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sábado, 8 de marzo de 2008

Jiddu Krishnamurti y el Canto.

La actitud ambivalente de K hacia el arte y la literatura siempre fue un enigma. A él le agradaba cierta música clásica —Mozart casi tanto como Beethoven, y la música de la India, especialmente los cantos (solía cantar él mismo muchos de los antiguos mantras en sánscrito). Amaba la poesía de Shelley y de Keats y algunos pasajes del Viejo Testamento que mi madre le había leído en voz alta (en un tiempo se sabía casi de memoria el «Cántico de Salomón»), pero es dudoso que alguna vez haya leído poesía moderna. Se había conmovido profundamente ante ciertas construcciones y esculturas —el Partenón, la Catedral de Chartres, la estatua de la diosa Themis en Atenas, una cabeza de piedra del Buda en el Museo de Boston, la Victoria Alada en el Louvre, el enorme Maheshmurti, estatua de Shiva, en las cuevas de Elephanta cerca de Bombay. (Él tenía una fotografía de esta escultura guardada en un sobre, porque decía que uno debe mirarla siempre de nuevo y no acostumbrarse a ella.) Pero jamás le escuché elogiar una pintura, y pongo en duda que obra de arte alguna le haya conmovido tanto como una puesta de sol.

KRISHNAMURTI
La puerta abierta
MARY LUTYENS

domingo, 25 de febrero de 2007

Jiddu Krishnamurti y el Canto.

Año 1924.

Se dieron instrucciones a través de K el 4 de septiembre, en el sentido de que su habitación, debía ser cerrada a las 3 p.m., de que nadie debía tocarla después de esa hora, y que todas las cosas y las personas deberían estar excepcionalmente limpias, tampoco debería él comer antes de la prueba. A las 6 p.m. tomaría su baño, se vestiría con su traje hindú y entraría a la “cámara de las torturas” como la llamaba Lady Emily. Sólo a Nitya le era permitido entrar con él. Lady Emily, Helen y Rajagopal, habiendo cenado temprano, acostumbraban pasar la hora durante la cual el proceso se desarrollaba, sentados afuera en la escalera junto a la puerta. Después de la prueba todos se sentaban con él en su habitación mientras tomaba la cena.

En la tarde del 24, Lady Emily anotó que K tuvo el presentimiento de que esa sería “una noche excitante”, y, efectivamente, vino el Señor Maitreya, permaneció con K por un largo tiempo y dejó un mensaje para todo el grupo. Este mensaje les fue leído en voz alta; por Nitya, a la mañana siguiente:

Aprendan a servirme, pues sólo a lo largo de es sendero Me encontrarán.
Olvídense de sí mismos, porque sólo entonces se me ha de encontrar.
No busquen a los Grandes Seres cuando ellos pueden estar muy cerca de ustedes.
Son como el ciego que busca la luz del sol.
Son como el hambriento a quien se ofrece comida y no quiere comer.
La felicidad que buscan no está lejos; está en cada piedra común.
Yo estoy allí si sólo quieren verme.
Yo soy El que ayuda si quieren permitirme que les ayude.

Estas podrían haber sido las propias palabras de K; estaban mucho más en la vena de los poemas que pronto escribiría. O, desde luego, podría argüirse que era el Señor Maitreya quien iba a inspirar los poemas de K. De cualquier manera, este mensaje era de un estilo muy diferente al de otros que se habían recibido.

El proceso terminó después del 24 de septiembre, y durante las tres últimas tardes de su estancia en Pergine, K comió con el resto del grupo en el hotel.

Se relajaba por completo, cantaba canciones cómicas, decía chistes más bien vulgares, de los que se reía explosivamente. Lady Emily estaba profundamente sacudida ante semejante sacrilegio después de las tardes maravillosas en la torre; los súbitos cambios de K, de lo sublime a lo ridículo, siempre la desconcertaban. Sin embargo, para los más humildes miembros del grupo, que no habían tenido el privilegio de estar en la torre cuadrada, fue un regocijo tener a K y a Nitya con ellos durante esas tardes, jugando al bufón y divirtiéndose en grande.


