleza del sánscrito. ¡Cómo le gusta cantar slokas! Pero en cierto modo cometemos una injusticia al decir que es un sabio indio. Krishnamurti no es un sabio cuya inspiración provenga de la antigua sabiduría de los vedas y los upanishads ni de ninguna otra escritura sagrada. Es preciso comprender que su realización del Absoluto se basa únicamente en la experiencia directa y personal. Como es lógico, se cuestiona la utilidad de los libros sagrados y rechaza toda autoridad espiritual y, en repetidas ocasiones se ha negado a que lo consideren un gurú. Ahora bien, tanto Sri Ramakrishna Paramahamsa como Sri Rumana Maharshi eran muy versados en las escrituras hindúes. Pero Krishnamurti se diferencia de ellos en el sentido de que cuando elucida sus enseñanzas apenas siente la necesidad de citar las escrituras.

»En la galaxia de maestros iluminados, Krishnamurti es, sin duda, un fenómeno. Es preciso explicar su singularidad entre los filósofos religiosos. Mahavira se pasó doce largos años para prepararse y purificarse, se sometió a privaciones y practicó varias sadhanas antes de alcanzar el nirvana o conocimiento absoluto. Si consideramos la vida de Buda, en los seis años que precedieron a la gran metamorfosis del nirvana que llevaron a la disolución del yo y, por tanto, a la extinción de la pena, tuvo que sondear a fondo su espíritu y meditar intensamente. En tiempos recientes, en su búsqueda espiritual, Rumana Maharshi tuvo que pasar un número considerable de años como ermitaño en cuevas y templos. Esa búsqueda espiritual se caracterizó por una concentración total en el Yo que se volvió indiferente a las penurias y dolores físicos. Es realmente notable el hecho de que Krishnamurti nunca tuvo que practicar sadhanas ni someterse a privaciones, ni tuvo que seguir ningún método tradicional para alcanzar la libertad espiritual. Las pruebas disponibles sugieren que la otredad inefable había sostenido a Krishnamurti desde los inicios de su vida. Se desconoce la fecha exacta en la que recibió la bendición de la otredad. Sin embargo, no me cabe la menor duda de que la otredad ya estaba allí, quizás en estado latente, cuando el obispo C.W. Leadbeater, con su notable clarividencia, descubrió que el niño Krishnamurti poseía un aura despojada de egoísmos. Lo extraordinario de Krishnamurti radica precisamente en esa pureza precoz. Al hacerse mayor, esa otredad se desplegó en el sentido de que su existencia se tornó más clara y más conocida. He aquí un ser puro, una persona afortunada que no tuvo que abordar el problema de limpiar su mente de impurezas. Aquellos de nosotros que observamos de cerca a Krishnamurti siempre fuimos conscientes de su absoluta pureza. Un día, por ejemplo, me hablaba del cáncer del odio y de las divisiones de la sociedad que provoca la envidia. De pronto me dijo: “En mi vida nunca he sentido envidia por nadie”. Tampoco albergaba ningún resentimiento contra aquellos a los que no gustaban sus enseñanzas».

El 17 de febrero de 1986 me llegó un telegrama del extranjero en el que se me informaba que K había muerto en Ojai. Fue el día más negro de mi vida. Sentí como si hubiera muerto y desaparecido una parte importante de mí; fue como si de repente me hubieran quitado los cimientos. Una parte irracional de mi espíritu dolorido me seguía diciendo que K seguía vivo en algún reino celestial desconocido. Es tal la tozudez del espíritu que se niega a resignarse al carácter definitivo de la muerte. Sigo llorando la muerte de este devoto amigo. Mi pérdida personal no es nada comparada con los miles de personas de este mundo que lo echarán de menos. Se ha apagado la estrella más brillante del firmamento espiritual y me pregunto si el mundo volverá a tener a alguien como K.

Fue K quien me sugirió que escribiera mis ideas y sentimientos cuando me encontrara en las garras de una crisis emocional. «Ayuda a poner la mente en orden», me aseguró. He aquí algunas de las cosas que escribí el día de su muerte:

Los individuos liberados quizás no consideren que morir es una dura prueba. Tal vez vean la muerte como una liberación esperada de la «última prisión»: el cuerpo.

K no quería que su muerte fuera considerada como un acontecimiento importante. Por eso había pedido que no se hicieran ceremonias fúnebres. Siguiendo sus deseos, sus restos mortales fueron incinerados el mismo día de su muerte.

Fue para mí un privilegio haber estado estrechamente relacionado con K desde mi adolescencia. En nuestros numerosos encuentros a lo largo de treinta años no se cansó nunca de corregirme. Tenía una paciencia infinita. A veces no resultaba fácil estar a su lado porque te llamaba la atención por no permanecer vigilante. Ya no contamos con el estímulo de su presencia. Pero si estamos realmente ateneos a nuestros pensamientos y a nuestros sentimientos, si tomamos verdadera conciencia, esa vigilancia por sí sola será el factor del despertar, la luz, la llama que quemará la escoria del error. Si se consigue esa vigilancia eterna, quizás la muerte de K no resulte tan catastrófica como parece.

La pérdida de nuestro amado Krishnaji ha sido motivo de gran tristeza. Para aquellos de nosotros que lo conocimos bien durante muchos años fue un duro golpe. Su presencia física ya no existe pero su mensaje inmortal será atesorado para siempre.

Cuando K murió algunos lloraron. Nos sentimos tristes porque nos abandonó, ¿pero estaba él triste por abandonarnos? Nosotros le teníamos mucho apego, ¿pero nos tenía él apego? ¿Le tenía apego a su reputación, a sus libros o a las fundaciones, indignas de llevar su nombre? Él no sentía apego por ninguna de estas cosas y, en ese sentido, era un ser único con un espíritu puro y libre de ataduras.

No construyamos organizaciones ni templos en torno a su nombre, porque a lo largo de los años una de las cosas que denunció con mayor vehemencia fueron las religiones organizadas, sobre todo aquellas con intereses económicos. Ahora que el gran sabio nos ha abandonado, ¿qué debemos hacer para mantener viva la llama de su mensaje?

Creo que lo mejor que puede hacer quien esté verdaderamente interesado en lo que dijo K es leer una y otra vez sus muchos libros. Afortunadamente, existen muchos casetes y vídeos de sus charlas y entrevistas que permitirán a las generaciones futuras conocer a K como si siguiera vivo.

En cierta ocasión, K describió el escepticismo como un aceite precioso: quema pero también cura. K quería que nos lo cuestionásemos todo, incluso nuestras propias afirmaciones. Si lo cuestionamos todo y destruimos las barreras psicológicas, entonces tal vez se produzca el milagro de la transformación.


Susanaga Weeraperuma
KRISHNAMURTI TAL COMO LE CONOCÍ
Traducción de Celia Filipetto
Verdaguer, 1 08786 Capellades (Barcelona)

 

domingo, 11 de febrero de 2007

Jiddu Krishnamurti y su muerte.

 «Ese inmenso vacío»

En el vuelo de 24 horas a Los Ángeles, con cortas paradas en Singapur (donde cambiaron de avión) y en Tokio, K se sintió muy enfermo con agudos dolores de estómago. Mary Zimbalist lo recibió en el aeropuerto y, apenas estuvieron solos, mientras se alejaban en el automóvil (dejando a los otros para que trajeran el equipaje), K le dijo que los siguientes dos o tres días ella no debía dejarlo solo o él podría «escabullirse». Le dijo: «Aquello no quiere residir en un cuerpo enfermo, un cuerpo que no podría funcionar». Esa noche tuvo una temperatura de 38,5º C . (1)

(1) El último volumen de mi biografía de K La Puerta Abierta, ofrece un relato detallado de su última enfermedad y de su muerte, relato tomado de tres fuentes independientes: las anotaciones de Mary Zimbalist en su diario, el informe médico diario del Dr. Parchure y los recuerdos de Scott Forbes escritos después de la muerte de K El Dr. Deutsch confirmó posteriormente que los relatos eran exactos. Las mismas fuentes han sido utilizadas en este libro en forma más abreviada.

El 13 de enero, K tuvo una consulta con el Dr. Deutsch en Santa Paula y, como resultado de los detallados exámenes clínicos que se le hicieron en el Hospital de la Comunidad de Santa Paula, el médico dispuso que el día 20 se le efectuara una ecografía del hígado, vesícula y páncreas en el Hospital de Ojai. La ecografía mostró «un bulto en el hígado», de modo que se ordenó un examen CAT para el día 22. Pero a la 1 de la mañana del 22, K se despertó con mi dolor muy fuerte de estómago que no podía ser mitigado. Cuando el Dr. Deutsch llamó por teléfono, dijo que no estaba en condiciones de abordar el caso fuera del hospital. K accedió, después de pensarlo cuidadosamente, a que lo trasladaran, y ese mismo día fue admitido en una sala privada de la unidad de cuidados intensivos del Hospital de Santa Paula. Las radiografías revelaron una obstrucción en el intestino, y se le pasó un tubo por la nariz para bombear hacia afuera el fluido. Cuando se vio que estaba seriamente desnutrido, comenzaron a administrarle una hiperalimentación por vía endovenosa. Su peso había caído a poco más de 42 kilos. Después de que le hubieron hecho todas estas cosas desagradables, K dijo a Scott: «Tengo que aceptarlo. ¡He aceptado tanto!». (Cuando leí estas palabras después de su muerte, pensé enseguida en lo que Mrs. Kirby había escrito acerca de K en el campamento de Ommen de 1926: «¡Qué vida, pobre Krishnaji! No hay duda de que él es el Sacrificio»). Sin embargo, lo que aceptó con gratitud fueron las inyecciones de morfina que le dieron cuando todos los otros calmantes habían dejado de actuar. Puesto que nunca había tomado ninguna clase de calmantes durante toda la agonía del «proceso», K debe haber reconocido que este dolor de la enfermedad no era espiritualmente necesario; en realidad, habría de decir que «lo otro» no podía «pasar» cuando el dolor estaba ahí.

K permaneció en el hospital por ocho noches durante las cuales Mary, el Dr. Parchure y Scott se turnaban para dormir en el sillón reclinaba dentro de su cuarto, mientras Erna y Theodor Lilliefelt pasaron los días allí. El 23 fue un día crítico porque hubo peligro de que cayera en coma por una hepatitis. El Dr. Parchure le dijo que probablemente tenía cáncer, para lo cual no había ningún tratamiento. Esto trastornó a Mary y a Scott, que lo consideraron prematuro, hasta que el Dr. Parchure les explicó que hacía mucho tiempo había prometido a K que, si alguna vez advertía en él algún peligro de muerte, se lo diría inmediatamente: que ahora, ante el riesgo de un coma, había sentido que era justo cumplir con su promesa. Cuando después Scott y Mary entraron al cuarto de K, él les dijo: «Parece que voy a morir», como si no lo hubiera esperado tan pronto, pero aceptando el hecho como tantas otras cosas. Más tarde dijo: «Me pregunto por qué ‘lo otro’ no libera el cuerpo». También le dijo a Mary, refiriéndose a la muerte: «Estoy esperándola. Es de lo más curioso. ‘Lo otro’ y la muerte sostienen una lucha». Después de que se le diagnosticó definitivamente el cáncer, le dijo a Mary con extrañeza: «¿Qué he hecho mal?», como si de algún modo hubiera fallado en cuidar el cuerpo que había sido confiado a su cargo por «lo otro». Pidió a Mary y a Scott que permanecieran con él hasta el final, porque quería que cuidaran «el cuerpo» tal como él mismo lo había cuidado. Hizo este pedido sin la más leve traza de sentimentalismo o autocompasión.

El día 24, la obstrucción intestinal comenzó a disiparse y retrocedieron los signos de ictericia. El cirujano cambió la conexión intravenosa, pasándola de una vena en la mano a un tubo más grande insertado bajo la clavícula, de modo que pudiera pasar más fluido, esto liberó ambas manos, lo cual fue un alivio, y cuando al día siguiente le sacaron el tubo de la nariz «se sintió como un hombre nuevo». También aceptó una transfusión de sangre que se le hizo para darle fuerzas. El 27 se le realizó un examen CAT en un gran camión que recorría los hospitales locales. Característico en él, se mostró intensamente interesado en el mecanismo de los procedimientos: cómo izaban la camilla para introducirla en el camión, etc. El examen confirmó que había un bulto en el hígado con calcificación del páncreas, sugiriendo que este último era la fuente primaria de la malignidad. Cuando el Dr. Deutsch le dijo esto, K pidió que se le permitiera volver a la Cabaña de los Pinos: no quería morir en el hospital.

Mientras aún estaba en el hospital, pidió a Scott que registrara en un grabador lo que quería que se hiciera con sus cenizas. Tenían que ser divididas en tres partes y llevadas a Ojai, Brockwood y la India. No quería ningún tipo de ceremonias ni «todo ese desatino», y el suelo donde se enterraran sus cenizas «no debería convertirse en un lugar santo donde la gente viniera para adorarlas y toda esa corrupción». (En la India, sus cenizas fueron esparcidas en el Ganges). Sin embargo, por pura curiosidad quiso que el Pandit Jagannath Upadhyaya le explicara cuál era en la India la manera tradicional de tratar el cuerpo muerto de un hombre «santo», por lo que se envió una carta solicitando esta información.

En la mañana del día 30, libre ya del dolor y habiendo recuperado gracias a la super-alimentación increíblemente seis kilos de peso, K volvió a la Cabaña de los Pinos. Habían colocado en su habitación una cama de hospital en lugar de su propia cama, la cual fue trasladada a un cuarto de vestir, y se contrató un servicio de enfermeras para las veinticuatro horas. Tan regocijado estaba de haber vuelto, que le pidió a Mary que pusiera un disco de Pavarotti con canciones napolitanas y quiso comer un sándwich de tomate y un poco de helado. Un solo bocado del sándwich le hizo vomitar (fue su último alimento por boca); el dolor volvió a la noche y hubo que darle morfina nuevamente.

Tan pronto K supo que iba a morir y mientras todavía se encontraba en el hospital, pidió que enviaran desde la India a cuatro personas: Radhika Herzberger, el Dr. Krishna (el nuevo Rector en Rajghat), Mahesh Saxena (a quien K había designado en Madrás como nuevo Secretario de la Indian Foundation) y R. Upasani (Director del Colegio Agrícola de Rajghat)(1) . Los cuatro eran miembros de la generación más joven, de los que K esperaba que llevaran adelante su labor en la India, y aún tenía cosas que quería decirles. Sin embargo, otras personas fueron a Ojai, no invitadas por él, cuando supieron que se estaba muriendo: Pupul Jayakar y su sobrino Asit Chandmal, en cuyo apartamento K se había alojado con frecuencia cuando estaba en Bombay, Mary Cadogan, Secretaria de la English Foundation y el Síndico del Brockwood Educational Trust (Trust Educacional de Brockwood), Dorothy Simmons, Jane Hammond, síndico de Inglaterra, mujer que había trabajado muchos años para K y, finalmente, mi marido y yo. Parecía imposible impedir esto y, aunque K nos recibió con beneplácito, es indudable que no nos necesitaba y que maestras vibraciones probablemente le hicieron más mal que bien, también debimos ser una carga para la amable gente de Ojai que tuvo que alimentarnos y, en general, cuidar de nosotros.

(1) Upasani no vino porque no pudo conseguir a tiempo un pasaporte.

Los de la India y los de Inglaterra arribaron el 31 de enero. Durante la semana en que mi marido y yo estuvimos ahí, K experimentó una remisión de su enfermedad y no pudimos evitar la esperanza de que hubiera ocurrido un milagro y fuera a recobrarse. Le dijo al Dr. Deutsch que el dolor, la ictericia, la morfina y las otras drogas no habían dejado ningún efecto en su cerebro. También estaba teniendo «meditaciones maravillosas» por las noches, lo que demostraba que «lo otro» seguía estando con él. El Dr. Parchure confirmó todo esto en su informe. Durante ese período, K sostuvo en su dormitorio dos reuniones que fueron grabadas por Scott Forbes. A la primera el 4 de febrero, asistimos sólo aquellos que teníamos algo que ver con la preparación y publicación de sus libros (Radhika y el Dr. Krishna acababan de convertirse en miembros del recientemente formado Comité Internacional de Publicaciones). K expresó de manera inequívocamente clara sus deseos con respecto a las publicaciones: quería que las de sus pláticas y escritos continuaran siendo publicadas en Inglaterra, mientras que la India debía concentrarse en traducir sus obras a los dialectos locales. Hacia el fin de la reunión dijo que los de la Fundación india sentían que ellos lo comprendían mejor que otros porque él había nacido en un cuerpo indio. «Vea, Dr. Krishna, yo no soy indio», dijo K. «Ni nosotros somos indios», interrumpió Radhika, «en ese sentido creo que yo tampoco soy india.» «Ni yo soy inglesa», intercaló Mary Cadogan .(2)

(2) De una grabación (AB).

Esa tarde K se sintió lo bastante bien como para salir. Fue conducido hacia abajo por los escalones de la galería en una silla de ruedas y, puesto que era un día hermoso, pidió que lo dejaran solo bajo el pimentero, que había crecido y ahora era enorme, desde allí tenía una perspectiva del valle hasta los cerros. Sin embargo, Scott se quedó a cierta distancia detrás de la silla por temor de que K pudiera inclinarse y caer hacia atrás, ya que se había ubicado sobre el asiento con las piernas cruzadas. K permaneció ahí perfectamente quieto por algún tiempo, antes de pedir que lo condujeran de vuelta a la Cabaña en su silla de ruedas. Fue la última vez que salió.

Al día siguiente, cuando el Dr. Deutsch vino a verle, K le preguntó si podría viajar nuevamente y ofrecer pláticas. «No como antes», contestó el médico, aunque podría escribir, dictar o sostener discusiones privadas. El médico ya se había hecho amigo de K y lo visitaba casi todos los días.

En la mañana del día 5, K llamó a otra reunión y le pidió a Scott que la grabara. En esta ocasión estuvimos presentes catorce de nosotros. K comenzó explicándonos que el médico le había dicho que no habría más pláticas ni viajes. En ese momento no tenía ningún dolor, dijo, y su cerebro estaba «muy, muy claro». Podría seguir en esta condición durante meses. «Mientras este cuerpo esté vivo», prosiguió diciendo, «sigo siendo el instructor. K está aquí como está sobre el estrado... Todavía soy la cabeza de todo ello. Quiero dejar esto muy, muy en claro. En tanto el cuerpo esté vivo, K está ahí. Lo sé porque tengo sueños maravillosos todo el tiempo... no sueños... lo que sea que ocurra». Quería que le informaran en detalle, dijo, qué estaba sucediendo en la India y en Brockwood. «No me digan que todo está muy bien».

Después rogó, lo más cortésmente posible, que todos los visitantes se fueran. Cuando muriera, no quería que la gente viniera «a saludar el cuerpo». Después le pidió a Scott que no se cambiaran las palabras que estaban siendo grabadas. Hizo que Scott, que se encontraba junto a la cama sosteniendo el micrófono, se volviera hacia nosotros y dijera: «juro que nada será alterado en ninguna de las cintas. Nada lo ha sido y nada lo será».

Nos sacudió bastante oírle decir a K: «Sigo siendo el instructor. K está aquí como está sobre el estrado». ¿Acaso alguien podría haber dudado de ello? Aunque en esta reunión su resistencia se había quebrado de cuando en cuando por pura debilidad física, K era arrolladoramente él mismo. Ninguno podrá decir jamás, con verdad, que él no estuvo «totalmente ahí» durante este período de remisión.

Acatando los deseos de K, mi marido y yo partirnos al día siguiente. Una vez que me despedí de él, sin creer realmente que nunca más volvería a verle, K envió a Mary afuera, muy característico en él, a fin de que viera qué clase de coche habíamos ordenado para que nos llevara al aeropuerto, se sintió satisfecho cuando supo que se trataba de un buen automóvil. Los demás visitantes partieron poco después. Asit Chandmal también se fue pero habría de regresar y permanecer hasta la muerte de K.