KRISHNAMURTI
Los Años del Despertar
MARY LUTYENS
EDITORIAL ORIÓN
M É X I C 0
1 9 7 9

domingo, 11 de febrero de 2007

Jiddu Krishnamurti y el Canto.

 Año 1926.

Había una enorme carpa para las reuniones, carpas más pequeñas para las comidas, filas de carpas para dormir en ellas una, dos, tres y cuatro personas, baños con ducha, W.C., y bien concebidas cabañas permanentes para oficinas de correos, librerías, puestos de primeros auxilios y oficinas de información. Todo estaba extraordinariamente bien organizado. En medio del Campamento se había construido un anfiteatro con filas circulares de duros troncos hachados que servían de bancos. Allí se efectuaban las reuniones cuando el tiempo era bueno, y era ahí donde se encendía una gran hoguera todas las tardes. K, quien todavía era un orador vacilante, que con frecuencia se repetía a sí mismo y que no siempre terminaba sus frases, lograba su mayor lucimiento cuando hablaba ante las hogueras del Campamento. El olor del pino quemado era un acompañamiento delicioso para estas reuniones vespertinas que comenzaban exactamente con la puesta del sol. K vestía trajes de la India y cuando se encendía la pirámide de madera de 15 pies de altura, él solía cantar un himno a Agni, Dios del fuego.


KRISHNAMURTI
Los Años del Despertar
MARY LUTYENS
EDITORIAL ORIÓN
M É X I C 0
1 9 7 9

jueves, 18 de enero de 2007

Jiddu Krishnamurti y el Canto.

Año 1959.

En las oscuras noches sin luna, solíamos salir a contemplar las estrellas y las lejanas tinieblas del espacio. El acostumbraba señalar las distintas constelaciones. Hablaba del viaje por el espacio exterior; y también del peregrinaje interno como el descubrimiento de lo infinito. Pero una mente mezquina no podía embarcarse en esta peregrinación a la eternidad.

Cada atardecer era una bendición.

En la noche, después de una temprana cena bajo la luz del petromax, él solía recitar poesía de Keats del Tesoro Dorado­. Su favorita era la “Oda al Ruiseñor”. Por las noches hacía frío y quemábamos leña y piñas secas en la chimenea abierta. Ocasionalmente, solía cantar en sánscrito. Los sonidos de su voz profunda llenaban la estancia y resonaban a través de los arrozales, llegando hasta más allá de las nieves. El escuchar y el ver florecían en su prístina presencia.


Biografía de J. Krishnamurti.
Pupul Jayakar. Editorial Kier.

  

miércoles, 17 de enero de 2007

Jiddu Krishnamurti y el Canto.

Krishnamurti pasó en la India el verano de 1958. Se le ofreció el ‘bungalow’ M.E.S. en Chowbatia, una casa espaciosa situada en el punto más alto de Ranikhet, con una vista magnífica a los picos nevados de los Himalayas. Krishnaji se encontraba nuevamente en las montañas sagradas de su pasado ancestral. Por las tardes, se sentaba a cantar los himnos sánscritos que había vuelto a aprender. Paseaba por los bosques de cedros, se extraviaba, y encontraba el sendero que llevaba de regreso a la casa.


Biografía de J. Krishnamurti.
Pupul Jayakar. Editorial Kier.

 

jueves, 11 de enero de 2007

Jiddu Krishnamurti y el Canto.

APRECIACIÓN DE LA MUSICA DEVOCIONAL

SW: Krishnaji, disfruté mucho del concierto de anoche. He venido a la India para escuchar esta música melodiosa. Ha sido un verdadero placer.

K: Sí. Fue una representación maravillosa.

SW: Lo que me sorprende es por qué participó en el canto de los bhajans. Lo observé atentamente. Estaba usted en la primera fila y cantaba los himnos vedas. No estoy en contra de estos himnos, al contrario, me gustan mucho. Pero, ¿puedo preguntarle por qué se ha manifestado en contra de todo tipo de culto? Condena usted el culto, pero ayer participó con otros en una ceremonia.