Lo que K esperaba con interés eran las visitas del Dr. Deutsch, aunque le preocupaba la cantidad de tiempo que les quitaba a los otros pacientes. El médico aceptó, como amigo y no como médico, el hermoso reloj Pathek Philippe que K le obsequió. (El Dr. Deutsch jamás mandó una cuenta por el tratamiento de K durante su enfermedad final). Al enterarse de que K era aficionado a Clint Eastwood como él, le trajo algunas películas de Eastwood que había pasado a video, y también transparencias del Valle de Yosemite, sabiendo lo mucho que a K le gustaban los árboles y las montañas.

En la mañana del día 7, Mary Zimbalist preguntó a K si se sentía como para contestar una pregunta que Mary Cadogan había formulado por escrito para él. K pidió a Mary que se la leyera. Era ésta: «Cuando Krishnaji muere, ¿qué es lo que realmente ocurre con ese extraordinario foco de comprensión y energía que es K?» La respuesta inmediata de K, que Mary garabateó en el papel, fue: «Se ha ido. Si alguien penetra plenamente en las enseñanzas, tal vez pueda alcanzar eso, pero no puede tratar de alcanzarlo». Luego, al cabo de un momento agregó: «¡Si sólo supieran todos ustedes lo que se han perdido... ese inmenso vacío».

Es probable que la pregunta de Mary Cadogan aún estuviera en la mente de K cuando, a media mañana, envió por Scott y le pidió que registrara en el grabador algo que quería decir. «Su voz era débil», anotó Mary, «pero habló con intenso énfasis». Había pausas entre casi todas sus palabras, como si le costara un esfuerzo emitirlas:

Les estuve diciendo esta mañana... por setenta años esa super energía... no... esa inmensa energía, esa inmensa inteligencia, ha estado usando este cuerpo. No creo que la gente se de cuenta de la tremenda energía e inteligencia que pasaron por este cuerpo... hay un motor de doce cilindros. Y por setenta años... fue un tiempo considerablemente largo... Y ahora el cuerpo ya no puede soportar más. Nadie, a menos que el cuerpo haya sido preparado muy cuidadosamente, protegido, etcétera... nadie puede comprender lo que pasó por este cuerpo. Nadie. Que nadie lo pretenda. Nadie. Repito esto: Nadie entre nosotros o el público, sabe lo que ocurrió. Sé que no lo saben. Y ahora, después de setenta años, eso ha llegado a su fin. No es que esa inteligencia y, energía... En cierto modo está aquí, todos los días, especialmente por la noche. Y después de setenta años, el cuerpo no puede aguantar más. No puede. Los hindúes tienen un montón de condenadas supersticiones acerca de esto... que uno lo dispone y el cuerpo prosigue... y toda esa clase de tonterías. Ustedes no encontrarán otro cuerpo como éste... o esa suprema inteligencia operando en un cuerpo... no lo encontrarán por muchos cientos de años. No verán eso otra vez. Cuando él se va, ello se va. Ninguna conciencia queda detrás de esa conciencia, de ese estado. Todos ellos pretenderán o tratarán de imaginar que pueden entrar en contacto con eso. Tal vez lo hagan en cierto modo si viven las enseñanzas. Pero nadie lo ha hecho. Nadie. Y eso es todo .(1)

(1) De una grabación (AB). (Trascripción fidedigna).

Cuando Scott le pidió que clarificara algo de lo que había dicho, por temor de que ello fuera mal entendido, K «se enfadó mucho» con él y dijo: «Usted no tiene derecho a interferir con esto». Al decirle a Scott que no interfiriera, parece evidente que K quería que esta declaración fuera conocida por todos los que se interesaran en ella.

A K le quedaban sólo nueve días más de vida. Él quería morir y preguntó qué ocurriría si te quitaran el tubo de alimentación. Se le dijo que el cuerpo podría deshidratarse rápidamente. Él sabía que tenía el derecho legal de pedir que le quitaran la sonda de alimentación, pero no quiso cansar posibles dificultades a Mary o al médico; además, «el cuerpo» estaba todavía a su cargo; por lo tanto, continuo cuidándolo hasta el final: limpiando sus dientes, como siempre lo había hecho, tres o cuatro veces por día, incluso el paladar y la lengua, haciendo sus ejercicios cotidianos Bates para la vista, colocando en su ojo izquierdo las gotas contra el glaucoma. Citando el Dr. Deutsch le dijo que el soplar dentro de un guante quirúrgico anidaría a limpiar el líquido que se había acumulado en la base del pulmón como resultado de su permanencia en cama, él inflaba el guante cada hora hasta que no tuvo más fuerzas para soplar.

Todas las tardes, a sugerencia del Dr. Deutsch, llevaban ahora a K en su silla de ruedas a la gran sala de estar, donde se sentaba contemplando las llamas de una estufa de leños. La primera vez que entró ahí pidió que le dejaran solo pero permitió que Scott permanecerá a sus espaldas por si se deslizaba cayendo hacia atrás. Más tarde, Scott escribió: «El hizo algo en la sala. Uno podía verle haciéndolo, y la sala no fue la misma después. El tenía todo el poder y la magnificencia que siempre había tenido. Aunque estaba sentado en su andador de ruedas, completamente cubierto por las mantas, alimentado por vía endovenosa desde estas botellas, era no obstante inmenso y majestuoso y llenaba absolutamente el lugar y hacía que todo vibrara». Cuando, después de una media hora, quiso regresar a la cama, asombró a todos caminando de vuelta a su habitación sin ninguna ayuda.

El día 10, llegó la respuesta del Pandit Jagannath Upadhyaya a la pregunta de K acerca del tratamiento dado al cuerpo de un hombre religioso después de la muerte. Al saberlo, K dijo que no quería nada de eso. No quería que nadie viera su cuerpo después de la muerte y debía haber la menor cantidad posible de personas en su cremación.

Cuando estuvo demasiado débil para subir a la silla de ruedas, lo llevaban al sofá de la sala de estar en una hamaca hecha con las ropas de cama. El día 14 volvió el dolor y le dieron morfina nuevamente. Durante los diez minutos que ésta tardó en actuar, le dijo a Mary: «Demasiado bueno para ser cierto... dolor, creía que te había perdido». Mary está completamente segura de que lo que quiso decir con esto fue: «Creía que había perdido el sufrimiento pero era demasiado bueno para ser cierto». Al día siguiente, empezó hablándole a Scott sobre el estado del mundo y preguntó: «¿Piensa que el Dr. Deutsch sabe todo acerca de esto? ¿Piensa que él lo ve? Tengo que hablar con él acerca de ello». Es lo que hizo cuando el médico vino esa tarde. Scott registró lo siguiente:

Lo que Krishnaji dijo al Dr. Deutsch en esa ocasión, fue una extraordinaria síntesis de diez o quince minutos que abarcó mucho de lo que él dice acerca de la naturaleza del mundo. Fue elocuente, concisa y completa, y yo estaba ahí asombrado e impresionado, escuchando a los pies de la cama, mientras que el Dr. Deutsch se encontraba sentado junto a él al costado de la misma. La única cosa que recuerdo bien de las que Krishnaji le dijo al Dr. Deutsch, es: «No tengo miedo de morir porque he vivido con la muerte toda mi vida. Jamás he guardado ninguna clase de recuerdos». Más tarde, el doctor diría: «Siento que soy el último discípulo de Krishnaji». Fue algo realmente bello. También fue extraordinariamente conmovedor que Krishnaji, tan débil y tan cerca de la muerte como estaba, hubiera podido convocar la fuerza necesaria para hacer la síntesis que hizo, y es también una indicación del afecto que sentía por el Dr. Deutsch.

K murió mientras dormía, justo después de la medianoche del 17 de febrero. El fin llega en las palabras de Mary:

Parchure, Scott y yo nos encontrábamos ahí como de costumbre y como de costumbre K pensaba en el bienestar de los otros. Me urgió: «Vaya a acostarse, buenas noches, vaya a la cama, vaya a dormir». Dije que lo haría, pero que quería estar por allí cerca. Se durmió, y cuando me moví para sentarme a su izquierda y tomarle la mano, eso no lo inquietó. Levantaron la parte superior de la cama para que de esta manera estuviera más cómodo, y sus ojos se hallaban entreabiertos. Estábamos sentados junto a él, Scott a su derecha y yo a su izquierda; el Dr. Parchure iba y venía vigilando silenciosamente; el enfermero, Patrick Linville, permanecía en la habitación contigua. Lentamente, el sueño de Krishnaji se profundizó hasta entrar en un coma, su respiración se hizo más lenta. El Dr. Deutsch llegó silencioso y repentinamente alrededor de las once. En algún momento de la noche, el desesperado anhelo que una tenía de que él mejorara tuvo que cambiarse por un deseo de que al fin quedara libre de su sufrimiento. El Dr. Deutsch, Scott y yo estábamos allí cuando el corazón de Krishnaji cesó de latir diez minutos después de la medianoche.

De acuerdo con sus deseos, sólo unas pocas personas le vieron después de su muerte y únicamente un puñado de amigos estuvo presente en su cremación, que tuvo lugar en Ventura a las ocho de esa misma mañana.


Vida y Muerte de KRISHNAMURTI.
MARY LUTYENS.
Traducido del inglés por
ARMANDO CLAVIER.
Editorial KIER, S.A.
Santa Fe 1260 (1059) Buenos Aires

lunes, 22 de enero de 2007

Jiddu Krishnamurti y su muerte.

EPÍLOGO

“¿Pero cómo os enterraremos?”
“Del modo que gustéis”, dijo Sócrates,
“eso si podéis agarrarme y no me deslizo
entre vuestros dedos”.

-PHAEDO, Los Últimos Días de Sócrates.


La historia de Krishnamurti ha terminado. El 17 de febrero de 1.986, diez minutos después de la medianoche, hora del Pacífico, murió en la Cabaña de los Pinos, Ojai, donde había estado mortalmente enfermo con cáncer de páncreas. Murió en la habitación que da frente al pimentero, bajo el cual, hace sesenta y cuatro años, experimentó inmensas transformaciones de conciencia.