K: Se puede escuchar uno de estos encantadores bhajan y no por eso verse influido por sus ideas. Es posible escuchar un sloka o un bhajan y experimentar los mágicos efectos de los sonidos haciendo caso omiso de los mitos, las leyendas, las creencias y los conceptos que forman parte de la erudición india. ¿Ha intentado usted disfrutar de un mero bhajan sin creer en Krishna o en ninguna otra divinidad?

SW: Creo que un bhajan adquiere más significación cuando uno toma conciencia de que va dirigido a una determinada deidad. Un bhajan es una manifestación devota del corazón.

K: ¡No, no! Yo no llamaría a eso devoción. La verdadera devoción carece de motivo. Es un estado en el que uno no se pregunta nada. Pero cuando se pone usted delante de un altar y ofrece un puja y luego pide favores a cambio, se trata de un soborno psicológico, ¿no? Intenta negociar con la deidad. Le dice: «Te ofrezco esto y tú debes darme aquello a cambio». Pero la devoción verdadera es un estado en el que el espíritu no está centrado en ningún objeto, persona, deidad, creencia o idea particular.

SW: ¿Quiere usted decir que un verdadero devoto posee un estado espiritual sin objeto?

K: Exactamente. Como le decía, la forma correcta de escuchar cualquier himno o canto devocional es sintiendo sólo el sonido, sus movimientos de melancólica súplica y dichoso éxtasis, y quedarse sólo en eso, sin permitir que el espíritu se vea condicionado por unas ideas y creencias religiosas que casi siempre van asociadas a la música. Entonces descubrirá que todas las músicas devocionales son fundamentalmente la misma.

SW: ¿Quiere que le organice un concierto de música clásica occidental?

K: No se moleste. Tendré muchas oportunidades de escuchar música clásica occidental cuando vaya a Europa.

SW: A mí me gustan Bach, Beethoven y Handel.

K: A mí también me gustan esos compositores. ¿Sigue usted lo que le digo? Si escucha con cuidado encontrará que toda la música devocional, independientemente de donde provenga, tiene ciertos elementos comunes. ¿Cuáles son esos elementos? ¿No ha notado que toda la música devocional es una especie de parición, de llanto, de súplica?

SW: Eso la hace muy emotiva. Entiendo lo que dice.

K: ¿Alguna vez ha escuchado llorar a un niño?

SW: ¡Los niños que gritan y lloran me ponen nervioso! ¡Me dan ganas de echar a correr!

K: Si de verdad ha escuchado con el corazón y la mente el llanto de un niño, como he hecho yo, pero no me refiero a escuchar en parte, sino a escuchar plenamente con toda atención, entonces también le darán ganas de llorar. Querrá sostener la mano de ese niño o de esa niña y llorar con él. A menos que tenga un corazón puro no será capaz de hacerlo. Le describo el estado de la verdadera devoción, no la devoción sin sentido de un espíritu estúpido que ofrece flores e incienso a una imagen, producto de la mano o del espíritu.

SW: ¿Llamaría a eso bhakti puro?

K: El nombre no tiene importancia. Puede darle el nombre que desee, pero, ¿experimenta usted ese tipo de sentimientos?

SW: Asisto a conciertos con una cierta frecuencia pero la dificultad radica en que después de escuchar las primeras notas mi mente comienza a vagar.

K: Vague usted con ella y averigüe por qué su atención va de una cosa a otra.

SW: Lo que sugiere suena magnifico pero lo he intentado en la práctica y casi siempre fracaso.

K: Siga intentándolo y no se dé por vencido.

SW: En alguna parte de sus escritos ha dicho usted que la música no está en las notas sino en los intervalos entre éstas. No entiendo bien a qué se refiere.

K: Las notas en sí no tienen mucho sentido, ¿verdad? Igual que cuando lee usted un libro, las palabras en sí mismas no tienen ningún significado. Las notas y las palabras son sonidos carentes de sentido. Es en el intervalo entre las palabras, en el estado de silencio entre las palabras cuando se capta el significado de lo que el escritor intenta transmitir. No se pierda en el aspecto técnico de la música. Para apreciar una pieza musical no es absolutamente esencial que uno sepa leerla. La comprensión se produce únicamente cuando el espíritu está en silencio. Y no considere la música como una escapatoria o una droga que puede inducir al silencio. Ese silencio viene naturalmente, sin esfuerzo, cuando se comprende. La música nace en ese silencio. Ese silencio es la fuente de toda creación. Ese silencio primordial no tiene ni principio ni fin. Ese silencio, el eterno, escapa al alcance del intelecto.