Fue cremado en Ventura, California. Sus cenizas se dividieron en tres partes: para Ojai, la India e Inglaterra. En la India fueron depositadas en el río Ganges: en el medio de la corriente en Rajghat, Varanasi; en Gangotri, el origen del río en lo profundo de los Himalayas; y en la playa de Adyar en Madrás, donde fueron colocadas en un estrecho catamarán sobre las turbulentas olas para que se sumergieran en el océano.

Antes de morir, Krishnamurti había dicho que el cuerpo después de la muerte, no tenía importancia. Como un leño, debía ser consumido por el fuego. “Soy un hombre sencillo”, dijo, y como el de un hombre sencillo tenía que ser su último viaje. No debía haber rituales después de su muerte, ni plegarias, ni agitación, ni grandes procesiones ceremoniales. Ningún tipo de monumento debía erigirse sobre sus cenizas. Bajo ninguna circunstancia debía divinizarse al instructor. El instructor carecía de importancia; sólo la enseñanza era importante. Era la enseñanza la que debía ser protegida de toda distorsión y corrupción. “No hay lugar en la enseñanza para la jerarquía ni para la autoridad; no hay sucesor ni representante que haya de continuar con estas enseñanzas en nombre mío, ni ahora ni en momento alguno del futuro”. Sin embargo, instruyó a sus colaboradores más cercanos para que las Fundaciones que llevaban su nombre tanto en la India como en los Estados Unidos e Inglaterra, continuaran, lo mismo que las escuelas fundadas bajo su guía.

Sus cenizas se trajeron por avión a Delhi. Las recibí a los pies del avión y de allí regresé en automóvil directamente a mi casa. Apenas crucé la puerta, cayó un repentino y fuerte aguacero con granizo. Continuó por unos cuantos minutos, hasta que la urna fue depositada bajo una higuera de Bengala en el jardín. Entonces, tan repentinamente como había comenzado, la lluvia cesó.

Fue en Rougemont, Suiza, en julio de 1.985, que aparecieron dentro de Krishnaji las primeras insinuaciones de la muerte que se aproximaba. Yo me había encontrado con él a fines de septiembre en Brockwood Park. Me estaba aguardando en la pequeña cocina del ala occidental de la casa vieja. Dijo que tenía algo muy serio que comunicarme: “Desde Suiza, sé cuándo voy a morir. Conozco el día y el lugar, pero no lo revelaré a nadie”. Y agregó: “La manifestación ha comenzado a debilitarse”.

“Quedé aturdida y permanecí en silencio.

El 25 de octubre llegó a Nueva Delhi, donde habría de descansar por unos días antes de partir para Varanasi. El 29 de octubre se entrevistó con R. Venkataraman, vicepresidente de la India y amigo íntimo, y con Rajiv Gandhi; lo hizo primero durante el almuerzo en la casa del vicepresidente y después en la cena que tuvo lugar en mi casa. Esta era la primera vez que Krishnaji se encontraba con Rajiv desde la muerte de Indira Gandhi acaecida el año anterior, y el encuentro fue muy emocionante.

Desde Delhi Krishnaji viajó a Varanasi, donde se había organizado un campamento al que asistieron trescientas personas. Los monzones habían sido abundantes y se observaban signos de una nueva vida que brotaba en árboles y arbustos; plantas de mostaza de brillantes colores verdes y amarillos, comenzaban a aparecer en las márgenes del río. El festival de Diwali se celebró mientras Krishnaji estuvo residiendo aquí; miles de lámparas de aceite se encendieron en la casa donde él se hospedaba, y el río se veía brillante con las lámparas de aceite que flotaban titilando bajo la brisa nocturna. (Diwali, el festival de las luces, se celebra en la noche más Oscura del mes, cuatro meses después de que los monzones han terminado y la tierra despierta a una nueva vida. El festival anuncia la siembra, y es una celebración para invocar a Laksmi, la diosa de la prosperidad. Aun el más pobre de los aldeanos enciende una lámpara de aceite hecha de barro, a fin de que la diosa no pase por su casa sin entrar en ella).

Krishnaji habló a la gente reunida, sostuvo discusiones con los pandits de Varanasi y con eruditos en la tradición budista, y consideró el futuro de Rajghat con los miembros de la Fundación. El profesor Krishna, que enseñaba física en la Universidad Hindú de Benarés y a quien Krishnaji había conocido varios años atrás, accedió a abandonar su empleo y hacerse cargo como Rector del Centro Educacional de Rajghat. Dos peregrinos, R. Upasani y Mahesh Saxena, acompañaban a Krishnaji cuando éste paseaba por los alrededores, mirando y sonriendo a otros peregrinos y a los labriegos, escuchando el pulso de este antiguo país.

Upasani había vivido por tres décadas en Rajghat cuidando la tierra; su solicitud e interés lo acercaron a Krishnaji y a Mahesh Saxena, el recién llegado, ex jefe de policía en Delhi. Vulnerable y apasionado, Saxena renunció a su trabajo en la policía y se convirtió en un buscador de la verdad. Vivió por algunos años en los Himalayas, y luego se echó a andar hasta que llegó a Rajghat. Su presencia e intensidad lo llevaron hasta la proximidad de Krishnamurti, y pronto él también habría de incorporarse a la Fundación hasta ser su secretario.

Desde Rajghat, Krishnaji viajó al Valle de Rishi, donde mantuvo discusiones con estudiantes y educadores. Las lluvias habían sido copiosas, el suelo árido revivía, los campos recuperaban su verdor, y un gran número de jóvenes árboles plantados por los niños cubrían las laderas rocosas.

Los paseos de Krishnaji se estaban haciendo más cortos, y perdía peso en un grado alarmante. Yendo a su habitación un día, Radhika oyó que Krishnaji charlaba con una abubilla: “Tú y tus hijos son ciertamente bienvenidos aquí. Pero puedo asegurarte que no te gustará. En pocos días yo me habré marchado, clausurarán la habitación, cerrarán las ventanas y no podrás salir”. Cuando Radhika entró, vio al pájaro en el paisaje enmarcado por la ventana; estaba posado en la rama de un árbol escuchando a Krishnaji, quien permanecía acostado en la cama hablando con tonos mesurados. Krishnaji explicó que al pájaro le gustaba el tono de su voz, y que había estado allí por algún tiempo oyéndole hablar. Muy a menudo, cuando pequeños grupos de nosotros nos sentábamos con K sobre la alfombra de su habitación, el pájaro solía abalanzarse contra la ventana, picoteando el vidrio y haciendo por lo general un gran alboroto. Krishnaji decía entonces: “Aquí llega mi amigo”.

Acortó su estada en el Valle de Rishi y vino a Vasanta Vihar, Madrás, donde ofreció tres pláticas públicas. También aquí las lluvias le habían precedido. El jardín estaba exuberante, y pesados brotes amarillos habían aparecido sobre la ‘tabubea argentina’, floreciendo fuera de estación. Krishnaji tenía mucha fiebre, pero rechazó cualquier intervención médica y prosiguió con sus pláticas. Asistieron a las mismas grandes multitudes, porque ya era evidente que Krishnamurti estaba enfermo y que ésta podía ser su última visita. Habló de la muerte y la creación, y de aquello que se encuentra más allá del principio y del final. La inmensa energía que acostumbraba inundar el cuerpo y la que solía reverberar en la atmósfera, estaban ahora en un nivel más bajo de intensidad; el frágil cuerpo, aunque radiante y erguido, temblaba como incapaz de contener el poder y el empuje de la energía que se derramaba a través de él. Después de la plática, Krishnamurti pidió a su auditorio que permaneciera en silencio y meditara con él.

Un niño subió al estrado con una blanca flor de campacán. Krishnamurti se volvió sonriente hacia él y lo tocó. El niño sonreía. El sermón terminó con el silencio y la sonrisa. El había dicho que era la última plática.

Durante los días que siguieron se vio con sus amigos y colaboradores de la Krishnamurti Foundation India, a veces a solas, a veces en grupo. Les habló de muchas cosas, de las escuelas, de los centros de estudio y del silencio. Al terminar la última reunión, dijo. “Estén absolutamente alertas y no hagan ningún esfuerzo”1. Asit le preguntó si éstas eran sus últimas palabras para nosotros, y él sonrió.

Krishnamurti decidió regresar a Ojai el 10 de enero. Esa tarde salió para su paseo habitual por la playa de Adyar. Muchos de sus amigos caminaban con él. Una fuerte brisa llevaba hacia atrás su cabello como la cola de un cometa, exponiendo la altiva cúpula de su frente. Tenía el aspecto de un antiguo sabio de los bosques. Caminaba por la playa donde había sido “descubierto”, adoptado e iniciado. Aquí, junto al mar, en Adyar, setenta y cinco años atrás, la última vez que el cometa Halley entró en la órbita que lo llevaría hacia el sol. Cuando regresamos, nos pidió que le esperáramos en la casa de Radha Burnier, que se encontraba dentro del complejo residencial de la Sociedad Teosófica. Krishnamurti se demoró en la playa, mirando el mar rugiente. Después se volvió hacia cada una de las direcciones cardinales y se detuvo por un minuto; tranquilamente cruzó la entrada y regresó.

Esa noche, una hora antes de partir, bajó de su habitación. Estaba inmaculadamente vestido con ropas occidentales, su abrigo de lana echado sobre el brazo y una chalina de seda regalo mío- alrededor del cuello. Saludó a sus amigos, que formaban un semicírculo; después vino hacia mí y estrechó mi mano. “¿Cómo me veo?”, preguntó.

“De cuarenta”, respondí. Aludí a su chalina. “Mi favorita”, contestó. El sabía que era la última vez que habría de encontrarse con muchos de estos amigos. Pero había eliminado toda emoción, todo dolor y todo sentimiento de separación. Fue su bendición total. Esa noche partió, vía del Pacifico, en vuelo directo a Los Ángeles.

En Ojai su condición se volvió crítica y le diagnosticaron un cáncer de páncreas. Yo llegué allá el 31 de enero para encontrarle desesperadamente enfermo. Su cuerpo sumamente vulnerable, tan cuidadosamente protegido a través de los años, estaba devastado por la violencia de la enfermedad. El primer día nos vimos como a través de una niebla. Él había perdido todo sentido de tiempo y lugar. Pero al día siguiente se reanimó, y lo encontré con su mente lúcida, sus ojos claros, y completamente restablecido. Le leí las cartas que había traído conmigo de Nandini, Sunanda y del Primer Ministro Rajiv Gandhi, quien había enviado un mensaje personal. Krishnaji tomó mi mano; el apretón fue firme, y una gran corriente de amor fluyó hacia mí. Dijo que estaba demasiado débil para escribir, pero que enviaba su amor a todos los amigos de la India.

Durante los siguientes tres o cuatro días, su fuerza retornó. Pidió que lo llevaran en una silla de ruedas hasta el pimentero. Allí permaneció solo, se despidió de las montañas de Ojai, de los naranjales y de los numerosos árboles.

También caminó con alguna ayuda hasta la sala de estar y se echó sobre el sofá contemplando el fuego. Esa tarde vio una película en televisión, y los médicos sintieron que incluso podría haber una remisión de la enfermedad. A mí me dijo: “Venga a verme mañana y todos los días que me encuentre aquí”. De modo que vi a Krishnaji todas las mañanas. Me sentaba al lado de la cama, sostenía su mano con las dos mías y permanecía en silencio con él.

Noté los libros que había en la cabecera, libros en inglés, italiano y francés -el Tesoro Dorado de Palgrave, El Libro de Oxford del Verso Inglés, narraciones de Italo Calvino, el Diccionario Berlitz de ltaliano, cuentos de Alphonse Daudet, un libro de Gustave Doré y El Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell.

El domingo 8 de febrero, el tumor recomenzó su implacable ataque y Krishnaji tuvo que permanecer en cama, desesperadamente enfermo. No pude verle ese día. A la mañana siguiente envió por mí. Me dijo: “Fui a dar un largo paseo por las montañas. Me perdí y no lograron encontrarme. Por eso no pude verla ayer”. Por un instante el rostro fue joven, supremamente bello.

Vi a Krishnaji alrededor de la una del 16 de febrero, el día de mi partida. Me senté con él por un rato. Sufría grandes dolores, pero su mente estaba clara y lúcida. Le manifesté que no le diría adiós, porque no habría separación. Con gran esfuerzo levantó mi mano y la llevó a sus labios. El apretón aún era firme. Permanecía acunado en un silencio que me envolvió. Cuando me estaba yendo, dijo: “Pupul, esta noche iré a dar un largo paseo por las montañas. Las brumas se están levantando”. Dejé su habitación sin mirar atrás.

Esa noche, a las nueve hora del Pacífico, Krishnamurti se durmió para iniciar su largo paseo en las altas montañas. Las brumas se estaban levantando, pero él pasó a través de las brumas y se marchó.



Biografía de J. Krishnamurti.
Pupul Jayakar. Editorial Kier.

sábado, 13 de enero de 2007

Jiddu Krishnamurti y su muerte.

RADHA BURNIER

(The Theosophist, marzo 1985)

La conexión entre J. Krishnamurti Krishnaji, tal como cariñosamente se le conocía- y la Sociedad Teosófica, se rompió, no porque él abandonara tal como muchos miembros creen- sino porque la gente no estaba preparada para escuchar un profundo mensaje dado en términos que no estaban acostumbrados a oír. No es la primera vez que esto ha sucedido. Los judíos no quisieron escuchar a Jesús cuando vino para enseñar... La mayoría de los hindúes no respondió durante mucho tiempo a lo que Buda tenía que decir. La mayoría de las personas gustan de volver sobre sus pensamientos de costumbre, sus hábitos, sus teorías de conveniencia y sus ideas aun cuando se les sacuda, porque el cambio radical es tan difícil como “inconveniente”. Pero todo lo que es profundo es radical. La Verdad no puede contemporizar ni acomodarse, y a nosotros nos gusta contemporizar y tener lo mejor de ambos mundos. En “LAS CARTAS DE LOS MAESTROS” queda muy claro que el que está realmente interesado en el Sendero debe abandonar toda su manera de pensar rutinaria y todo su modo de actuar. Así pues, los miembros de la Sociedad Teosófica deberían haber estado preparados para escuchar un nuevo mensaje. Pero cuando Krishnaji empezó a hablar de una manera radical, hubo muchos que no pudieron escucharle.

El mismo hecho de que él se negara a sí mismo toda autoridad, era radical. Aquellos que esperaban que el “Instructor del Mundo” se manifestara a través de Krishnamurti tenían tal como él mismo declaró en 1927, un retrato en sus mentes de lo que debería decirse y de lo que debería ser la función de Krishnamurti. Un retrato es una forma material, estática, proyectada por la mente, y Krishnaji manifestaba que en tanto que el retrato era estático, la gente era feliz y se sentía satisfecha. Cuando el retrato tomaba vida se sentían perturbados. Evidentemente, es mucho más conveniente tratar con algo que no se mueve ni habla, a menos que la persona lo desee. Una imagen puede ser creada para desempeñar un papel que satisfaga. Se había esperado del “Instructor del Mundo” que dijera a la gente lo que tenía que creer, que definiera la “verdad” y el papel que tenían que desempeñar sus seguidores. A muchos puede que les hubiera gustado un papel importante para ellos mismos como seguidores e intérpretes. Pero cuando llegó la enseñanza y Krishnaji negó su propia autoridad, repudió todo seguimiento, rechazó cualquier interpretación, esto hirió el sentimiento del yo de algunos que se decían seguidores y consternó a otros.

Krishnaji puso claro desde 1927 que él no iba a decir lo que había descubierto. En aquellos días la gente preguntaba: “¿Qué es el Amado del cual usted habla?” Y él contestaba: “Voy a ser deliberadamente impreciso porque aunque yo podría hacer que ello fuera realmente claro, no es mi intención hacerlo así. Una vez que se ha definido una cosa, ésta muere”. La gente quería tener reveladas descripciones maravillosas del Amado, o de lo que fuere que él descubriera. En su AGENDA y en su DIARIO, hay vislumbres de un inmenso, innombrable algo que algunas veces llama el “otro” porque no tenía nada que ver con la actualidad de nuestro mundo. Los Upanishads, también, hablan de “Aquello” que ni la mente, ni las palabras, ni el pensamiento pueden tocar. Lo que se oye con los oídos palabras recordadas y repetidas- son todo parte del cerebro material. La memoria pertenece a la región de lo limitado. Pero a la gente le encantan las descripciones y se sienten atraídos por definiciones y etiquetas. Les hubiera gustado que él se etiquetara. Si hubiera estado etiquetado, automáticamente se hubieran convertido en “discípulos”, en “apóstoles”, o en cualquier otra cosa que ellos mismos hubieran imaginado. Pero él decía: “Cuando empecé a pensar quise descubrir lo que significaba la expresión el Instructor del Mundo... y lo que se quería indicar por su manifestación en el mundo”. Tal vez la manifestación no era de lo que la gente hablaba, sino algo que no puede expresarse en palabras. Cualquiera que quiera encontrar la verdad tiene que aprender a pensar y a descubrir por sí mismo y no aceptar descripciones, definiciones, palabras de otras personas.

Krishnaji dio una pequeña indicación de lo que su Amado era. “Mi Amado es los espacios abiertos, la flor, todo ser humano”. En su vida ésta fue la verdad. No era como una gran afirmación exactamente; la suya fue una vida que en ningún momento mostró ningún pensamiento de que alguna cosa fuera más importante que oír; ningún sentimiento de que unos están arriba y otros abajo. El decía que su costumbre era escuchar siempre a todo el mundo. “Yo deseaba aprender del jardinero, del paria (intocable), del vecino, de mi amigo, de todo cuanto podía contactar, para llegar a ser uno con el Amado”. Finalmente, escuchaba cuidadosamente con atención y con cariño, a todo el mundo, sin distinción de alto o bajo. Respondía con lo que a los ojos de los demás podría parecer una generosidad nada práctica. Observando y escuchando al científico, al intelectual, al político, a todo el mundo, él penetraba en el corazón de las cosas, tal como nos demuestra la lectura de sus COMENTARIOS SOBRE LA VIDA, y otros escritos. Poseía una enorme, tal vez ilimitada capacidad de afecto. La gente utiliza la palabra “amor” con un significado reducido. El amor vulgar permite celos, apego, mezquindad, etcétera. Pero su amor era profundo, derramándose, atento, compasivo, completamente distinto del de los demás.

Muchos de aquellos que le escucharon durante años sintieron el extraordinario poder y elevación que llegaba a través de él en sus charlas, exposiciones y conversaciones personales. A la mayoría de las personas les gusta tener influencia y utilizarla, pero él frecuentemente advertía: “No os dejéis influir por mí”. Bajo su influencia la gente pensaba que comprendía, pero a menudo era una cosa pasajera. Cuando alguien comprende realmente a través de su propia atención, aprendizaje y observación, entonces hay una luz firme y ésa es la que cada uno tiene que encontrar.

Así pues, desde el principio, cuando empezó su trabajo, dejó claro que él no estaba tratando de convencer ni de persuadir a nadie. Todo lo que hacía era tratar de despertar la percepción y el deseo de descubrir la verdad sin apoyarse en la autoridad, sin repetir declaraciones o citas de libros, ni siquiera de los suyos propios. Cuando hay un verdadero deseo de descubrir la verdad, entonces cada persona se hace libre. Cuando hay autoridad, existe el límite del miedo. La autoridad es discutible; crea inseguridad, fanatismo, dogmatismo.

El era como una flor que esparce su fragancia alrededor, no importándole quién pase ni lo que piensen de él los que pasan. Esta es la quintaesencia de la acción sin esperar resultados a la que se refiere el BHAGAVAD GITA. Innumerables personas han hablado sobre ello, han memorizado las palabras y las ideas en importantes libros, pero la verdad está muy alejada de sus vidas. Cuando alguien conoce la verdad, puede o no puede hablar; pero su vida está llena de belleza y de fragancia.