Susanaga Weeraperuma
KRISHNAMURTI TAL COMO LE CONOCÍ
Traducción de Celia Filipetto
Verdaguer, 1 08786 Capellades (Barcelona)

 

Jiddu Krishnamurti y el Canto.

 Año 1924.

Todas las mañanas a las ocho iban a la torre de K para meditar media hora antes del desayuno. K les leía luego en voz alta un pasaje del Evangelio según el Buddha, después de lo cual él, Nitya y Rama Rao se reunían para cantar un mantrams. Más tarde en la mañana caminaban a través de los viñedos hasta un campo de juegos para los inevitables partidos de béisbol o “volley ball”.

KRISHNAMURTI
Los Años del Despertar
MARY LUTYENS
EDITORIAL ORIÓN
M É X I C 0
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miércoles, 10 de enero de 2007

Jiddu Krishnamurti y el Canto.

Año 1923.

Luego, a mediados de agosto, el “proceso” de K empezó otra vez, aún más severo. El 15 de agosto Lady Emily comenzó a escribir una carta diaria a Mrs. Besant, describiendo estos extraños acontecimientos de todas las tardes:

El lunes [13 de agosto], dimos un paseo bastante largo á las montañas hasta un bosque de pinos. Todos nos dispersamos y tomamos baños de sol; al poco rato oímos la voz de Krishna cantando, y Nitya y Rajagopal contestándole. No puedo expresarle lo hermoso que esto era, tan pleno de poder, resonando en ecos a través del bosque... A la hora de comer era obvio que él estaba apenas consciente y casi de inmediato quedó “fuera” de sí y el cuerpo empezó a sollozar y a gemir. Todos nos sentamos afuera calladamente, excepto el fiel Nitya, quien presumiblemente mandó a buscar a Helen pensando que ella podría ayudarlo. Eso duró hasta las 9 de la noche, cuando él volvió en sí y fue a acostarse. Pero a las 12 empezó de nuevo, y otra vez, Helen y Nitya permanecieron junto a él hasta la 1, y ello se repitió una vez más, temprano en la mañana, Él dijo que Helen estaba muy nerviosa, lo que era natural, pues al principio es terrible presenciar un sufrimiento, semejante y darse cuenta de que su conciencia no está ahí. Es muy curioso que él parezca necesitar la presencia de una mujer, y también que la vitalidad americana parezca aportar algo que él necesita. Yo le pregunté si no podría ayudarle, pues sentía que era capaz de mantenerme en calma, pero me explicó que eso no sería conveniente por ser yo casada, que en este estado tan singular es imprescindible para él que todo a su alrededor sea purísimo. Le estoy muy agradecida por haberme dicho, esto, pues lo entiendo perfectamente, y ahora puedo intentar darle toda la ayuda posible con mi amor y pureza de pensamiento, y Helen lo ayudará en otra forma…


KRISHNAMURTI
Los Años del Despertar
MARY LUTYENS
EDITORIAL ORIÓN
M É X I C 0
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viernes, 5 de enero de 2007

Jiddu Krishnamurti y el Canto.