Krishnaji decía que cuando no hay apego, el límite entre la muerte y la vida es muy fino. El mostró la vida y la muerte bajo una luz diferente. Generalmente se piensa que la muerte del cuerpo es una tragedia, algo de lo que se habla durante mucho tiempo. La distancia física también se considera una “separación”. Krishnaji decía que cuando él desapareciera no se olvidaría de nadie. El puede haber estado cerca de todo el mundo siempre, porque era uno con la inmensidad y la infinitud de toda vida.

Algunos preguntan: “¿No era su enseñanza abstrusa, desarraigada de la vida del hombre corriente?” Precisamente era todo lo contrario. Su enseñanza era profunda, pero no abstrusa; estaba relacionada con la vida de las personas ordinarias porque arrojaba luz sobre la problemática del ego, que es el único problema que existe, y el cual origina el temor, el amor al poder, el descontento, la esperanza, el apego, el deseo de continuidad. Así pues, el suyo fue un mensaje para la vida diaria de cada hombre, mujer y niño, pero también fue un mensaje que podía llevar a cada uno más allá de la vida de cada día, hacia el mismo corazón de la existencia, hacia su verdad, su belleza y su paz.

NOTA

Reproducimos el editorial de The Theosophist de la Presidenta de la Sociedad Teosófica Internacional que escribiese la Sra. Radha Burnier, en marzo de 1985. Consideramos que ella ha sintetizado admirablemente el por qué el mensaje de Krishnamurti no fue el principio acogido por los teósofos como se esperaba. Hay que hacer notar que los viejos dirigentes, como la doctora Besant, al Sr. Leadbeater y el doctor Jinarajadasa, más de una vez hablaron a los teósofos y les advirtieron sobre la posibilidad de que Krishnamurti, el Instructor, podría hacer declaraciones que contradijesen lo que ellos esperaban que dijese.

En el reportaje escrito por un viejo amigo de Krishnamurti, el Sr. Asit Chandmal, titulado “El Ultimo Paseo” que este libro reproduce, se pone de manifiesto, la relación afectiva que hubo entre Krishnamurti y la Sra. Radha Burnier. En los últimos días de su existencia, estando Krishnamurti en Madrás, con frecuencia iba caminando hasta la casa de la Sra. Burnier. El mismo Sr. Asit Chandmal, aparece sorprendido por tan frecuente encuentro.
Sea lo que fuere. De nuestra parte, nos permitimos conjeturar que entre esos dos seres humanos, por encima de las diferencias de enfoques o mensajes, hondamente espirituales, su amistad afectuosa, de muchos años, era una realidad vital que les obligaba a actuar como lo hicieron.

SALVADOR SENDRA
IMPACTO DE KRISHNAMURTI
RESPUESTAS DE ESPAÑA, PORTUGAL E IBEROAMÉRICA
EDITORIAL ORIÓN
MEXICO
1987







  

Jiddu Krishnamurti y su muerte.

EL ÚLTIMO PASEO

por Asit Chandmal

Me parece verlo ahora, saliendo del portal de Vasant Vihar, en Madrás, caminando con su sobrino Narayan, dos brahmines dignos, uno de 90 y el otro de 60 años, pero que aparentan ser décadas más jóvenes, dirigiéndose a la plataforma bajo el árbol iluminado, donde miles de personas lo esperan.

El sube lentamente a la plataforma cubierta con tela y se sienta en meditación, solo, como si estuviera en esa montaña solitaria donde perpetuamente nace un arroyo que es el Ganga.

Entonces habla.

Más tarde esa noche, me dice: “Algo entró dentro de mí. Algo me ha ocurrido”.

El habla del nacimiento y comienzo de toda energía, la percepción del sendero que conduce a la fuente de toda creación. Luego de una hora, se sienta en silencio. Un niño se le acerca con una flor. El se vuelve, sonríe y toma la blanca flor de champak. El niño sonríe. El sermón termina con el silencio y la sonrisa.

El ha dicho que ésta es su última plática.

Entre las imágenes imperecederas está la de mis tías y primos llorando silenciosamente en la segunda fila de sillas, mientras mis sobrinas e hijas están sentadas en el suelo, con la triste historia de la muerte de reyes retratada en sus rostros.

Es la noche del 4º día de enero, 1986. El cuerpo tiene seis semanas más antes de morir.

En esa noche antes de la última plática, dejándose llevar por un impulso, mi hija de 18 años, Clea, voló desde Singapore a verlo. No lo había visto desde que tenía 13 años y era estudiante en Rishi Valley. Vamos a verlo en la mañana. Cuando entramos a su cuarto se sienta en la cama para hablar con ella. Hablamos acerca de biología molecular, genética, y de qué pasaría si las computadoras y estas otras tecnologías se encuentran, se combinan y crecen. ¿Qué pasaría entonces con el cerebro humano?

Entonces se dirige a ella y dice: “Tú vas a Cambridge. Los profesores allí son muy listos, ganadores de premios Nobel, todos tienen muchos conocimientos. Saben mucho más que tú, son las autoridades.

Ellos dirán: “Nosotros enseñamos, nosotros hablamos y tú haz de escuchar”. Entonces, ¿qué harás tú? ¿Cómo estudiarás con hombres que te dictan sus conocimientos y te dicen que aprendas lo que ellos te enseñan? ¿Con qué calidad de mente te encontrarás con mentes así?”

Una energía extraordinaria emana de él.

En ese momento, Parameshwar, el cocinero, entra con el desayuno. Pone una bandeja con idli y ghee en la cama. Krishnaji nos ofrece compartir la comida y pregunta si queremos té o café.

En los días siguientes se reúne con sus amigos y asociados de la Fundación Krishnamurti de la India, a veces individualmente y a veces en grupo.

Nos habla de muchas cosas, de escuelas, de centros de estudio, del silencio. Al finalizar la última reunión nos dice: “Estén absolutamente alerta y no hagan ningún esfuerzo”.

Le pregunto si éstas son sus últimas palabras para nosotros y se sonríe.

Aunque está débil y perdiendo peso y tiene sus comidas en la cama, sale a dar un paseo a pie cada noche. Cada noche el mismo paseo.

Va en auto desde Vasant Vihar hasta Adyar, atravesando los terrenos de la Sociedad Teosófica, hasta que llega a la casa de Rhada Burnier, en la playa. Ella es la presidenta de la Sociedad, cargo que ganó en unas elecciones, a su oponente, su tía Rukmini Devi Arundale.

El camina por la playa donde fue “descubierto”, encontrado y adoptado y también iniciado, en la playa de Adyar, hace 75 años, la última vez que el cometa Halley entró en la órbita que lo llevaría cerca del sol.

Cuando tenía 34 años salió de la Sociedad Teosófica, rechazando todo lo que se había construido para él, renunciando a todo lo que se le había otorgado, con las palabras: “La verdad es una tierra sin caminos, si siguen a alguien, dejan de seguir a la verdad”. Había renunciado a más de lo que cualquier otro hombre desde Buda “Renunciación es intoxicación” y sin embargo, Rhada era una amiga y quizás algo al final lo hizo ir a sus comienzos.

El ha estado hablando de su muerte abierta y libremente. Me dice una noche -“El Dr. Deutsch me examinará una semana después de llegar a California. Si él dice no más viajes, no más pláticas, entonces se acabó todo. El cuerpo morirá en cuatro semanas”.

Entonces pregunta -“¿Qué hará usted con su vida, señor? Si usted no ha tocado eso otro y si no está anclado en ello, usted se desmoronará”.

A las 5:30 de la tarde en el décimo día de enero, va a tomar su último paseo. Ha de partir para California a la media noche.

Como de costumbre, atraviesa el jardín de la casa de Rhada, por el portón, que abre y cierra cuidadosamente, y torna a la derecha por la playa. Hay embarcaciones y niños en la playa que está oscurecida por el mar y el cielo. Camina en silencio.

Toma la mano de Rhada mientras camina, levanta su mano y toca a Nandini Mehta en el hombro, descansando su mano así mientras camina; entonces da la vuelta, pasa por delante de la casa de Rhada hacia el otro lado de la playa donde al final hay un puente roto y el río de Adyar se convierte en la Bahía de Bengala (en menos de dos meses sus cenizas habían de ser esparcidas aquí). Se detiene en silencio, mirando al mar y al cielo.

Da la vuelta y empieza a caminar en dirección de la casa de Rhada, permitiendo que los demás se adelanten. Su cabellera vuela detrás de él como la cola de un cometa.

Llegamos a la casa y deja que todos pasen por el portón. Se para a un lado. Cuando está solo, otra vez mira en cada dirección por unos momentos. Mira la arena, el mar y el cielo, y ésa es su despedida.

Esa noche, a media noche, desciende la escalera circular que baja de su cuarto en el primer piso, sus asociados lo esperan de pie en un semicírculo para decirle adiós. Saluda a cada uno de ellos, y a la última, Pupul Jayakar, le pregunta de buen humor: - “¿Cómo me veo, Pupul?” y ella responde, -“Muy joven”.

Me encuentro con él en el avión. Tiene puesta una chaqueta cazadora gris, pantalones gris oscuro y una bufanda color vino. El avión sale pasada la media noche y Krishnaji deja a la India por última vez, no muy lejos del sitio en que nació pasada la media noche, hace 90 años.

A las 4:00 A.M. del 24 de enero, telefoneé al Dr. Parchure desde Singapore. Acababa de regresar del hospital y me dijo que Krishnaji se encontraba en cuidado intensivo. Aunque Krishnaji siempre había dicho que no quería ir al hospital cuando estuviera muriendo, no tuvieron otra alternativa. Krishnaji tenía un dolor intenso. El doctor dijo que no podía tratarlo sin saber la causa y las pruebas sólo podían hacerse en el hospital. Fue ingresado al Santa Paula Memorial Hospital el 22 de enero. Más tarde leí en el informe médico que una prueba de ultrasonido había revelado una masa de 3 cm en el lóbulo derecho del hígado y que en una semana había crecido a 9 cm. Se intentó hacerle una biopsia, sin éxito, y luego serologías (que envuelven la aplicación de anticuerpos monoclonales) que revelaron que el cáncer del páncreas se había extendido al hígado. Luego de consultar a eminentes oncólogos, se concluyó que no era necesario hacer más pruebas. Se le informó a Krishnaji que no había posibilidad de recuperación. El pidió que se le dieran todos los datos y así se hizo. Le dieron de alta el 30 de enero, ya que él quería salir del hospital y regresar a Pine Cottage en Ojai.

Mi tía, Pupul Jayakar, su hija Radhika Herzberger, el director de Rishi Valley School, y yo viajamos juntos desde Delhi vía Amsterdam a Los Ángeles, llegando a Ojai la noche de enero 31. El profesor Krishna, director de las instituciones educativas de Rajghat, había partido el día anterior, y Mahesh Saxena, secretaria de la Fundación de la India habría de llegar tan pronto recibiera su pasaporte y visa.

Pupul viaja en primera clase, mientras que nosotros tenemos boletos de excursión. Radhi y yo llevamos una urna de plata con nosotros. Hay un asiento vacío a nuestro lado y la urna reposa allí. Compramos los boletos Amsterdam Los Ángeles-Amsterdam en el aeropuerto de Schipol. Como es una tarifa de excursión, tenemos que especificar la fecha de regreso. Radhi y yo nos miramos, sabiendo plenamente las implicaciones envueltas en dar una fecha. Finalmente decidimos febrero 16.

En este vuelo a Los Ángeles también hay un asiento vacío al lado nuestro y Radhi vigila la urna vacía mientras yo duermo.

En la mañana siguiente, el 1º de febrero, Pupul, Radhi y yo vamos a ver a Krishnaji a Pine Cottage. Está acostado, y aunque nos saluda individualmente a cada uno, apenas nos reconoce. Su capacidad de atención es de varios segundos. Cierra los ojos después de cada saludo. Me retiro en un estado de shock profundo. ¿Era éste el hombre con el cual yo había caminado en Adyar tres semanas antes?

Al día siguiente está mucho mejor y puede hablar por varios minutos con muchos de sus amigos cercanos. Mary Lutyens, la hija del arquitecto de Nueva Delhi, y otros miembros del Fideicomiso Inglés (English Trust) han llegado y todos juntos almorzamos cada día en Arya Vihara, a varios cientos de yardas de Pine Cottage.

Y así pasan los días. Algunos lo ven, algunos no. Algunos se marchan, otros se quedan. El habla con algunos y está en silencio con otros.

El me pregunta: “¿En qué está usted anclado, señor?”

Luego de una pausa de varios momentos, le contesto: “En usted, señor”.

“Yo ya no estoy”, me contesta.

Los doctores no pueden decir cuánto tiempo vivirá el cuerpo. Es impredecible, puede ser varias semanas o varios días. No varios meses.

Una tarde pide que lo lleven afuera de la cabaña. Lo cargan afuera y se sienta silenciosamente bajo el pimentero donde tuvo su primera experiencia de iluminación en 1922. Pide que lo dejen solo.

Luego dice: “Llévenme un poco más allá para que pueda ver las lomas”. Hacen esto. Otra vez pide que lo dejen solo. Hay huertos de naranjas alrededor, con muchas naranjas y la fragancia de sus flores blancas.

Inclina su cabeza lentamente al cielo y a las lomas.

El miércoles 12 de febrero, el cometa Halley ha pasado en su órbita por detrás del sol y continúa su viaje alejándose del sol. Pupul telefonea que Krishnaji está teniendo hemorragias. Una violenta tempestad viene del Océano Pacífico. El Valle de Ojai y las carreteras que llevan a él son azotadas por una lluvia sin precedentes por espacio de dos días. Derrumbamientos de lodo bloquean las carreteras que llevan al valle, hay el peligro de un aislamiento total en el extremo del valle donde está situada Pine Cottage, algunos hogares son evacuados y las cámaras de televisión se ven en Ojai filmando el diluvio.

La tormenta pasa el viernes, 14 de febrero.

Le hablo a Krishnamurti ese día y le digo: “Toda su vida usted ha ayudado a otras personas, se ha preocupado por los demás, me ha ayudado a mí toda mi vida. ¿Puedo preguntarle si en algo es posible que yo le ayude a usted? No me refiero al cuerpo, ya a éste se le cuida, lo que pregunto es ¿cómo yo, cómo nosotros, podemos ayudarlo a usted?

Me escucha con sus ojos cerrados. Los abre, sonríe y dice muy seriamente. “No permitas que nadie eche a perder las enseñanzas”.

Entonces vuelve a cerrar los ojos.

Más tarde me llama y me pregunta acerca de mi visita a Silicon Valley. ¿Que es lo último en las computadoras? ¿Están los rusos espiando? ¿Están los japoneses poniéndose a la par? Él escucha con mucha atención y por un momento me siento (y quizás él también) estar otra vez en Rishi Valley, y él es el Krishnaji que conozco, envolviéndose en diálogo y discusión.

El 16 de febrero tiene dolores intensos. Escucho su dolor cuando voy a Pine Cottage a las 11 de la mañana. Cuando ocurre una pausa en el dolor, entro a su cuarto y me paro al pie de su cama. Me reconoce y levanta su mano derecha indicándome que me acerque. Toma mi mano y su agarre es fuerte. Me pregunta, “¿Estás bien? ¿Estás cómodo? ¿Estás bien?” Yo digo, “Sí” y cierra sus ojos.

Salgo de la habitación.

Esa noche no puedo dormir a pesar de que estoy exhausto. A las 11:00 la atmósfera en mi habitación se vuelve amedrentante. El miedo persiste. Quiero estar con alguien.

Me esfuerzo por dormir. Una hora más tarde me despierta mi anfitriona. “Krishnaji acaba de morir”. Me encuentro desorientado y por un momento no sé dónde me encuentro ni lo que ella dice. Ella repite “Krishnaji ha muerto”.

Salto de la cama, me visto rápidamente y en ese mismo momento viene Mark Lee a buscarme. Mark, un amigo muy cercano, a quien Krishnaji ha confiado específicamente que bañe su cuerpo después de la muerte -“Yo siempre he sido un hombre muy limpio, envuélvanlo en tela, yo no tengo nacionalidad”-, y cremar su cuerpo sin ningún ritual, rito o ceremonia alguna.

Mark me pide una corbata oscura. Le doy una corbata negra plateada Charvet que Krishnaji me había regalado años atrás. Agarro un par de medias y veo las iniciales JK en ellas. El siempre ha regalado sus posesiones materiales (mayormente ropa) a otros. En las semanas antes de su muerte prácticamente había regalado toda su ropa, hindú u occidental a algunos miembros de las fundaciones.

Cuando llegamos 15 minutos más tarde a Pine Cottage Krishnaji ya ha sido bañado y envuelto en un lienzo blanco simple, una frisa que cubre hasta el pecho, gris y rosada. Su faz sin arrugas, en paz, bella, con una leve sonrisa.

El Dr. Deutsch estaba con él cuando murió, 10 minutos después de la media noche del 16 de febrero (o a las 0:10 A M. del 17 de febrero). No había tenido ningún dolor desde las 8:30 P.M. cuando se había dormido profundamente.

No puedo evitar arrodillarme a sus pies cuando veo su cuerpo (nunca en mi vida me había podido postrar ante nada ni nadie, pero esta vez es un movimiento inevitable y natural). Hay dos o tres otras personas que se alternan en mantener una vigilia en la habitación. En su mesita de noche al lado de la cama se encuentran “El cuarteto de Alejandría” (The Alexandria Quartet) por Lawrence Durrell, “Palgrave’s Golden Treasury”, el “Oxford Book of English Verse”, “Los Cuentos de Italo Calvino”, “El Diccionario berlitz de Italiano”, cuentos de Alfonso Daudet y de Gustavo Dore, libros en inglés italiano y francés, su reloj Patek Phillipe con una moneda griega antigua en una cadena.

Hago varias llamadas a la India para dar la noticia.

Los encargados de la funeraria vienen a llevarse el cuerpo a las ocho de la mañana. Minutos antes, yo arranco una camelia blanca de un arbusto desde el balcón al lado de donde yace el cuerpo de Krishnaji. También recojo una camelia que había caído al piso, porque él me había preguntado cuando caminábamos hace 30 años “¿Haz recogido alguna vez una flor caída en una vereda oscura?” y me enseñó entonces la flor que acaba de recoger.

Pongo la flor fresca a sus pies. No pienso que esto es un rito o ritual. La flor es de parte de todos nosotros. Luego salgo a poner la flor en un vaso con agua y la coloco en la mesa del cuarto.

Cuando vuelvo encuentro que han cubierto la cara. Esa cara que había tomado siglos en refinarse, y quién sabe qué otra cosa para hacerla divina, esa cara no se volvería a ver.

Los encargados fúnebres vienen. El cuerpo se coloca en una caja de cartón morena que después se cierra. Son las 8:10 A.M. Sacan el cuerpo por el balcón en un trole hasta la camioneta que espera debajo del árbol pimentero. Es un cielo sin sol.

Observamos en silencio. Una gran bandada de cientos de gansos grises vuelan hacia el este en una formación perfecta de y por encima del cuerpo que está en la camioneta bajo el árbol pimentero. Tres autos siguen a la camioneta por casi una hora hasta el Cementerio de Lvy Lawn en Ventura. El crematorio está al lado del Océano Pacífico.

La puerta de acero azul del horno crematorio se levanta. Lo examinamos para ver si está limpio, que no hay otras cenizas en él. Entonces la caja con el cuerpo se desliza dentro del horno, se cierra la puerta y se encienden las llamas. Son las 9:10 A.M.

A las 11:10 A.M. el encargado llena la urna de plata que habíamos traído de la India con las cenizas. Cargando la urna, salimos afuera. En ese mismo instante, el sol sale y se derrama sobre la urna y sobre el césped del cementerio.

Mark nos lleva en auto a Mahesh y a mí hasta Ojai. Yo llevo la urna en mi falda. Está tibia, casi viva, como un animal. Se mantiene así por una hora, antes de que el calor se disipe lentamente, hasta que llegamos a Ojai.

Las cenizas se dividen en tres urnas, una para América, otra para Inglaterra y otra para la India. “Esparzan las cenizas. No dejen que nadie las pise. Planten árboles sobre ellas. Dejen que sea anónimo”.