Sabía que no era posible ver a Krishnaji durante las pláticas del Campamento, por lo tanto, le dije adiós mientras nos habíamos detenido un momento en la puerta principal del castillo. Dije unas pocas palabras de gratitud que parecieron inadecuadas, y le di un abrazo. El me dijo cuánto se había alegrado de tenerme allí y que nosotros nos volveríamos a ver más tarde. Esa fue la señal que liberó de nuevo aquel maravilloso estallido de alegría y felicidad levantándome hasta la copa de los árboles y dejándome absolutamente sin palabras. Por fortuna yo le había dicho adiós, y así, nada más camine hacia el bosque. Era ya el atardecer cuando volví a mi cuarto en el anexo. Todos habían partido ya. Mientras esperaba al chauffeur que me iba a llevar reflexioné sobre este grande y gozoso regalo: el legado espiritual de mi viaje al castillo de Eerde, y me hice a la idea de que esta vez no lo perdería. Pero tenía que aprender con el tiempo que ésta no era la clase de experiencia que usted debe de tener en mente para manejarla. Era una cosa totalmente espontánea que ocurre o no ocurre y no puede ser invitada por persuasión o adulación. De cualquier manera era un gran principio para las sesiones del Campamento y para mí lo más importante sobre todo lo que seguiría. Justamente por eso, el inflamado canto en sánscrito de Krishnaji era siempre gozoso; su voz mezclada con el fuego crepitante, se elevaba con las danzantes llamas. 


K R I S H N A M U R T I
El Cantor y la Canción
(Memorias de una amistad)
Sidney Field Povedano
EDITORIAL ORIÓN
MÉXICO
1988









jueves, 14 de diciembre de 2006

Jiddu Krishnamurti y el Canto.

Krishnamurti se encontraba en Ojai cuando estalló la Segunda Guerra Mundial en Europa. Por casi ocho años vivió en Ojai en un relativo aislamiento. La guerra restringió sus movimientos, y ya no fue posible que siguiera viajando. Había sido citado por la Junta de Reclutamiento de los Estados Unidos, y tuyo que dar explicaciones detalladas de por qué no podía combatir y unirse al ejército. La Junta sugirió que regresara a la India. El estuvo de acuerdo y pidió que lo enviaran de regreso, pero no había transportes. De modo que le dejaron quedarse, pero se le prohibió ofrecer pláticas y tenía que presentarse regularmente a la policía.

Al cabo de un tiempo, Krishnamurti habría de referirse a estos años olvidados en Ojai. Él apreciaba sus paseos en el silencio de las montañas que rodean el Valle de Ojai. Caminaba “enormemente” por millas inacabables, pasando días enteros en la soledad, olvidado de la comida, escuchando y observando, sondeando el mundo interior y el que le rodeaba. Narró episodios de encuentros con osos salvajes y serpientes de cascabel que él enfrentaba sin movimiento alguno del cuerpo y de la mente. La bestia salvaje solía detenerse, con sus cautelosos y vigilantes ojos enfrentándose por varios minutos a los quietos ojos de K; el animal, percibiendo una total ausencia de temor, daba la vuelta y se alejaba.

La mente observadora de Krishnamurti, libre de cualquier tendencia o presión interna, florecía; y con ello una elemental percepción, una conciencia mente-cuerpo a través de la cual el suelo, las rocas, los árboles, las tiernas hojas, los insectos, los reptiles, los pájaros, los animales comunicaban la historia de la tierra y el misterio de un insondable abismo de tiempo. Él dijo: “Cuando paseo no pienso, no hay pensamiento. Sólo observo... Considero que mis paseos solitarios tienen que haber servido para algo”.

Krishnamurti se recordaba cuidando el jardín en Arya Vihar, cultivando rosas y vegetales, ordeñando vacas, lavando platos. Su intenso interés en las cosas mecánicas, que él había desarrollado desde la niñez, habría de continuar; disfrutaba desarmando relojes y motores de automóviles para entender su funcionamiento, y armándolos después nuevamente. Algunos de sus amigos le habían obsequiado un automóvil. La gasolina era escasa, pero toda vez que podía, Krishnamurti gozaba manejando a una velocidad tremenda por los caminos del valle llenos de curvas.

Informaciones de la guerra y de la devastación ocasionada por las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, lo llenaron de un horror inexpresable, pero despertaron intensas percepciones sobre la naturaleza de la violencia y el mal. Esto se hizo especialmente vívido para él un día en que llegó hasta las proximidades de Santa Bárbara. Se le acercó una mujer ofreciéndole recuerdos del Japón. Krishnamurti rehusó, pero ella insistió mostrándole lo que llevaba en su caja la abrió poniendo al descubierto una oreja y una nariz humana disecadas­.