El valle de Ojai se despertó a la noticia esa mañana, y la noticia se esparció suavemente. No hay multitudes, ni siquiera cuerpos de personas, solamente el luto silencioso y por separado de seres humanos profundamente afectados.

Mahesh y yo volamos desde Los Ángeles a Delhi en la noche del 19. Cambiamos de avión en Amsterdam, llegando a Delhi en la mañana del 21. En ambos vuelos hay un asiento vacío al lado de Mahesh, donde él pone la urna.

Pupul recibe las cenizas al pie del avión. Pone una rosa en la urna, la toma de nosotros suavemente y va directamente a su casa en Saldarjung Road 11, donde Krishnaji se hospedaba cuando estaba en Nueva Delhi. Cuando sale del carro cae un aguacero inesperado y súbito, una granizada que empapa a mis tías y primas cuando llevan la urna al pie de un gran árbol en el césped, donde Krishnaji dio una vez una plática. La urna es rodeada de flores. Por un momento el césped está blanco de granizo. Entonces sale el sol. Parado allí siento lo sagrado. “Si hay solamente cinco personas que escuchen, que vivan, que vuelvan sus caras de frente a la eternidad, eso será suficiente”.

No puedo escribir más. He estado escribiendo desde las cinco de la mañana, por seis horas, escribiendo en la mesa de comedor en Sterling Apartments, donde él usualmente se sentaba a comer había tanta risa. Estoy sentado en la silla opuesta a la de él. Una vez me dijo, cuando un gran amigo de él había muerto. “Cuando alguien muere, hay una o dos personas que él o ella quieran ver. Solamente regresarán a una casa donde no hay violencia, donde hay amor”.

El tiempo no pasa, solamente usted y yo pasamos.


Publicado por el “Bombay - The City Magazine”, edición de marzo 7-21, 1986. Traducido del inglés por Vidya Sendra.







  

Jiddu Krishnamurti y su muerte.

THE OJAI VALLEY NEWS
Ojai, California, febrero 19 de 1986
por Thia Bell

Krishnamurti dejó un rico legado al Valle que tanto amó.

En el día dedicado a honrar a dos grandes hombres que pelearon por la libertad, ha muerto otro gran luchador por la libertad.

A las 12:20, conforme las manecillas del reloj se aproximaban a la alborada del día de los Presidentes, lunes 17 de febrero, Jiddu Krishnamurti, el mundialmente reconocido filósofo, autor y educador, murió mientras dormía, en su casa al Este de Ojai, después de un corto y penoso ataque de cáncer pancreático. El tenía 90 años.

De acuerdo con su creencia en la libertad de rituales y dogmas religiosos, no hubo servicios de esta clase en su funeral.

Su último recorrido a través de Ojai fue en un cortejo funerario acompañado por un grupo de miembros del Comité de la Krishnamurti Foundation of América. Ellos llevaron los restos a Ventura para su incineración en la mañana del lunes. Las cenizas fueron divididas en tres partes para ser esparcidas por las Fundaciones de América, de Inglaterra y de la India. Le sobreviven 8 sobrinos, hijos de un hermano mayor; dos de ellos en los Estados Unidos y los demás en la India.

El día de fiesta nacional resultó apropiado para que se difundiera la noticia de su muerte a través del Valle de Ojai y alrededor del mundo y regresara. A temprana hora, al abrirse los servicios de comunicación, gente del Este llamaba a sus amigos de Ojai despertándolos para obtener noticias.

El Primer Ministro de la India, Rajiv Gandhi, pidió a su embajador en Washinton Shanker Bagpai, telefonear sus condolencias a la Fundación de Ojai. La llamada llegó después del mediodía y las flores después. El martes el Consul General de la India en San Francisco, R.S. Garg, entregó un mensaje del Primer Ministro Gandhi:

“El pueblo de la India siente profundamente la partida de Sri. J. Krishnamurti. El era uno de los más prominentes y estimulantes filósofos de nuestra tierra y de nuestro tiempo, una persona de inmenso valor moral e intelectual que se rehusó a jugar el papel de instructor insistiendo en que cada uno debe buscar la luz dentro de sí mismo. Pero en número incalculable la gente derivó fortaleza de las contestaciones a las preguntas que hacían y del proceso de captación de la realidad que él indicaba. Nuestro país y el mundo son más pobres con su muerte”.

El contacto de Krishnamurti con el Valle de Ojai se remonta al año de 1920 cuando vino con su hermano Nityananda que sufría de tuberculosis y murió en 1925.

Desde los años 20 Krishnamurti nos visitó regularmente dando pláticas y sosteniendo discusiones en su estilo socrático, cada primavera. Aunque él viajó por todo el mundo, consideró a Ojai como su hogar y fue aquí a donde él se volvió cuando se sintió por primera vez enfermo hace algunas semanas.

Después de terminar sus pláticas en Madrás, India a principios de febrero, el hombre activo comenzó a notar que se cansaba fácilmente. Canceló las pláticas en Bombay y a principios de febrero voló a su casa en Ojai para consultar con su doctor que lo atendía desde hacía tres años en la clínica de Santa Paula.

Una corta estancia en el hospital para pruebas médicas, indicaron éstas cáncer en el páncreas que ya se había extendido al hígado. Se le dijo que le quedaba muy poco tiempo más. Rehusó la quimioterapia que probablemente de nada hubiera servido de todos modos. Volvió a su hogar para sobrellevar el proceso doloroso con ocasionales dosis de morfina bajo el cuidado del Dr. Deutsch.

El día de su muerte, procesiones de nubes grises y blancas todavía se anidaban en las colinas nativas del valle indio que él había explorado en su juventud. Pero pedazos de cielo azul dejaban pasar destellos de claridad no obstruida; una esperanza de alivio y libertad que reflejaban el reto del filósofo a decenas de millones de personas a través de sus 60 años de enseñanza acerca de la mente humana.

La disolución de las nubes de la mente, del pensamiento, las creencias y la autoridad externa, fueron temas centrales de su enseñanza, expresados en sus pláticas personales, en “tapetes”, videos y millones de ejemplares de unos 40 libros que él publicó a través de los años.

Gente inspirada en sus reflexivos mensajes. Levantó 7 escuelas en América, en Inglaterra e India, así como otros centros de información en el mundo. Krishnamurti puso a Ojai en el mapa.

Krishnamurti expresó su deseo final de que continuaran vigorosamente las Fundaciones que llevan su nombre y que sostienen las escuelas. Estipuló también que no habrá un sucesor y que ningún representante continúe estas enseñanzas en su nombre, ni ahora ni en ningún tiempo en el futuro. Afirmó que “no se necesitan intérpretes... cada persona debería observar directamente sus propias actividades, no de acuerdo con alguna teoría o autoridad”.

Krishnamurti pidió que las Fundaciones aseguren que sus enseñanzas se preserven y distribuyan en forma no distorsionada. También hizo saber su deseo de que se tomen todas las medidas para que las escuelas que él fundó, florezcan.

Central en sus enseñanzas es que los seres humanos, si han de ser por completo libres, deben primero estar alerta a su condicionamiento psicológico que les impide ver las cosas como ellas son. Estar alerta a “lo que es” más bien que a lo que a uno le guste o disguste o a lo que alguna autoridad diga que es así, sino a la cosa actual en sí misma la realidad detrás de la causa y el efecto éste es el corazón de su trabajo.

En la plática de mayo 4 en Ojai, se le preguntó a K: “En la tierra ha habido grandes pensadores como Buddha y Jesús, ¿cree usted que habrá menos conflicto y más comprensión cuando usted nos deje, o va el mundo en una dirección inalterable?

Su respuesta fue: ¿Se han dado ustedes cuenta de que los seguidores destruyen al líder y éste destruye a sus seguidores? El Buddha habló hace 2.500 años y dijo que no había que adorar cosa alguna, y los seguidores hicieron imágenes de él y lo destruyeron.

Los discípulos siempre exageran, distorsionan o ensalzan y pierden la profundidad de la enseñanza. El mundo cristiano estoy seguro que también convirtió a la persona central en algo increíble. Y probablemente cuando el que habla “entregue el equipo”, habrá el mismo fenómeno. Todo esto indica una cosa extraordinaria: ¿por qué los seres humanos en todo el mundo crean símbolos y los adoran? Los símbolos se han vuelto más importantes que la Verdad. En 1980 Krishnamurti fue entrevistado por el escritor Lamar Hower para el Ojai Velley News. Se le preguntó: Después de 50 años usted ha estado diciendo que no quiere seguidores. A pesar de eso, parece que especialmente aquí en el valle de Ojai, mucha gente lo considera a usted como un gurú. ¿Qué se podría hacer al respecto?

K respondió: Como usted sabe, la palabra “gurú” se ha vuelto extraordinariamente popular en América. En la India ella se aplica y aún esto va perdiendo su fuerza, a Dios gracias: Pienso, señor, continuó Krishnamurti, que en asuntos de la mente y el espíritu, seguir a alguien es enteramente sin valor. Ello no cambia radicalmente al hombre, no cambia la calidad de su mente o de su corazón... Yo no soy un gurú; serlo no es saludable, no es sano ni racional declaró.

En 1984 se le preguntó en Brockwood: “Cuando usted ya no esté más entre nosotros físicamente, ¿qué vamos a hacer nosotros que hemos comprendido su mensaje aunque sea intelectualmente? ¿Continuaremos trabajando en nosotros mismo o trataremos de esparcir sus enseñanzas conforme los veamos?”

K.- Señor, éste es “su” mensaje, no el mío. Es su libro, no el mío. La forma como usted vive es el mensaje, si usted vive en la forma en que hemos conversado: sin tiempo, entonces su mero vivir es la luz. Esto no depende de ningún otro. Es un hecho de la vida que todos vamos a morir. Este es un hecho irrevocable y absoluto. Y el futuro es ahora. La muerte es ahora. ¿Comprende usted? No dentro de 10 años o de 50 años en el tiempo. Y si uno vive, el mero vivir es el mensaje.

No es el mensaje de Krishnamurti, es vuestro mensaje. Usted esparcirá lo que está viviendo, no aquello que algún otro ha dicho. ¿Comprende? preguntó. Esto es muy, muy sencillo. 

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