Miss Muriel Payne, que afirmaba haber cuidado a Krishnamurti en Ojai cuando estuvo muy enfermo, me contó que la respuesta de él a la devastación y crueldad de la guerra, había sido traumática. Preguntaba repetidamente: “¿Para qué sirve lo que hablo?” Y buscaba refugio en la soledad de las montañas, con los árboles y los animales. Pasó varias semanas sólo, en una choza en Wrightwood, en las montañas de San Gabriel cerca de Los Angeles, y en Sequoia, más al norte. Se había dejado crecer la barba.

Krishnaji rememoraba la rutina de su vida en la escasamente amueblada cabaña en medio del bosque. Solía despertarse temprano en la mañana, daba un largo paseo, se preparaba el desayuno, lavaba los platos y aseaba la casa, y por una hora todos los días meditaba escuchando la Novena Sinfonía de Beethoven (la única grabación que pudo conseguir). No había libros. Por las tardes cantaba himnos en sánscrito que recordaba de su temprana infancia. El favorito era uno dedicado a Daksinamunti-Shiva como el gurú supremo. El sonido del sánscrito surgía desde las profundidades de su vientre; era un sonido virgen que llenaba los bosques y que escuchaban los pinos y las antiguas secoyas, el zorrillo, el oso y la serpiente de cascabel. Una araña compartía la choza con él. Todas las mañanas Krishnamurti deshacía la telaraña, en la que estaban atrapadas moscas y otros insectos. Recogiendo cuidadosamente a la araña la colocaba fuera de la choza, pero cada mañana aquella había regresado y estaba otra vez hilando su tela4. Un verso de los Upanishads, aprendido en la niñez, puede haber acudido a su mente: “Como una araña emerge desde sus propios hilos/ así también desde este ser toda vida alienta/ y todos los mundos, todos los dioses y todas las criaturas contingentes/ surgen y se expanden en todas las direcciones”.

Por días continuó el ritual entre la araña y Krishnamurti, una comunicación sin palabras; entonces un día Krishnamurti le dijo a la araña: “Paz, compartamos la choza”.
Biografía de J. Krishnamurti. Pupul Jayakar. Editorial Kier.
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Año 1949. India.
Sin embargo, la intensidad y luminosidad de Krishnamurti conmovieron fuentes profundas. El Instructor llegó a ellas con una llama apasionada. Krishnamurti sonreía, y Rao sonreía con él. Las lágrimas brotaron de los ojos de Rao, porque el bhakti (Bhakti: Un credo basado en la devoción a Krishna) que también era parte del carácter distintivo de los naturales de Maharashtra, se había despertado. Rao Sahib, con el amor que lo desbordaba y las palmas de las manos unidas, diría: “Señor, había en Maharashtra un poeta, Saint Tukaram, que dijo: ‘Cuando vithal (Otro nombre para Krishna, el divino pastor de vacas.) entra en el hogar de un padre de familia, toda tranquilidad se hace añicos’”. En los atardeceres, Rao y Achyut cantaban los ‘Abhangas’ de Tukaram. El ‘Adi Beja Ekle’ era el favorito de Rao. Tenía una voz profunda, cargada de emoción. En otras ocasiones se unían a Krishnamurti para cantar el ‘Purusha Shukra’ del Rig Veda. Se sentaban con la espalda erecta, y los agudos ‘staccatos’ del sánscrito reverberaban y llenaban ojos y oídos. Las vocales eran fuertes y resonantes, con cada sonido pronunciado muy claramente. Los cantos védicos se entrelazaban con el fuego y con los vientos en el corazón y en la respiración del cantor y del oyente. Nos reuníamos y escuchábamos, aun los pocos que éramos ‑mi hija Radhika de diez años, y mi sobrino Asit, de nueve­. Con los ojos muy abiertos, ellos se sentían arrebatados por la deslumbrante presencia de Krishnamurti, un hombre inflamado de intensidad. La belleza del sonido, de la forma, lo iluminaba todo. Cada poro del cuerpo respondía. Fueron momentos hechizados los de entonces.

Biografía de J. Krishnamurti. Pupul Jayakar. Editorial Kier.


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